Lucía Suárez amó a Adrián Beltrán durante doce años. Él le respondió con humillaciones, una condena injusta y la pérdida de su bebé.
Para Adrián, su esposa era una mentirosa, una mujer sucia capaz de cualquier cosa. La inocente siempre era otra: Valeria, la amante a la que protegía mientras Lucía lo perdía todo.
Ahora Lucía ha salido de prisión. Ya no quiere suplicarle amor. Quiere recuperar su vida y hacerles pagar cada mentira, cada golpe y todo lo que le arrebataron.
Pero Adrián no está dispuesto a dejarla ir.
Cuando la verdad lo obliga a arrodillarse y pedir otra oportunidad, ella solo tiene una respuesta:
—¿Quieres que te perdone? Entonces muérete.
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Capítulo 10
Capítulo 10. Si ese bebé muere, tú vas a morir con él
Adrián llegó poco después. No había ido porque Lucía quisiera verlo, sino para exigirle cuentas.
La sala de visitas estaba mal iluminada. Aun así, ella pudo distinguir la expresión sombría y aterradora de su rostro.
Lucía habló con firmeza. —Yo no la empujé. Valeria se tiró a propósito. ¡Tienes que creerme, Adrián!
Apenas terminó, él extendió el brazo. Le apretó la nuca con la mano y la atrajo de golpe hacia él.
Sus ojos negros, impenetrables, estaban llenos de una furia helada, asesina. —Hay pruebas y testigos. ¿Y todavía tienes el descaro de negarlo?
—¡Porque no lo hice! ¡Valeria me tendió una trampa! ¡No la empujé! ¡No lo hice! —Lucía perdió el control. Lo repetía una y otra vez, con la única esperanza de que él le creyera.
Pero la frialdad de su mirada se volvió todavía más aterradora. Le apretó la nuca con más fuerza. —¿Valeria arriesgó su vida y la de su hijo solo para tenderte una trampa? ¿No te parece ridícula esa explicación?
Lucía soportó el dolor y sostuvo con terquedad su mirada de odio. —Ese hijo ni siquiera es tu…
—¡Cállate!
No pudo terminar. Adrián la interrumpió, furioso.
Con el rostro encendido de rabia, la lanzó lejos de él.
Lucía llevaba las manos esposadas y no pudo apoyarlas para amortiguar la caída. Se estrelló contra el suelo. Un dolor agudo le atravesó el bajo vientre y la cara se le quedó sin color. Apretó los dientes para soportarlo y levantó la cabeza con dificultad.
—¡No fui yo, Adrián! ¡De verdad que no la empujé!
Él la miró desde arriba con unos ojos fríos y profundos. —Esas estupideces las explicas en la cárcel. Escúchame bien: si le pasa algo al bebé de Valeria, tú vas a morir con él.
Las palabras cayeron sobre ella como un golpe. Adrián se volvió sin la menor compasión.
A Lucía le brotaba sudor frío en la frente. A pesar del dolor, se arrastró detrás de él, desesperada por conseguir ayuda.
—Adrián, me duele el vientre…
Él no se detuvo. Se fue sin vacilar.
Una guardia cerró la puerta de hierro de la sala de visitas, la agarró y la llevó de vuelta a la celda.
El dolor no cesó en toda la noche. Lucía les dijo a las guardias que estaba embarazada. No recibió ayuda. En cambio, sus compañeras de celda empezaron a golpearla y a patearla sin que ella entendiera por qué.
Se cubrió el vientre mientras los puñetazos seguían cayendo sobre su cuerpo.
La que mandaba la agarró del pelo y le golpeó con fuerza las mejillas, sonriendo con crueldad. —El señor Beltrán nos encargó que te «cuidáramos» bien, perra. Eso te pasa por meterte con la mujer que más ama.
Lucía sintió que se le helaba toda la sangre. Así que aquellos eran los «cuidados» de Adrián.
No podía imaginar hasta dónde llegaba su crueldad. Estaba embarazada y él no dejaba de maltratarla.
Claro. Le había ordenado abortar. ¿Por qué iba a importarle?
