La devoción de la Santa Duquesa fue una vez el faro de esperanza para su pueblo. Con un toque, curaba heridas y consolaba almas. Pero su mundo se derrumbó la noche en que su hermana, casada con el hijo del rey, fue falsamente acusada de envenenar a la hija de la concubina real.
Sus súplicas de clemencia fueron ignoradas. Su pueblo le dio la espalda. Y ante sus propios ojos, vio cómo su hermana perdía la cabeza.
Rota por el dolor, pero con una determinación de acero, la Duquesa se retira a su hogar ancestral. Mantiene una imagen impecable, serena y devota ante el mundo. Pero tras esa máscara de pureza, se teje una red de astucia y alianzas sagradas. No busca violencia burda. Busca desmantelar, pieza a pieza, a quienes la traicionaron, empezando por el mismísimo rey.
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Capítulo 3: Las Sombras en el Palacio
Si el ala este del castillo era un refugio de luz y devoción, el jardín del claustro oeste era el lugar donde florecían las espinas.
Allí, bajo la sombra de las pérgolas cubiertas de hiedra oscura, el aire olía a rosas demasiado maduras y al humo dulzón de los pebetes que los sirvientes encendían para ahuyentar a los insectos. Era el dominio reservado de Lady Morgana, la última concubina del rey Aldous Mortemer, y de su hija, la princesa Beatrix.
A diferencia de las damas de la nobleza tradicional, Morgana no ostentaba un título por nacimiento, pero su posición al lado del monarca era indiscutible. Había sabido sostener la atención de un rey envejecido y desconfiado a fuerza de lisonjas, venenos diluidos en pociones para la virilidad y una red de espionaje que abarcaba desde las cocinas hasta los aposentos reales. Sin embargo, toda esa astucia no había bastado para asegurarle a su hija el trono.
En una de las mesas de mármol del mirador, Beatrix destrozaba con dedos impacientes los pétalos de una rosa roja, arrojándolos al estanque de peces dorados que se extendía a sus pies. Sus ojos, del mismo verde pálido que los de su madre, ardían con una furia contenida que transformaba su rostro, por lo demás agraciado, en una máscara de desprecio.
—Mírala... solo mírrala cómo camina por los pasillos, como si el mármol fuera suyo —siseó Beatrix, apretando el tallo de la flor hasta que las espinas le rozaron la piel—. Hoy volvió a cruzar la galería principal riendo con el príncipe. Le sostiene la mano en público. ¡En público, madre! Como si fuera una reina coronada y no una advenediza de la Casa Aurelius.
Morgana, reclinada sobre un sillón de mimbre mientras una sirvienta le aplicaba un aceite perfumado en las manos, ni siquiera se inmutó. Hizo un leve gesto con los dedos para despedir a la criada, quien hizo una reverencia apresurada y se retiró casi huyendo.
—La paciencia es una virtud que aún no aprendes, mi niña —murmuró Morgana con voz pausada, tomando una copa de vino especiado—. Elara Aurelius tiene la corona de esposa, sí. Pero la corona de esposa no vale nada si no se tiene el poder para sostenerla.
—¡Esa estúpida no necesita mover un solo dedo! —exclamó Beatrix, poniéndose en pie de golpe. Sus faldas de seda oscura crepitaron violentamente—. Felipe la adora. No la mira como los reyes miran a sus esposas por compromiso; la mira como si ella fuera el sol. ¡Ese lugar era mío! Felipe debió haber sido mi esposo. El rey Aldous te lo prometió antes de que esa familia de curanderos metiera las manos en la corte.
—El rey Aldous cambia de opinión según sople el viento y según qué tan pesada sienta la cabeza por las mañanas —respondió Morgana con una sonrisa helada—. El matrimonio con la Casa Aurelius le daba al reino algo que yo no podía ofrecerle en ese momento: la bendición de la Iglesia y la devoción del pueblo a través de esa hermanita suya, la Santa.
El nombre de Lysandra hizo que Beatrix dejara escapar una risa amarga y llena de veneno. Se acercó a la balaustrada de piedra, mirando hacia el ala este del palacio con una expresión de puro asco.
—La Santa... —escupió la palabra como si fuera un insulto—. La criatura perfecta que baja a los mugrientos callejones a tocar a los apestados para que el vulgo la adore. Me da náuseas. Toda esa pureza fingida, esa sonrisa de mártir. El pueblo la venera como si fuera una diosa caminante, y la corte se inclina ante Elara solo porque es la hermana de la bendecida. Odio a Elara. La odio con cada fibra de mi ser, madre. Le robó el afecto de Felipe, le robó la atención de la corte y nos dejó a nosotras como un simple adorno en las sombras del rey.
Morgana se puso en pie con la elegancia grácil de una víbora. Se acercó a su hija por la espalda y colocó sus manos sobre los hombros de Beatrix, inclinándose para susurrar cerca de su oído. Su aliento olía a clavo de olor y vino rancio.
—Entonces no te limites a odiarla, Beatrix —murmuró la concubina con una frialdad sanguinaria—. El odio no sirve de nada si solo consume tus entrañas. El odio es útil cuando se convierte en la daga que corta el cuello de tu enemigo.
Beatrix giró la cabeza para mirar a su madre. Por primera vez en la tarde, una sonrisa torcida y cruel apareció en sus labios.
—No quiero solo verla fuera del castillo, madre. Quiero verla destruida. Quiero que Felipe la mire con el mismo asco con el que mira a los traidores. Quiero que la Santa suplique y que sus oraciones no sirvan para nada.
—Y así será —asintió Morgana, acariciándole el mejilla con una ternura retorcida—. Elara se confía en el amor del príncipe y en la protección divina de su hermana. Piensa que la pureza es un escudo impenetrable. No sabe que el veneno más efectivo no es el que se vierte en la copa, sino el que se susurra al oído del rey en la oscuridad de la noche.
Beatrix volvió la mirada hacia el estanque. Uno de los peces dorados nadaba en la superficie, atrapando los pétalos de rosa destrozados que ella había arrojado momentos antes.
—El rey Aldous está viejo y temeroso —continuó Beatrix, y sus palabras salían cargadas de una malicia calculada, cada frase impregnada de un veneno más denso que el anterior—. Teme a la traición más que a la muerte. Si una sombra de duda cae sobre la Casa Aurelius... si el rey llega a creer que la dulce Elara conspira para arrebatarle la corona antes de tiempo... no habrá poder divino ni milagro de la Santa que pueda salvarla de la hacha del verdugo.
—Esa es mi hija —susurró Morgana, apretando los hombros de la joven con orgullo maternal—. Deja que sigan sonriendo en su ala del castillo. Deja que la Santa cure a los mendigos y que Elara se pierda en los abrazos del príncipe. Cuanto más alto crean que están, más dura será la caída. Y cuando la Casa Aurelius se desplome, nosotros estaremos allí para recoger los pedazos de la corona.
Beatrix sonrió, dejando caer el último pétalo marchito al agua. El brillo de envidia y rencor en sus ojos ya no era una simple rabieta de pasillo; era el presagio helado de una trampa que comenzaba a cerrarse sobre la inocencia de las dos hermanas.
Por eso muchas veces es mejor ayudar a un perro.