NovelToon NovelToon
AMOR EN UN CIELO SIN TREGUA

AMOR EN UN CIELO SIN TREGUA

Status: Terminada
Genre:Romance / Mujer poderosa / Posesivo / Completas
Popularitas:3k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Sinopsis:
Emma Vance, condecorada piloto militar e ingeniera aeroespacial, es obligada a asumir el control del mayor imperio aéreo familiar de Estados Unidos. Negándose a mandar desde un despacho sin conocer la realidad de sus hangares, se infiltra como copiloto anónima bajo el apellido Ross para desmantelar desde adentro la cultura machista que corroe la empresa.
Su misión entra en turbulencia cuando descubre que el capitán estrella de la aerolínea es Logan Rhodes, el pupilo mimado de su padre y el hombre con quien compartió noches ardientes en escalas internacionales bajo la falsa creencia de que ella era solo una azafata. Entre cabinas hostiles, orgullos heridos y mandos compartidos al límite, ambos librarán su batalla más peligrosa a diez mil metros de altura, donde ceder el control puede ser la única forma de no estrellarse.

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1: Fuerza de empuje

El cielo no concede ventajas por linaje, dinero ni influencias. A diez mil metros de altura, a la atmósfera le resulta indiferente quién es tu padre o cuántas acciones cotiza tu apellido en Wall Street: solo responde a la física, a la templanza del pulso y a la lectura exacta de los instrumentos cuando la tormenta decide arrancar las alas del fuselaje.

Emma Ross lo sabía mejor que nadie. Lo llevaba grabado en los reflejos, en las yemas de los dedos y en una cicatriz irregular de siete centímetros que le surcaba el costado izquierdo, recuerdo imborrable de una noche cerrada en la provincia de Helmand.

Aquella madrugada, cuando el puesto avanzado de su unidad fue sitiado bajo un diluvio de fuego de mortero y las esquirlas perforaron el fuselaje del helicóptero de rescate hiriéndola en pleno despegue, no hubo margen para dudas teóricas. Con una mano presionando la hemorragia contra el asiento y la otra firme en la palanca de paso colectivo, Emma calculó de memoria la pérdida de sustentación, esquivó las ráfagas enemigas rozando los cañones rocosos y sacó con vida a los siete miembros de su escuadrón.

La condecoraron con honores al valor en combate y ascendió en la escala de mando con una autoridad incuestionable. Con aquel grupo de siete compañeros —hombres y mujeres forjados en la lealtad absoluta— construyó su verdadero hogar: un espacio donde el aire olía a queroseno, adrenalina y respeto mutuo, lejos del mundo civil donde las mujeres siempre tenían que pedir permiso para entrar en un hangar.

Pero ni el fuego talibán resultó tan letal como el peso político de su propia estirpe.

Su padre, Richard Vance —magnate de Vance Global Airlines, hijo único y heredero de una dinastía obsesionada con el monopolio de los cielos—, y su abuelo Charles, el patriarca cuya voz aún hacía temblar las asambleas de accionistas, nunca perdonaron que la mayor de las tres hijas hubiera elegido la milicia. Para ellos, la aviación comercial era un club reservado a la fuerza masculina de la vieja escuela. Las mujeres de la casa debían brillar en recepciones benéficas o despachos corporativos, como su madre —una eminente médica jefa de servicio en el hospital general, la única capaz de desarmar la soberbia de Richard con una mirada— o sus dos hermanas menores: Elena, una abogada implacable de contratos internacionales, y Camila, una contadora brillante que llevaba las finanzas con precisión milimétrica.

Emma había estudiado Ingeniería Naval y Aeroespacial en el MIT solo para demostrarles que el intelecto técnico supera cualquier dogma patriarcal. Cuando ni siquiera sus diplomas bastaron para doblegar la cerrazón familiar, se marchó al ejército. Y cuando su padre y su abuelo descubrieron que aquella capitana herida en combate se había convertido en una leyenda entre sus tropas, movieron sus contactos en el Pentágono para tramitarle una baja médica forzosa y definitiva. La despojaron de su uniforme militar desde un despacho en Washington.

