trata sobre un arreglo matrimonial entre familias poderosas
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Capítulo 15: El Eco de las Cadenas
El traslado fue un borrón de adrenalina y sedantes. Elena despertó tres días después en una realidad completamente distinta. El calor asfixiante de la ciudad y el mármol negro habían sido sustituidos por la pureza letal de los Alpes Suizos.
La “Residencia Aeterna” era una proeza arquitectónica incrustada en la ladera de una montaña privada, a la que solo se podía acceder mediante helicóptero o un funicular custodiado por tres perímetros de seguridad. Paredes de cristal blindado de tres capas ofrecían una vista panorámica de picos nevados y abismos infinitos. Era hermosa, era perfecta y era, sin ninguna duda, la prisión más sofisticada del mundo.
Elena se levantó de la cama, una plataforma de lino blanco que parecía flotar en medio de la habitación. Al intentar abrir la puerta del balcón, el sistema emitió un pitido gélido.
—El aire exterior está a diez grados bajo cero, señora Steelwood. No es recomendable que salga sin el equipo adecuado.
La voz de la Inteligencia Artificial del búnker, programada con un tono que recordaba sutilmente al de Ethan, inundó la estancia. Elena retrocedió, abrazándose a sí misma
Mientras Elena permanecía aislada en la blancura suiza, el mundo exterior ardía. En una pantalla de cine integrada en la pared del salón, ella veía las noticias que llegaban por satélite. Ethan Steelwood, a sus 21 años, se enfrentaba a cargos de homicidio en primer grado, secuestro, fraude financiero masivo y conspiración.
Las imágenes del juicio eran hipnóticas. Ethan aparecía en el banquillo de los acusados vistiendo trajes oscuros, con una calma que desafiaba a los jueces y a la opinión pública. No parecía un hombre derrotado; parecía un rey en el exilio. Sus abogados, los más caros y despiadados del mundo, estaban desmantelando cada prueba.
—¿Dónde está Elena Steelwood? —gritaba el fiscal en cada sesión—. ¡Usted la tiene retenida!
Ethan siempre respondía lo mismo, mirando fijamente a la cámara, como si supiera que, a miles de kilómetros, Elena lo estaba observando:
—Mi esposa está recuperándose del trauma que el difunto Christian Vane le causó. Está en un lugar seguro, bajo mi protección, donde nadie puede volver a lastimarla. Ella es mi prioridad, no este circo legal.
Elena golpeó la pantalla con el puño.
—¡Mientes! ¡Diles que me tienes aquí! —gritó al vacío de la sala.
Pero no había teléfonos. No había internet abierto. La conexión satelital era unidireccional: ella podía ver al mundo, pero el mundo no podía verla a ella.
A pesar de estar en una celda de cristal en otro país, la mano de Ethan se sentía en cada detalle de su vida diaria. Cada mañana, Elena encontraba sobre la mesa un sobre sellado con cera negra. Dentro, había cartas manuscritas que Ethan escribía desde su celda de máxima seguridad durante los recesos del juicio.
“Elena, amor mío:
Hoy el aire en la sala de audiencias era pesado, pero cerré los ojos y recordé el aroma de tu cuello en nuestra noche en el jet. Sé que estás mirando las montañas ahora mismo. He ordenado que te lleven los nuevos bocetos de la colección de invierno de Milán; quiero que elijas las telas para cuando regreses a mi lado. No importa lo que digan estos hombres de leyes; ellos son temporales. Tú y yo somos para siempre. No intentes convencer a Leo de que te ayude; él sabe que si fallas, tu padre perderá el acceso a los especialistas que lo mantienen vivo. Duerme bien, mi reina. Te vigilo en mis sueños.”
Elena quemó la carta en la chimenea de diseño, pero el sentimiento de ser observada no desapareció. Descubrió que la casa estaba equipada con sensores biométricos que enviaban informes de su estado de salud, su ritmo cardíaco y sus horas de sueño directamente al equipo legal de Ethan, quien usaba esa información para “sentirse cerca de ella”.