Para él, lo mejor sería que ella estuviera muerta.
Al día siguiente le contó a una guardia que la habían golpeado durante la noche. La mujer la miró de una forma extraña. —¿Qué tonterías dices? ¿Crees que no nos habríamos enterado si hubiera pasado algo así?
Lucía supo que seguir quejándose no serviría de nada. En Puerto Real nadie se atrevía a enfrentarse a Adrián Beltrán.
Miró aquella jaula donde nunca parecía entrar la luz y perdió toda esperanza. Entre las lágrimas, creyó ver otra vez las imágenes de sus recuerdos.
Adrián, ¿no habías prometido protegerme toda la vida?
Pensó que nunca saldría de allí. Pero dos días después le informaron que habían retirado la denuncia y podía irse. Aun así, la persona que la denunció se reservaba el derecho de volver a reclamar.
Al salir del centro de detención, encontró un cielo gris y una llovizna fina.
Arrastraba el cuerpo exhausto y lastimado. Estaba a punto de irse cuando vio a Gabriel frente a ella.
—¿Qué haces aquí? —preguntó, sorprendida.
Él sonrió con dulzura y abrió la puerta del auto. —Vine a buscarte.
Lucía dudó. Llevaba dos días sin bañarse. Estaba sucia y olía mal. No quería ensuciarle el auto.
—Sube, Lucía. Te llevo a casa. —Gabriel había entendido su preocupación, pero no le importaba.
La lluvia empezó a caer con más fuerza. Cuando llegaron, ella le dio las gracias y se dispuso a bajar. Entonces él preguntó: —Adrián no te trata bien, ¿verdad?
Lucía apartó la cara. —No, me trata muy bien. Gracias, Gabriel. Ya me voy.
Bajó de prisa, casi huyendo, y se metió de lleno bajo la lluvia torrencial.
Estaba empapada cuando llegó a la entrada. La puerta se abrió antes de que pudiera pasar. Adrián apareció frente a ella, impecable, con aquel porte elegante y distinguido.
Al recordar el aspecto desastroso que tenía, Lucía no supo qué hacer.
Toda mujer quería que el hombre al que amaba viera su mejor versión. Ella siempre acababa frente a él en su estado más humillante, más miserable. Y ahora llevaba el cuerpo lleno de las heridas que él le había dejado.
—¿Quién te dio permiso de entrar? —Adrián le cerró el paso.
Lucía lo miró. —Esta es mi casa.
—¿Tu casa? —Él soltó una risa baja y helada—. ¿Y tú con qué derecho la llamas así?
Ella se quedó inmóvil. Cada palabra le caía en el corazón como un puñado de vidrios rotos.
—Si Valeria no fuera tan buena, te pasarías la vida en la cárcel. —Hasta al reprochárselo, Adrián mostraba cuánto la protegía.
Lucía sonrió con frialdad. —Sí. Si no fuera por ella, jamás habría terminado en un lugar así.
La respuesta lo irritó. —¿Todavía te atreves a poner excusas?
—¡No son excusas, Adrián! ¡Te estoy diciendo la verdad! —Apretó los puños y alzó la cabeza.
A él se le endureció la expresión. La atravesó con la mirada. —¿No lo hiciste? Muy bien. Ve a arrodillarte allá afuera. No te levantes hasta que deje de llover. Entonces te voy a creer.
Lucía se cubrió el bajo vientre por instinto. No se movió.
—¿No querías que te creyera? ¿Qué sigues haciendo aquí? —la apuró con frialdad.
La lluvia le corría por la cara. Alzó los ojos húmedos hacia el hombre que, en sus recuerdos, se había preocupado tanto por ella. —Adrián, estoy emba…
—Adrián, tengo hambre.
La voz melosa de Valeria llegó desde adentro antes de que Lucía pudiera terminar.
Así que estaba allí.
Un dolor imposible de describir le recorrió el cuerpo entero. Sintió que el corazón se le hundía, como si cayera a un abismo sin fondo.
Adrián la miró, impaciente. —Valeria va a dormir aquí esta noche. Si quieres volver a entrar, quédate de rodillas hasta que yo esté satisfecho.
