Quien diría que una beca en Alemania solo para estudiar tomaría un rumbo distinto al imaginado..
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EP 24: -La cita
La cafetería olía a café recién molido y a pan dulce cuando Isaac empujó la puerta al día siguiente de su llegada de Rusia. Eran las cuatro de la tarde, la hora en que el movimiento bajaba y Maeve solía tener un respiro. La vio detrás de la barra, con el delantal atado a la cintura y el cabello recogido en una coleta alta. Al verlo, se quedó inmóvil un segundo, como si no creyera que estaba realmente ahí.
Después rodeó la barra corriendo y lo abrazó.
—Llegaste —dijo contra su campera.
—Llegué —respondió él, cerrando los brazos alrededor de ella.
No fue un abrazo largo, porque Sasha los miraba desde la caja con una sonrisa burlona y un par de clientes observaban curiosos, pero fue suficiente para que Isaac sintiera que el cansancio del viaje se disolvía.
—Estás más flaco —dijo Maeve, separándose para mirarlo—. ¿No comías en Rusia?
—Comía, pero no como en casa. Extrañaba el café de aquí.
—Mentiroso. Extrañabas verme a mí.
Isaac sonrió. Esa era la Maeve que había extrañado en Moscú: directa, sin vueltas.
—¿Tienes tiempo? —preguntó—. Quiero invitarte a salir. Una cita de verdad.
Maeve miró a Sasha, que le hizo un gesto con la mano como diciendo "Ve"
—Salgo en media hora —dijo—. Espérame.
Isaac se sentó en una mesa junto a la ventana. Pidió un café y observó el local. Todo le resultaba familiar y a la vez nuevo. Después de dos meses entre oficinas de cristal y hoteles fríos, ese lugar con mesas de madera gastada le parecía más real que cualquier sala de reuniones.
Cuando Maeve salió del vestuario ya se había cambiado. Llevaba jeans, una blusa clara y una campera liviana. Se había soltado el cabello.
—¿A dónde vamos? —preguntó.
—A un lugar tranquilo. Confía en mí.
Caminaron dos cuadras hasta un pequeño parque llenó de flores,que Isaac conocía desde la universidad. No era un parque principal, con turistas y vendedores, sino una más escondida, con bancos bajo árboles grandes y una tienda que vendía helados hasta tarde. Se sentaron en un banco frente a la fuente.
—¿Cómo estuvo el vuelo? —preguntó Maeve.
—Largo. Dormí poco. Pero valió la pena cerrar el trato.
—Tu mamá me contó que tu papá está contento.
Isaac la miró sorprendido.
—¿Hablas con mi mamá?
—Un poco. Vino un día a la cafetería con una amiga. Fue amable. Me preguntó cómo estaba y si sabía de ti.
Isaac no supo si eso lo tranquilizaba o lo preocupaba. Cinthia podía ser amable, pero también por algo era la esposa de Arthur.
—¿Y qué le dijiste?
—Que estábamos bien. Que hablábamos todos los días.
Se quedaron en silencio un momento. Una pareja mayor pasó paseando un perro pequeño. El viento movía las hojas.
—Te extrañé —dijo Isaac en voz baja.
Maeve lo miró.
—Yo también. Es raro, porque antes de que te fueras todo era un lío. Los mensajes anónimos, Tyler apareciendo... Y cuando te fuiste, todo se calmó, Tyler no me escribió en dos meses.
—¿Te molesta? -pregunto Isaac-.
—No. Me alivia. Pero también me hace pensar que tenías razón cuando dijiste que solo quería llamar mi atención.
Isaac asintió.
—Sasha dice lo mismo. Que sin ti, yo no existía para él.
Isaac tomó aire. Sabía que había llegado el momento de la conversación que había ensayado durante el vuelo.
—Maeve, hay algo que tengo que contarte. Algo que debí contarte antes de irme, pero no supe cómo.
Ella se tensó ligeramente.
—¿Es malo?
—Es parte de mi pasado. Se trata de Isabella.
Maeve frunció el ceño. Ese nombre ya lo había escuchado de boca de Tyler, en la cafetería, el día que fue a pedirle disculpas.
—Tyler la mencionó una vez —dijo—. Me dijo que te preguntara.
—Lo sé. Y tiene razón en que debes escucharlo de mí.
Isaac miró la fuente apagada, como si necesitara un punto fijo.
—Isabella fue mi novia en la universidad. Yo tenía diecinueve años. Ella era becada, estudiaba conmigo. No era del círculo de mi familia. Al principio a mi papá no le gustó, pero a mí no me importó. Con ella me sentía... normal. Era solo Isaac.
Maeve escuchaba en silencio, con las manos entrelazadas sobre sus piernas.
—Estuvimos ocho meses juntos. Fueron los mejores meses que recuerdo de esa época. Hasta que quedó embarazada.
Maeve contuvo la respiración, pero no lo interrumpió.
—Nos asustamos. Decidimos no decir nada al principio. Yo se lo conté a Tyler, porque era mi hermano y no sabía qué hacer. Tyler se lo contó a mi papá antes de que yo pudiera hablar con él.
Isaac hizo una pausa. Esa parte todavía le dolía.
—Mi papá me sentó en su despacho y me dijo que iba a arruinar mi futuro. Que esa chica no era para mí. Que nos iban a ayudar a resolverlo y que yo me iría a Londres como estaba planeado. Yo me negué. Le dije a Isabella todo y ella me pidió que no dejara que él decidiera por mí. Intenté resistir dos semanas.
Su voz se quebró un poco.
