En el reino de Aethelgard, el príncipe Aelion es un guerrero élfico invicto, de alma pura y de magia indomable. Pero cuando una traición lo expone a un afrodisíaco, su cordura se desmorona en las profundidades del bosque. Allí se cruza con Mia, una mestiza de ardientes ojos ámbar que, para salvarlo del fuego que lo consume, accede a entregarse a él.
En medio del calor de la pasión, Aelion descubre lo impensable: ¡ELLA ES SU ALMA GEMELA!
Sin embargo, cuando Mia acepta su dinero por desesperación para salvar la vida de su tío enfermo, el orgullo del príncipe se rompe al creer que la mujer de su vida no tiene honor. Obligados a reencontrarse bajo la mirada de la realeza y aplastados por malentendidos, celos e impulsos incontrolables, ambos descubrirán que la peor cicatriz no es la que se lleva en la piel... sino la que se queda grabada en el alma.
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CAPÍTULO 2 ¡ENTREGARSE A UN EXTRAÑO! [+18]
[Mia, mestiza, ELFO-HUMANA-BRUJA]
ESTE CAPÍTULO CONTIENE ESCENAS DE ALTA INTENSIDAD SEXUAL SOLO PARA MAYORES DE +18.⚠️
Mia
El corazón me golpeaba las costillas con una fuerza salvaje. La espalda me ardía por el roce contra la rugosa corteza del roble ancestral, pero el verdadero terror no venía del árbol, sino del cuerpo colosal que me aprisionaba contra él.
Era un elfo. Un hombre de proporciones imposibles, con una musculatura tallada como la piedra del palacio real y una piel blanca, ligeramente dorada por el sol, que emanaba un calor sofocante. Su cabello, una cascada lacia de un negro tan profundo como la noche sin estrellas, le caía por los hombros mientras jadeaba pegado a mí. La propuesta que acababa de salir de su boca me heló la sangre en las venas.
Sin duda alguna, era el hombre más hermoso y atractivo que jamás había visto en mi vida. Sus rasgos eran perfectos, tan finos y a la vez tan masculinos que quitaban el aliento.
Pero el eco de la voz de mi tío Dorian resonó de inmediato en mi mente, claro y severo como un látigo.
«Mantente alejada de los elfos, Mia. Son criaturas de poder y mucho orgullo. Para los hombres de la alta nobleza, la gente como nosotros no es más que un capricho. Son peligrosos. Mantente lejos».
—No... no puedo —susurré, intentando apoyar las palmas de mis manos contra su pecho gigante para apartarlo.
Pero era como intentar mover una montaña. Mis dedos solo sirvieron para sentir la dureza de sus pectorales y el latido desbocado de su corazón, que retumbaba con la fuerza de un tambor de guerra.
El elfo soltó un gemido de dolor puro. La fiebre le teñía los pómulos de un rojo ardiente y el sudor le perlaba la frente. Levantó la vista y me miró directamente. Sus ojos... Dioses, sus ojos eran de un azul tan cristalino e hipnotizante que el mundo pareció detenerse. En ellos no había malicia ni soberbia; había una súplica desesperada, la agonía de alguien que se estaba quemando vivo por dentro por culpa de una magia o un veneno que no podía controlar.
—Por favor... —volvió a rogar, la voz rasposa, quebrada, despojada de cualquier título o dignidad aristocrática.
Me quedé paralizada. El aire entre los dos se volvió denso, cargado de una electricidad extraña que me erizó los bellos del cuello. La forma en que me miraba, como si yo fuera la única agua capaz de apagar su infierno, aflojó mi resistencia.
—Yo... yo soy virgen —confesé en un hilo de voz, sintiendo que la boca se me secaba por completo—. Nunca... ningún hombre me ha tocado.
Él parpadeó, y por un segundo, a través de la niebla de la poción que lo consumía, una chispa de asombro y reverencia cruzó sus ojos azules.
—Yo también soy virgen, pequeña —respondió, su voz bajando a un susurro profundo que resonó en mi vientre—. Jamás he estado con nadie. Te lo juro por la Diosa.
La revelación me golpeó con la fuerza de una marea. ¿Un guerrero elfo de esa magnitud, un hombre que parecía un dios de las historias antiguas, era puro? Algo dentro de mí, un impulso desconocido y abrasador, se encendió en respuesta a sus palabras. Una ola de calor húmedo y desconocido me recorrió la espalda.
—¿Quieres...? ¿Quieres hacerlo conmigo? —pregunté, sintiendo que mi propia cordura se evaporaba.
Él asintió lentamente, apretando la frente contra la mía.
—Te ayudaré —dije finalmente.
En cuanto las palabras salieron de mis labios, el elfo dejó escapar un suspiro entrecortado, un gemido de alivio mezclado con una devoción casi sagrada. Se apartó solo un paso, pero en lugar de abalanzarse sobre mí como una bestia, cerró los ojos y alzó una mano temblorosa hacia la tierra.
Fue entonces cuando presencié su magia.
