Elena solo quería salvar su carrera con un prototipo de cáñamo, pero Aksel Larsson está acostumbrado a ganar cada partido que juega, y esta vez, su objetivo es ella. Una historia corporativa de cocción lenta, ambición y secretos a voces donde las reglas del juego están a punto de cambiar para siempre.
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Capítulo 3
El comedor de empleados de la sucursal central de Mega-Market Prime era un caos ruidoso de bandejas de plástico gris, olor a comida recalentada en microondas y el murmullo constante de cajeros, reponedores y personal de limpieza discutiendo los turnos del fin de semana. Me senté en una mesa apartada, pegada a la ventana que daba al estacionamiento de personal, con un contenedor de ensalada que apenas había tocado. Tenía la mente en otro lado.
El teléfono celular descansaba junto a mi bandeja. Hacía dos horas, todavía con la adrenalina a tope tras salir de la oficina ejecutiva, le había mandado un mensaje a Carlos: “No vas a creer lo que acaba de pasar. Subí a Dirección y el socio mayoritario en persona aprobó el piloto de mi proyecto de cáñamo. ¡A partir de mañana me liberan de las horas de piso para estar solo en el taller!”.
La respuesta de Carlos había llegado hacía diez minutos, justo cuando me sentaba a comer: “Genial amor, muchas felicidades. Oye, ¿viste que Larsson metió un hat-trick ayer con el City? Es una maldita bestia, me dio 30 puntos en el Fantasy de esta semana y subí al segundo puesto de la liga de la oficina. Te veo al rato en la casa, acuérdate de sacar la carne a descongelar”.
Solté un suspiro amargo, bloqueando la pantalla. El nudo en mi estómago se apretó. Carlos ni siquiera se había tomado el tiempo de sumar dos más dos; para él, Larsson era el gigante que salía en los anuncios de televisión, en las portadas de los videojuegos y en las secciones deportivas que leía cada mañana. Su mente simplemente no concebía que el dueño de la corporación multinacional donde su prometida trabajaba como asociada de piso fuera exactamente el mismo hombre. Para Carlos, mi mundo era diminuto, y el de Aksel era una pantalla de televisión.
De pronto, el comedor se quedó en un silencio sepulcral. Fue un cambio de energía tan drástico que el murmullo de fondo desapareció en un segundo.
Despegué la vista del teléfono, extrañada, y noté que la mitad de mis compañeros de piso se habían congelado con el tenedor en el aire, mirando fijamente hacia la entrada. Por las puertas dobles del comedor venía ingresando Aksel. Medía casi dos metros y su sola presencia física parecía absorber toda la luz del lugar. Vestía ropa deportiva negra de su marca patrocinadora y traía una maleta de gimnasio colgada al hombro; era evidente que acababa de terminar su entrenamiento matutino en el estadio de la ciudad.
Cualquier otro multimillonario, director ejecutivo o futbolista de élite mundial habría pedido que le subieran un almuerzo de restaurante de lujo a su oficina VIP con aire acondicionado. Pero Aksel venía caminando con una sonrisa enorme y relajada, saludando con un gesto de la mano a un par de reponedores de pasillo que lo miraban con los ojos abiertos como platos.
Paseó la mirada por el mar de mesas de plástico, localizó el rincón donde yo estaba y su rostro se iluminó de inmediato. Caminó directo hacia mí, acortando la distancia a zancadas seguras, y sin pedir permiso, arrastró una silla de la mesa contigua.
—¿Está ocupado? Porque el buffet de la zona VIP de arriba estaba aburridísimo y aquí abajo la comida huele mucho mejor —dijo con su habitual tono lleno de energía, sentándose frente a mí sin la menor ceremonia corporativa. Dejó una botella con un batido de proteínas sobre la mesa—. Hola, Elena.
—Hola... Aksel —alcancé a decir, sintiendo cómo los colores se me subían al rostro. Era dolorosamente consciente de que al menos cincuenta personas nos estaban clavando la mirada en ese instante—. ¿Qué estás haciendo aquí abajo? Creí que los días de entrenamiento pesado no venías a las oficinas del corporativo.
—Me escapé —me confesó, guiñándome un ojo con complicidad antes de darle un trago a su batido—. El director técnico me dio la tarde libre con la condición estricta de que no me acercara a ninguna hamburguesería. Además, quería ver cómo ibas con el desglose del presupuesto para la materia prima del taller. Un buen líder no solo se encarga de meter goles en la cancha, también tiene que cuidar que sus proyectos estratégicos no se estanquen en el escritorio de Martínez.