Emma no se doblegó. Apenas pisó suelo estadounidense, hizo sus maletas y cruzó el Atlántico.

Se refugió en aerolíneas europeas donde el mérito valía más que el género y el machismo era un vestigio del pasado. Volaba bajo el apellido materno: Emma Ross. Durante años comandó jumbos intercontinentales con la frialdad quirúrgica de una ingeniera y la audacia de una piloto táctica. Cuando las escalas la traían a Boston o Nueva York, visitaba a sus padres y a sus hermanas con serenidad, sin rencores aparentes pero marcando una distancia infranqueable. Tenía una vida libre, su propio sueldo y una norma de oro grabada a fuego: jamás involucrarse con pilotos. Los conocía de sobra: egos desmedidos, paternalismo barato y la eterna necesidad de tutelar a cualquier mujer que se atreviera a mirar una palanca de mandos.

Hasta aquella noche en la sala de tránsito del aeropuerto de Zúrich.

Él no llevaba uniforme. Vestía unos vaqueros oscuros, una chaqueta de cuero desgastada y una camiseta gris que dejaba ver unos hombros anchos y una mandíbula afilada. Tenía unos ojos grises penetrantes y una sonrisa ladeada, cargada de una confianza que a Emma le resultó exasperante y magnética al mismo tiempo. Comenzaron discutiendo sobre el retraso provocado por la nevada frente a una máquina de café y terminaron enredados en una habitación de hotel, envueltos en una química tan salvaje que hizo saltar por los aires cualquier principio.

Se vieron cuatro veces más en diferentes capitales. Encuentros nocturnos, fugaces, intensos, donde ninguno hacía preguntas sobre la vida del otro.

En la última madrugada en Viena, mientras Emma se abotonaba a toda prisa la camisa blanca frente al espejo porque su tripulación salía en menos de dos horas, él la había atrapado por la cintura desde la cama, enterrando el rostro en su cuello con la voz ronca de sueño:

—Quédate un rato más... la jefa de cabina no te va a sancionar por media hora.

Emma se había girado con una ceja arqueada, recogiendo su chaqueta oscura sin las insignias puestas:

—La puntualidad no se negocia, guapo. Y si pierdo el vuelo, me cuelgan del tren de aterrizaje.

Él había soltado una risotada baja, volviendo a hundirse entre las sábanas deshechas:

—Las aeromozas siempre tan obsesionadas con los horarios.

Emma estuvo a punto de soltar una carcajada, de decirle que quien firmaba la hoja de carga, mandaba sobre la cabina y pilotaba aquel avión era ella, pero él la jaló de nuevo hacia el colchón para robarle un beso largo, hambriento y demoledor que le nubló los sentidos. Con el reloj en la cuenta regresiva, salió corriendo al pasillo dejando que él se quedara con su propia suposición. Total, era solo un amante de aeropuerto. Un extraño sin nombre con el que jamás compartiría nada más que la piel.

O eso creía.

La llamada de Camila la interceptó al aterrizar en Copenhague: «Papá convocó una emergencia familiar en la casa de campo. Tienes que venir. Dicen que es grave».

Veinte horas después, el sedán negro que la trajo desde el aeropuerto de Boston frenó frente a la mansión familiar en Beacon Hill.

Al cruzar el vestíbulo de suelos de roble, Emma no encontró ambulancias ni rostros en duelo. En la imponente biblioteca de caoba, sentados ante un tablero de ajedrez con sendos vasos de cristal tallado en la mano, Richard y Charles Vance la esperaban con la serenidad de dos generales que acaban de cerrar una pinza militar.

En un sofá cercano estaban sus hermanas. Elena, impecable en un traje sastre gris oscuro, le lanzó una mirada de advertencia disimulada tras su copa de agua. Camila, mordiéndose el labio con los balances financieros sobre la falda, bajó la vista con evidente cargo de conciencia.