A nuestro alrededor, el suelo del bosque comenzó a responder. El musgo creció a pasos agigantados, volviéndose mullido y espeso. Las raíces de los árboles cercanos se entrelazaron suavemente, levantando una cama natural, mientras docenas de hojas ancha y pequeñas flores silvestres de aroma dulce brotaban en segundos, creando un lecho suave, perfecto y protegido de la tierra fría. Era un hechizo hermoso, nacido del alma de alguien profundamente conectado con la naturaleza.
Me tomó de la cintura con una delicadeza que no se correspondía con su tamaño. Sus manos, grandes y cálidas, me guiaron hacia la cama de flores. Nos acostamos juntos y, con la inexperiencia torpe de ambos, sus labios buscaron los míos.
Al principio fueron besos pequeños. Rosó sus labios contra los míos con timidez, tanteando el terreno como si tuviera miedo de romperme. Su aliento quemaba. Pero a medida que la necesidad de la poción y el choque de nuestra piel se encontraron, el contacto se volvió más profundo. Se dejó llevar. Los besos se intensificaron, volviéndose más salvajes, llenos de una necesidad hambrienta que me hizo jadear contra su boca. Su lengua buscó la mía, y el sabor a néctar y a bosque que emanaba de él me embriagó por completo.
Sus manos bajaron hacia los broches de mi humilde vestido. Comenzó a desprender la tela con dedos torpes pero impacientes. Cuando el chal de lino cayó a los lados, me golpeó un acceso de vergüenza repentina. Cerré los ojos y me encogí ligeramente, intentando cubrirme con los brazos.
—Por favor... —suplicó él, deteniendo sus manos por un segundo y mirándome con una devoción tan absoluta que la vergüenza comenzó a derretirse.
Le dejé continuar. Desplazó la tela hacia abajo, y mis pechos quedaron al descubierto ante la penumbra del bosque. La mirada del elfo se volvió oscura, densa de deseo. Extendió sus dedos y los tocó. Tenía las manos calientes, ligeramente ásperas por el manejo del arco, y el contraste contra mi piel suave me sacudió con una descarga eléctrica.
Me fijé en su rostro: estaba completamente rojo, cubierto por el rubor del deseo y la fiebre. Y lo que me pareció extrañamente tierno fue que las puntas de sus orejas alargadas también estaban teñidas de un carmesí intenso.
Se inclinó sobre mí. Su boca abandonó mis labios para bajar por mi cuello, dejando un rastro de besos húmedos que me hicieron archivar la espalda. Cuando sus labios se cerraron alrededor de uno de mis pezones y su lengua lo lamio con firmeza, un gemido agudo y desconocido se me escapó de la garganta.
—Ah... Dioses... —gemí, enterrando mis dedos en su largo y lacio cabello negro.
Él gruñó contra mi piel, un sonido gutural que vibró directo en mi pecho. Sin perder tiempo, me quitó el vestido por completo, dejándome totalmente desnuda sobre el colchón de flores. La brisa del bosque me rozó la piel, pero el calor que emanaba del elfo anulaba cualquier frío.
Me observó de arriba abajo. Su mirada recorrió las curvas de mis caderas, la estrechez de mi cintura y la blancura de mi piel con un hambre voraz. Instintivamente, la vergüenza volvió a traicionarme e intenté cruzar las piernas para cubrir mi intimidad, pero él fue más rápido. Colocó sus manos firmes sobre mis muslos, separándolos con suavidad pero sin permitirme cerrarlos.
—Quiero probarte —dijo, mirándome fijamente la entrepierna.
—¡No! Yo... me da mucha vergüenza —dije, sintiendo que la sangre me quemaba las mejillas, intentando taparme de nuevo.
Él me detuvo con delicadeza, sujetando mis muñecas sobre la cama de musgo, mirándome con sus intensos ojos azules.
—Confía en mí, pequeña... Te prometo que será bueno.
Le creí. O tal vez estaba demasiado perdida en el hechizo de su presencia para negarme. Se inclinó entre mis piernas y, cuando su lengua caliente tocó el centro de mi sensibilidad, solté un grito ahogado.
Diosa Aliane, qué bien se sentía.
Nunca imaginé que se pudiera experimentar semejante sensación. Su boca trabajaba con una devoción insaciable, lamiendo, presionando y succionando con un ritmo que me arrastraba hacia un abismo de placer desconocido. Mi cadera se elevaba sola buscando más de su contacto. Sentía una fuerza enorme acumulándose en la base de mi vientre, una tensión tan intensa que apenas podía respirar. Continuó devorándome hasta que la presión fue demasiado: estallé. Una ola de espasmos deliciosos me recorrió el cuerpo entero mientras gritaba de placer sin conocerlo, apretando mis dedos contra la hierba mientras el clímax me sacudía de pies a cabeza.
Cuando abrí los ojos, jadeando y con la vista borrosa, vi que él se estaba quitando la última prenda que le quedaba.
Al verlo completamente desnudo, el pánico me devolvió a la realidad de golpe.