Sonreí de lado, sintiendo cómo la rigidez de mis nervios empezaba a disiparse gracias a esa actitud tan genuina y accesible que tenía. Era imposible mantenerse acartonada junto a alguien que desbordaba tanta naturalidad.
—Voy bien, de hecho. Pasé la mañana revisando los proveedores locales y ya solicité el primer cargamento de fibra de cáñamo para las pruebas de prensado neumático —le expliqué, inclinándome un poco—. Pero... hablando en serio, ¿no te incomoda que todo el mundo se te quede viendo de esa manera? Eres Aksel Larsson. Te aseguro que la mitad de los chicos de la sección de envíos tienen tu camiseta colgada en sus casilleros.
Aksel soltó una carcajada limpia y sonora, echando la cabeza hacia atrás, un sonido que hizo que un par de secretarias en la mesa de al lado se giraran a mirar.
—Al principio es raro, no te lo voy a negar —admitió, apoyando los codos en la mesa y mirándome con atención—. Cuando debuté en el fútbol profesional y pasé de ser un chico normal a ver mi cara en las pantallas de los estadios, me abrumaba muchísimo. Sentía que no podía respirar. Pero con el tiempo entiendes el juego. Al final del día, el fútbol es un deporte de estrategia y esto es un negocio de posicionamiento. En ambos lugares necesitas la misma materia prima: pasión pura. Yo veo cómo te cambian los ojos y cómo te expresas cuando hablas de tus diseños de empaques orgánicos; tienes exactamente la misma cara que pongo yo cuando veo la portería libre y sé que voy a anotar. Eso es lo único que importa, Elena, lo que llevas dentro, no las fotos que la gente te pida en la calle.
Lo miré detenidamente, procesando sus palabras. Detrás de la fachada de la superestrella mundial que acaparaba los titulares de prensa con contratos millonarios y celebraciones icónicas, había un hombre sumamente observador, centrado y con los pies pegados a la tierra. Alguien que, a pesar de tener el mundo entero a su disposición, elegía sentarse en una silla de plástico barata en un comedor de empleados solo para motivarme a no bajar los brazos. El contraste con mi realidad en casa era tan brutal que me dejó un sabor agridulce en la boca.
—Gracias —le dije con el corazón en la mano, manteniendo la mirada—. Significa mucho que lo digas. Mi... mi prometido es un gran fan tuyo, por cierto. Te tiene como su capitán indiscutible en su equipo de fútbol de fantasía de la oficina.
Aksel arqueó una ceja y un destello divertido, casi pícaro, cruzó por sus ojos.
—¿Ah, sí? Espero estar dándole buenos puntos cada fin de semana, entonces —respondió, inclinando el cuerpo ligeramente hacia adelante, reduciendo el espacio entre los dos—. Aunque, si te soy completamente honesto, prefiero ser el jugador favorito de la ingeniera a cargo de mi proyecto textil que el de su novio en un tablero virtual.
Sentí un vuelco repentino y violento en la boca del estómago. Las palabras de Aksel no habían cruzado ninguna línea de respeto, pero la fijeza de su mirada, la ligera bajada en el tono de su voz y esa sonrisa tan segura encendieron una chispa de tensión eléctrica en el aire que me dejó momentáneamente sin aliento. El corazón me dio un vuelco incómodo, una alerta que mi mente prefirió ignorar.
—Bueno —Aksel se levantó de la silla de un salto, rompiendo el trance con esa energía arrolladora que parecía activar la habitación de nuevo. Se colgó la maleta al hombro y me dio una última mirada brillante—. Me voy al taller a revisar los espacios de la maquinaria pesada con el equipo técnico. Te veo mañana abajo en el sótano, Elena. No dejes que se te enfríe la ensalada.
Le dio un toque amistoso a la mesa con los nudillos y se alejó a zancadas largas por el pasillo del comedor. Me quedé estática en mi asiento, con el pulso notablemente acelerado y la mirada fija en el espacio vacío que acababa de dejar. De pronto, la ensalada frente a mí me importaba mucho menos, y el mensaje sin responder de Carlos en mi teléfono se sentía como una carga que cada vez pesaba más.