—Después Tyler me dijo que Isabella había ido a una clínica con su madre. Me mostró un mensaje de una supuesta amiga diciendo que ella ya había decidido sin mí. Yo no verifiqué nada. Fui a su casa y discutimos horas. La acusé de haberme excluido. Ella me juró que era mentira, me mostró su celular, me pidió que llamara a su madre. Pero yo ya había decidido creer lo que me resultaba más fácil.
Maeve sintió un nudo en la garganta.
—Tres días después perdió el embarazo. No fue una decisión. Fue un aborto espontáneo. Por el estrés, por la discusión. Su prima me llamó desde el hospital, pero yo había bloqueado el número. Me enteré una semana después, por mi mamá.
Isaac se pasó una mano por la cara.
—Intenté buscarla meses. Le escribí cartas. Fui a su facultad. Nada. Su prima me devolvió una pulsera roja que ella usaba, sin nota. Dos meses después me la crucé en una librería. Hablamos diez minutos. No me gritó, no lloró. Solo me dijo: espero que algún día tengas el valor de no huir cuando las cosas se pongan difíciles.
El silencio que siguió fue denso. Maeve miraba el suelo.
—¿Por qué me cuentas esto ahora? —preguntó finalmente, con voz suave.
—Porque Tyler te dijo que cuando las cosas se ponen difíciles, yo huyo. Y tiene razón. Huí con Isabella. Elegí creer una mentira antes que quedarme a su lado. Y después me prometí no involucrarme con nadie fuera de mi mundo para no tener que luchar contra mi padre. Era más fácil.
Levantó la vista y la miró directamente.
—Hasta que apareciste tú.
Maeve sintió que el corazón le latía más rápido.
—No quiero que pienses que te oculté esto. Quería contártelo en persona, no por mensaje desde Rusia. Porque lo que siento por ti es distinto.
—¿Distinto cómo?
Isaac tomó sus manos. Estaban frías.
—En Rusia, hablaba contigo todas las noches y era lo único real de mi día. No tenía que fingir. Podía decirte que una reunión había salido mal, que estaba cansado, que extrañaba el café de tu trabajo. Con nadie más puedo hacer eso. Ni con mi mamá, porque se preocupa demasiado. Ni con mis socios, porque esperan que sea perfecto.
Hizo una pausa.
—Maeve, me gustas. No como un capricho, no como una rebelión contra mi padre. Me gustas porque me haces sentir que puedo ser yo mismo. Porque eres directa, porque trabajas duro, porque cuidas a tu tía, porque no te impresionan mis apellidos. Y me da miedo, te lo admito. Me da miedo porque la última vez que sentí algo así, lo arruiné por cobarde.
Maeve tenía los ojos brillantes.
—Isaac...
—Déjame terminar —dijo él—. No te estoy pidiendo que me perdones por lo de Isabella, porque eso no te corresponde. Te estoy diciendo que esta vez no quiero huir. Si tu papá, digo, si mi papá intenta meterse, si Tyler vuelve a aparecer, si recibes más mensajes anónimos... no voy a desaparecer. Quiero enfrentar las cosas contigo, si tú quieres.
Maeve retiró una mano para secarse una lágrima que se le había escapado.
—No sé qué decir. Es mucho.
—Lo sé. No tienes que decir nada ahora.
—Es que... después de lo que me contaste, entiendo mejor por qué eres como eres. Pero también me da miedo. No quiero pasar por lo mismo que ella.
Isaac apretó su mano con más fuerza.
—No vas a terminar así. Te lo prometo. Esta vez es diferente porque yo soy diferente. Aprendí.
Se quedaron mirándose. La plaza se había vaciado un poco más. El quiosquero empezó a cerrar.
—¿Sabes qué fue lo que más me convenció de creerte mientras estabas en Rusia? —dijo Maeve de pronto.
—¿Qué?
—Que Tyler desapareció. Me di cuenta de que todo lo que hacía era para provocarte. Y que tú, en cambio, seguías escribiéndome aunque estuvieras a miles de kilómetros, cansado, con reuniones. Eso me dijo más que cualquier promesa.
Isaac sonrió, aliviado.
—¿Entonces me crees?
—Te creo —dijo ella—. Pero quiero que seamos honestos. Si tu papá te presiona, dímelo. Si tienes dudas, dímelo. No quiero enterarme por otros.
—Trato hecho.
Maeve se acercó un poco más en el banco.
—¿Y ahora qué?
—Ahora —dijo Isaac—, me gustaría invitarte a cenar de verdad. Sin plazas apagadas. Hay un restaurante italiano cerca que no es de mi familia, lo juro.
Maeve se rió por primera vez en la conversación.
—Acepto. Pero yo elijo el postre.
Caminaron juntos hasta el restaurante, tomados de la mano. Durante la cena hablaron de Rusia, de la cafetería, de Cinthia y su visita inesperada. No volvieron a mencionar a Isabella, pero su sombra ya no pesaba como un secreto. Era una herida abierta que, por fin, Isaac había dejado ver.
Al despedirse en la puerta del departamento de Maeve, Isaac la abrazó largo rato.
—Gracias por escucharme —le dijo al oído.
—Gracias por contármelo —respondió ella.
Cuando Isaac se alejó caminando bajo las luces amarillas de la calle, Maeve se quedó en la puerta unos segundos más, con la mano sobre el pecho. Sentía miedo, sí, pero también algo que no había sentido en mucho tiempo: la certeza de que alguien estaba dispuesto a quedarse.
Adentro, su celular vibró. Era un mensaje de Sasha.
*Sasha:*
"¿Cómo estuvo la cita?"
Maeve sonrió y respondió:
*Maeve:*
"Bien. Me contó todo. Creo que esta vez va en serio."
Guardó el teléfono y entró. Por primera vez en semanas, durmió como si ya no cargará un peso.