Era gigantesco. Su miembro era una vara colosal de carne caliente y pulso acelerado, gruesa y aterradora para alguien que jamás había estado con un hombre. Abrí los ojos de par en par, encogiéndome sobre el lecho de flores.
—No... no, no, no —balbuceé, negando frenéticamente con la cabeza—. Eso... eso no va a entrar en mí. Es imposible. Me vas a romper en dos.
Él se acomodó entre mis piernas, su cuerpo sobre el mío como un escudo de músculos y calor. Me tomó el rostro con ambas manos, obligándome a mirarlo.
—No te dolerá, te lo prometo —dijo, intentando sonar seguro, aunque sus propios labios temblaban por el esfuerzo de contenerse.
Y, estúpidamente, le creí.
Alineó su cuerpo con el mío y se empujó hacia adelante. La promesa de que no dolería se destruyó en el primer segundo. La piel se me desgarró por la estrechez y la falta de espacio. Un dolor agudo y punzante me atravesó el vientre, sacándome un grito de dolor lacerante.
—¡Ahg! ¡Mentiroso! —grité, comenzando a llorar mientras las lágrimas me resbalaban por las sienes—. ¡Eres un mentiroso! ¡Duele! ¡Sácalo!
El elfo se congeló al instante. Al sentir la barrera romperse y escuchar mi llanto, su rostro se llenó de un pánico genuino. Se quedó completamente inmóvil dentro de mí, apenas habiendo entrado la mitad, mirándome con los ojos desorbitados de culpa.
—Lo siento... lo siento tanto —se disculpó con la voz temblorosa, apartándome el cabello mojado de la frente con dedos temblorosos—. Pequeña, lo siento... Te juro que no sabía que dolería así. Jamás he hecho esto... Pensé que si entraba con cuidado... Perdóname, por favor. Si quieres me salgo.
Se quedó allí, suspendido sobre mí, aguantando la respiración, soportando el peso atroz de su propio deseo no consumado solo para no hacerme más daño. Su nobleza en medio de la tormenta fue lo que cambió todo.
El dolor agudo comenzó a ceder poco a poco, transformándose en una sensación de plenitud abrumadora. La presencia de su cuerpo ocupando el mío ya no me desgarraba; comenzó a latir con un calor profundo, cálido, casi mágico. El vació desapareció.
Lo miré a los ojos, viendo cómo luchaba por no moverse a pesar del sudor que le caía por la mandíbula.
—No... —susurré, rodeándole los hombros con mis brazos—. No te salgas... Continúa.
El elfo soltó un rugido ahogado, una mezcla de alivio y pasión contenida. Comenzó a moverse. Al principio, lento, muy despacio, entrando y saliendo con una lentitud que me permitía acostumbrarme a su tamaño. Pero a medida que el placer ahogaba los restos del dolor, el ritmo cambió.
Se volvió más profundo, más firme. Cada embestida me elevaba del lecho, haciendo que el musgo y las flores se aplastaran bajo nuestro peso. El sonido de nuestros cuerpos chocando y de nuestros jadeos entrelazados llenó el silencio del bosque. Mi dolor se convirtió en un fuego abrasador que competía con el suyo. Me sujetó de las caderas con firmeza, marcando un ritmo salvaje que me hacía perder el conocimiento de quién era o dónde estaba.
En medio del frenesí, cuando el contacto se volvió tan íntimo que parecía que nuestras pieles se fundían, él echó la cabeza hacia atrás, apretando sus dientes mientras sus embestidas se volvían frenéticas.
—Eres mía... —gemía con la voz rota, sepultando su rostro en mi cuello mientras me embestía hasta el fondo—. Dioses, eres mía... No sé qué me has hecho, pero eres mía...
Escuchar sus gemidos, sentir el peso de su cuerpo y la posesividad sagrada de sus palabras me volvía completamente loca. La sensación de que me pertenecía tanto como yo a él me empujó de nuevo al borde del abismo. Mi cuerpo se tensó al máximo, mis piernas se enredaron alrededor de su cintura y un segundo clímax, mucho más violento y definitivo, me atravesó el alma.
Él sintió mis espasmos rodeándolo y no pudo aguantar más. Con un último empuje profundo, el elfo liberó todo su calor dentro de mí, soltando un rugido que hizo temblar las hojas de los árboles.
La semilla cálida de su energía se derramó en mi interior, e instantáneamente, una corriente de luz dorada y magia de sanación pura fluyó desde su cuerpo hacia el mío, curando el dolor del desgarro, sellando nuestras pieles en una conexión que ninguno de los dos comprendía aún.
El silencio volvió al bosque.
Agotados, sin aliento y bañados en sudor, caímos sobre el lecho de flores. Él no me dejó ir. Se giró hacia un lado y me arrastró contra su pecho musculoso, rodeándome con sus brazos protectores como si fuera el tesoro más valioso del mundo.
Yo pegué mi rostro a su cuello, escuchando el latido desbocado de su corazón que poco a poco comenzaba a ralentizarse. Nos quedamos allí abrazados, envueltos en la calma posterior a la tormenta, sin saber que el destino acababa de marcar nuestras vidas para siempre.