Se volvió y le cerró la puerta de un golpe, sin piedad.
La lluvia fría castigó su cuerpo frágil. El corazón se le fue enfriando al mismo tiempo que la piel.
Oscureció. Lucía vio encenderse la luz del dormitorio principal. Dos sombras se dibujaron sobre las cortinas. Le dolió mirarlas.
¿De verdad vas a creerme, Adrián?
¿O al final bastará con que Valeria te susurre algo en la cama para que todo esto no sirva de nada…?
Pasó la noche entera. Entre el aturdimiento, Lucía vio aparecer la sonrisa triunfal de Valeria.
—No puedo creerlo. ¿De verdad te pasaste toda la noche de rodillas para llamar la atención de Adrián?
Hablaba con fuerza, llena de energía. Por lo visto, el bebé que llevaba dentro era resistente. Ni rodar por las escaleras le había hecho daño.
—Si tanto te gusta arrodillarte, ¡sigue ahí!
Se alejó entre carcajadas, llena de arrogancia.
Lucía tenía la boca seca y se sentía mal de pies a cabeza. No le quedaban fuerzas para contestarle.
Después de toda la noche en la misma postura, tenía los brazos y las piernas tan entumecidos que casi no podía moverlos. Se levantó con dificultad y entró. No había dado dos pasos cuando Adrián apareció frente a ella.
Las rodillas se le doblaron de debilidad. Le agarró el borde de la ropa. Apenas pudo suplicar con sus labios pálidos: —Créeme, Adrián. Yo no empujé a Valeria…
Él soltó una risa fría. —¿Por qué iba a creerle a una mujer tan retorcida y venenosa como tú? —Y la apartó de un empujón brutal.
Lucía cayó al suelo. La cabeza le estallaba y el dolor no la dejaba enderezarse. Se sujetó el vientre. Un sudor frío le cubrió la frente.
Pensó en su bebé y reunió todas sus fuerzas para agarrarle la pierna del pantalón. —Me duele mucho el vientre, Adrián. Por favor, llévame al hospital…
Él solo le lanzó una mirada de asco. —Qué bien sabes actuar.
—No estoy actuando… Adrián… Me duele de verdad… —La voz apenas le salía. Sentía que empezaba a perder el conocimiento y se aferró más a su pantalón—. Aunque me detestes, aunque me odies tanto, el que llevo dentro sigue siendo tu hijo…
—Ja. —La burla le llenó los ojos a Adrián—. ¿Un hijo? ¡Eres capaz de inventar cualquier cosa! ¡Suéltame!
Le dio una patada en la mano para quitársela de encima. Lucía sonrió con una tristeza desoladora. Levantó la cabeza con esfuerzo hacia aquel hombre cruel. Las lágrimas le resbalaron por las sienes y el dolor le atravesó el pecho. —Hace doce años, un niño me dijo: «Luli, siempre voy a protegerte. Voy a cuidarte y no dejaré que nadie vuelva a hacerte daño»… Pero todo era mentira… Estos doce años solo fueron una obsesión ridícula mía… Tú ya no eres el Adrián de entonces…
¿Qué?
El corazón de Adrián dio un vuelco. De pronto volvió a su mente aquel recuerdo íntimo, el más hermoso que guardaba.
Aquel verano había conocido en la playa a una niña a la que llamaban Luli.
Era inocente, encantadora y traviesa. Casi se había enamorado de ella a primera vista.
Durante aquellos días felices, la niña lo seguía a todas partes y decía su nombre con una voz muy dulce.
Él le había prometido que estarían juntos para siempre. Que se casaría con ella…
Más tarde había sabido que su nombre completo era Valeria Suárez. Por eso había decidido querer a aquella niña toda la vida y castigar sin piedad a cualquiera que la lastimara.
Pero ¿por qué Lucía conocía aquella promesa de su infancia?
Sintió que algo estaba a punto de estallarle en el pecho. Se inclinó de golpe y la agarró con fuerza de los hombros. —¡¿Qué acabas de decir?!