—Te ves bastante entera para haber estado al borde de una catástrofe familiar, padre —dijo Emma, arrojando su gabardina sobre el respaldo de un sillón sin molestarse en saludar al patriarca.

Richard Vance, un hombre de sienes plateadas, porte atlético y la misma mirada fría y calculadora que su primogénita, dejó el vaso sobre la mesa:

—Era la única forma de que no buscaras otra escala en Singapur para evitar pisar esta casa, Emma.

—Tengo un vuelo asignado a Oslo dentro de cuarenta y ocho horas, Richard. Si esto es otra charla para intentar convencerme de que deje Europa y me dedique a supervisar la fundación benéfica, me estoy volviendo al aeropuerto ahora mismo.

El abuelo Charles golpeó el suelo con la contera de su bastón de plata:

—¡Compórtate, muchacha! Ya jugaste bastante a ser independiente y a volar aviones ajenos bajo el apellido de tu madre. Tu padre se retira la próxima semana. Los cardiólogos le exigieron frenar el ritmo si no quiere que el próximo aviso sea definitivo. La junta directiva ya está convocada.

Emma se detuvo en seco. Miró a su padre y luego a sus dos hermanas:

—Elena conoce cada resquicio legal de las rutas comerciales —argumentó Emma con voz neutra—. Camila tiene las cuentas de la compañía más claras que nadie. Nombren a un director de operaciones externo que gestione los vuelos y déjenlas a ellas al frente del consorcio.

—No —intervino Richard, poniéndose de pie con la pesadez de quien carga con un imperio sobre los hombros—. La asamblea exige un Vance que entienda qué ocurre a doce mil metros de altura. Elena sabe de tribunales y Camila de presupuestos, pero ninguna de las dos sabe qué hacer si un motor revienta sobre el Atlántico. Tú diseñaste fuselajes en la universidad, volaste en zonas de guerra y tienes más horas de vuelo real que la mitad de los instructores de este país. Te guste o no, llevas mi sangre. La presidencia ejecutiva de Vance Global Airlines te pertenece a partir del próximo viernes.

Emma soltó una risa seca, desprovista de gracia:

—¿Y qué pasó con tu teoría de que las mujeres al mando son una distracción para la disciplina de cabina? ¿O es que tus dogmas caducan cuando necesitas a alguien que salve tu legado?

—Aceptas la presidencia o disuelvo el fideicomiso que respalda las inversiones de tus hermanas —amenazó Charles con la voz enronquecida por la edad—. No permitiré que esta aerolínea caiga en manos de fondos buitre.

—Pueden hacer lo que quieran con su dinero —replicó Emma, dándose media vuelta hacia la salida—. Mi contrato con la aerolínea escandinava está blindado. Mañana mismo tomo un vuelo comercial de regreso.

Richard no levantó la voz. Metió la mano en el bolsillo interior de su americana y arrojó una carpeta de piel sobre la mesa baja:

—Tu contrato en Europa ya no existe, Emma.

Emma se congeló. Los músculos de su espalda se tensaron como cuerdas de acero:

—¿Qué hiciste?

—Esta mañana transferí tres millones de dólares a la cuenta fiduciaria de su consejo de administración —respondió Richard con una calma devastadora—. Liquidación completa por ruptura unilateral sin preaviso. Tus credenciales de vuelo en su flota fueron canceladas hace seis horas. No tienes trabajo en Europa, Emma. Estás de vuelta en casa.

El silencio que cayó sobre la biblioteca fue denso, opresivo, cargado de una furia gélida.

Elena apretó los labios con impotencia; Camila cerró los ojos, incapaz de mirar a su hermana mayor. Ambas sabían que su padre era capaz de cualquier maniobra, pero comprar el despido de Emma cruzaba una línea peligrosa.

Emma se giró con una lentitud milimétrica. En sus ojos castaños no había lágrimas ni sorpresa: había el brillo letal de quien ha estado bajo fuego de mortero y sabe reconocer una emboscada enemiga. Caminó despacio hacia el escritorio, apoyó ambas palmas sobre la madera noble y se inclinó hacia su padre:

—Compraste mi renuncia.

