Géneros:
Romance
Drama
Misterio
Comedia
Alta socie.dad
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Capítulo:2
La decisión de los Valmont
Después de la reunión con la familia Beaumont, Eduardo y Beatriz Valmont regresaron a la mansión familiar.
La familia Valmont era una de las dinastías empresariales más poderosas. Durante generaciones habían construido un imperio basado en la disciplina, el prestigio y la tradición.
Eduardo Valmont, de 63 años, era el presidente del Grupo Valmont y la cabeza de la familia. Un hombre inteligente, firme y estratega, reconocido por su capacidad para tomar decisiones difíciles y proteger el legado construido durante generaciones.
Aunque amaba profundamente a su única hija, Isabella, Eduardo siempre había sabido que algún día ella tendría que asumir una gran responsabilidad. Isabella no solo era su hija; era la futura heredera de todo lo que la familia había construido.
Para Eduardo, el apellido Valmont representaba un compromiso que estaba por encima de los deseos personales. Sabía que proteger el futuro de su familia significaba tomar decisiones difíciles, incluso cuando estas podían causar dolor.
A su lado estaba Beatriz Valmont, de 58 años, su esposa y madre de Isabella.
Beatriz era una mujer elegante, refinada y con una presencia imponente dentro de la alta sociedad. Inteligente, fuerte y amorosa, era conocida por su serenidad y su capacidad para mantener la imagen perfecta de la familia Valmont.
Sin embargo, más allá de las apariencias, Beatriz era una madre que conocía profundamente a su hija.
Sabía que Isabella era inteligente, orgullosa, independiente y que detrás de sus comentarios sarcásticos y su actitud despreocupada existía una joven con un gran potencial.
Pero también sabía que Isabella había crecido rodeada de lujos y privilegios, sin comprender completamente el peso que significaba pertenecer a una familia como los Valmont.
Por eso, aquella noche sería una de las conversaciones más difíciles de su vida.
Al llegar a la mansión, Eduardo y Beatriz subieron a su habitación privada.
La puerta se cerró detrás de ellos y, por primera vez desde la reunión con los Beaumont, pudieron hablar sin interrupciones.
Ambos permanecieron en silencio durante unos segundos.
La decisión estaba tomada.
Ahora tenían que comunicársela a Isabella.
Eduardo caminó hasta el ventanal mientras Beatriz permanecía sentada en uno de los elegantes sillones de la habitación.
—Tenemos que hablar con Isabella —dijo finalmente.
Beatriz levantó la mirada.
—Lo sé.
Ambos conocían perfectamente la personalidad de su hija.
Isabella Valmont no era una joven que aceptara órdenes fácilmente. Era famosa por su carácter fuerte, sus respuestas ingeniosas y su manera de desafiar a cualquiera que intentara controlar su vida.
—No será sencillo —continuó Eduardo—. Ella sentirá que hemos decidido su futuro sin tomar en cuenta su opinión.
Beatriz suspiró.
—Intentará convertirlo en una broma. Usará su sarcasmo para evitar enfrentar la realidad.
Eduardo sabía que su esposa tenía razón.
Durante unos momentos, ambos comenzaron a pensar quién debía acercarse a Isabella y cómo debían darle la noticia.
—Tal vez debería hablar yo con ella —propuso Eduardo.
Beatriz lo observó con atención.
—Tú puedes explicarle la importancia de la alianza entre las familias, pero Isabella no solo necesita escuchar razones empresariales.
Eduardo permaneció en silencio.
Entendió lo que su esposa quería decir.
Como presidente del Grupo Valmont podía hablarle como heredero y empresario, pero Beatriz podía llegar a ella como madre.
—Entonces serás tú quien hable con ella —decidió Eduardo.
Beatriz bajó la mirada.
—Necesito encontrar las palabras correctas.
Eduardo se acercó a ella.
—Dile la verdad. Explícale que esto no es simplemente una boda. Es una alianza entre dos familias.
Hizo una pausa antes de decir las palabras que cambiarían el destino de su hija.
—Dile que tiene que casarse con Alexander Beaumont.
Beatriz permaneció en silencio.
Aunque entendía las razones detrás de esa decisión, como madre sabía que esa noticia cambiaría completamente la vida de Isabella.
—Ella sentirá que estamos quitándole su libertad.
Eduardo la miró seriamente.
—Lo sé. Pero algún día tendrá que entender que ser una Valmont significa aceptar responsabilidades que van más allá de uno mismo.
Beatriz respiró profundamente.
Sabía que no podía proteger a Isabella para siempre de las obligaciones de su apellido.
Finalmente se levantó.
—Hablaré con ella.
Eduardo asintió.
Beatriz salió de la habitación y caminó por los largos pasillos de la mansión.
Mientras se acercaba a la suite de su hija, pensaba cuidadosamente en cada palabra que utilizaría.
No iba solamente a anunciarle una boda.
Iba a decirle a Isabella Valmont que la vida que conocía estaba a punto de cambiar para siempre.