Pasaron seis meses. El juicio terminó con una sentencia que conmocionó al mercado: Ethan fue declarado culpable de homicidio en defensa propia (reduciendo la pena por el ataque previo de Christian), pero fue absuelto de los cargos de secuestro por falta de testimonio de la víctima. Elena, al no poder presentarse, fue declarada “incapacitada por trauma” por un panel de psiquiatras pagados por el imperio Steelwood.
Ethan fue sentenciado a diez años en una prisión privada de lujo, una fortaleza que él mismo había ayudado a financiar años atrás.
Esa noche, en Suiza, Elena recibió un paquete especial. Dentro había un iPad con una sola aplicación instalada: una videollamada directa.
La pantalla se encendió. Ethan estaba allí, sentado en una celda que parecía más una oficina de lujo. No llevaba uniforme de preso, sino un jersey de cachemira.
—Hola, Elena —dijo él, y su voz provocó que ella soltara el dispositivo.
—¿Cómo es posible? —sollozó ella, recogiéndolo—. Deberías estar incomunicado.
—No hay lugar en este mundo donde el nombre Steelwood no abra puertas, Elena. Mi cuerpo está aquí, pero mi mente y mi poder siguen contigo. ¿Te gustan los Alpes? He pensado que podrías quedarte allí un par de años más, hasta que las aguas se calmen.
—¡Déjame ir, Ethan! ¡Ya ganaste! Christian está muerto, mi padre es un vegetal y tú estás en la cárcel. ¿Qué más quieres de mí?
La mirada de Ethan se volvió gélida, poseída por esa chispa maníaca que nunca se apagaba.
—Lo quiero todo, Elena. Quiero que cuando finalmente salga de aquí, entres en mi coche por voluntad propia porque habrás olvidado cómo es la vida sin que yo tome tus decisiones. Quiero que entiendas que incluso tras las rejas, soy yo quien decide qué comes, qué vistes y quién te protege. Eres mi ancla. Mientras tú seas mía, yo sigo siendo el dueño del mundo.
Elena miró por el ventanal hacia el abismo nevado. Se dio cuenta de que Ethan no la amaba; la adoraba como a un ídolo en un altar que él mismo había construido con sangre y billetes de cien dólares. Su posesividad no tenía límites físicos ni legales.
Días después, Leo entró en el salón. No traía comida, sino un documento legal.
—El señor Ethan quiere que firme esto, señora —dijo Leo con su habitual tono monótono.
Elena leyó el encabezado: “Poder General de Representación y Fideicomiso Permanente”. Al firmar, Elena le entregaba a Ethan el control total de sus propias acciones en el Grupo Steelwood-Valerius, unificando legalmente sus identidades para siempre.
—Si no firmo, ¿qué pasará? —preguntó ella, aunque ya sabía la respuesta.
—El señor Ethan dice que las montañas son muy hermosas, pero también muy solitarias cuando se corta el suministro de calefacción y los helicópteros dejan de traer provisiones.
Elena tomó la pluma estilográfica de oro. Miró hacia la cámara de seguridad en la esquina del techo, sabiendo que él la estaba mirando en tiempo real desde su celda. Con una mano temblorosa, firmó el documento, entregando el último rastro de su autonomía al hombre que la había reclamado en un jet a once mil metros de altura y que ahora la gobernaba desde una prisión.
Cuando terminó, se desplomó en el suelo de cristal, mirando las unbes pasar bajo sus pies. El silencio de los Alpes era absoluto. Ella era la mujer más rica del mundo, la Reina del Acero, pero mientras acariciaba el diamante negro en su cuello, supo la verdad: no era más que una extensión de la voluntad de Ethan Steelwood. Él era el arquitecto, y ella era su obra maestra, guardada bajo llave hasta que el maestro decidiera que era hora de volver a jugar.