—Protegí el futuro de esta familia —devolvió Richard sin retroceder un milímetro—. La fiesta de despedida es en una semana, en el hangar principal de Chicago. Allí anunciaré mi salida y tu ascenso inmediato a la presidencia. Tienes siete días para prepararte un discurso.

La rabia le quemaba el pecho, pero la mente estratégica de Emma tomó el control en una fracción de segundo.

Un ataque frontal contra su padre y su abuelo solo provocaría un choque de egos estéril. Si querían que tomara el mando de esa aerolínea podrida de arrogancia y machismo estructural, lo haría. Pero no bajo sus reglas.

Una media sonrisa, fría y afilada como un bisturí, apareció en los labios de Emma:

—Acepto el cargo, padre.

Richard parpadeó, descolocado ante la repentina frialdad de su hija:

—¿Aceptas?

—Con una condición innegociable —decretó Emma con una voz de mando que hizo que incluso su abuelo se enderezara en el asiento—. La fiesta de retiro se mantiene, pero nadie fuera de esta habitación sabrá que yo soy la nueva presidenta hasta que yo lo decida. Y la junta no dirá una sola palabra.

Charles frunció el ceño con desconfianza:

—¿Qué estás tramando, muchacha?

—Durante décadas, ustedes dos y sus pilotos veteranos se encargaron de hacerme invisible para la prensa. Nadie en los hangares sabe qué cara tengo. Si me siento en ese despacho como la heredera mimada de los Vance, seré solo un blanco fácil para los mismos comandantes machistas que tú formaste, Richard. No pienso pedirles respeto desde una silla de cuero. Me lo voy a ganar en su propio terreno.

—¿De qué estás hablando? —inquirió su padre, entrecerrando los ojos.

—Voy a entrar a la plantilla de vuelo de Vance Global Airlines desde abajo —sentenció Emma, midiendo cada sílaba—. Como una piloto recién contratada, con mi rango de primer oficial y usando el apellido de mamá: Emma Ross. Voy a meterme en las cabinas, a volar sus rutas, a auditar cómo tratan a las tripulaciones, dónde están los fallos de mantenimiento y qué tan podrida está la cultura de esta empresa. Voy a reestructurar la aerolínea desde adentro. Y cuando haya limpiado la casa a mi manera... subiré al último piso y tomaré el control absoluto.

Un silencio espeso volvió a reinar en la estancia.

Charles Vance soltó un gruñido ronco que terminó convirtiéndose en una carcajada seca:

—Tiene el veneno de los Vance, Richard. Hay que reconocérselo.

Richard sostuvo la mirada de su primogénita durante varios segundos, buscando un atisbo de duda que no encontró:

—Está bien, Emma. Tienes tu anonimato durante la transición. Pero te advierto algo: mis capitanes son hombres duros, formados bajo la vieja escuela. No se van a andar con delicadezas ante una novata que vuela bajo el apellido Ross.

Emma tomó su gabardina del sillón con un movimiento impecable, clavando en ambos hombres una mirada que destilaba fuego y hielo:

—No necesito sus delicadezas, padre. Solo necesito que estén en sus puestos cuando descubran quién manda realmente en este cielo.

Sin esperar respuesta, Emma dio media vuelta y cruzó las puertas de la biblioteca con paso marcial. La batalla por Vance Global Airlines acababa de comenzar, y ella no pensaba dejar prisioneros.

1
Cliente anónimo
Siento la adrenalina al limite
Cliente anónimo
Muy buena novela la recomiendo 👏✈️
Cliente anónimo
Por machista cobarde
Cliente anónimo
Miners albpoder
Cliente anónimo
Enseñemoles Emma quien manda
Cliente anónimo
Vamos Emma tomemos el control de todo😎
Cliente anónimo
Hoy me aventuro en vuelo de primera ✈️ que emocion a collar 😎
Cliente anónimo
Interesante 😎
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play