Despertar siendo un bebé en medio de la antigua Asia no entraba en los planes de nadie. Sin superpoderes de inmediato, sin manual de instrucciones y en un mundo donde la magia, y los dioses dictan las reglas del juego, empezar de cero no es solo un desafío: es una cuestión de supervivencia.
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CAPÍTULO 1: El umbral de ceniza — Parte 7
El despertar no fue un retorno paulatino a la consciencia, sino una caída en seco hacia la realidad biológica. Para la mecánica del universo profundo, sumergido en el pozo gravitatorio de la Ciencia Negativa, habían transcurrido siete días de agonía ininterrumpida entre vórtices, vacío y miradas sin párpados. Para el plano físico del dominio, tan solo habían pasado veinticuatro horas. Una sola jornada de fiebre voraz en la que el sol había salido y se había ocultado una vez sobre la secta demoníaca de Hanyang.
La mente de Daniel, cargada con la lucidez intacta de su vida pasada y la sobrecarga de su teoría, emergió de la tormenta cósmica para chocar de frente con las limitaciones de un recipiente infantil.
Abrió los ojos. La luz de la mañana atravesaba las rendijas de la habitación, hiriéndole las pupilas. Estaba empapado en sudor frío de la cabeza a los pies, la garganta reseca como si hubiera tragado ceniza y el estómago revuelto en un mareo implacable. Se llevó una mano a la cabeza, intentando procesar la masa de recuerdos dislocados: las dos katanas corroídas, la radiación violeta, el vacío aplastante. El dolor en su cuerpo era una contradicción biomecánica insoportable: sentía los órganos internos y la estructura ósea pulverizados por el impacto del Big Bang negativo, pero al mismo tiempo su anatomía estaba intacta, reconstruida a la fuerza en una calibración atómica brutal.
Intentó ponerse de pie. Sus piernas de seis años, desprovistas de coordinación y fuerza, cedieron al instante.
El centro de gravedad se desplazó y Daniel cayó de golpe contra el suelo de madera. El impacto de su rostro contra la esquina filosa de una pequeña mesa de noche resonó en la estancia, abriendo un corte limpio en su frente. Una línea de sangre caliente comenzó a deslizarse por su mejilla, mezclándose con el sudor y sacándole un gemido ahogado por la punzada de dolor terrenal.
Afuera, en el pasillo, los pasos apresurados rompieron el silencio.
—¡Joven maestro!
La puerta de madera se abrió de par en par. Meili y Lin entraron a la alcoba con la respiración agitada, deteniéndose en seco al ver la escena. Allí estaba el niño, tendido sobre el piso, sangrando de la frente y temblando en medio de un charco de sudor, con la cara pálida y los ojos desorbitados por el vértigo.
En la jerarquía de la secta demoníaca de Hanyang, aquel niño no era más que un cabo suelto, un infante catalogado internamente como un inútil carente de cualquier tipo de aptitud o energía. Tratado con fría indiferencia por los ancianos y los discípulos del dominio, su presencia era apenas un murmullo incómodo. Sin embargo, Meili y Lin, las jóvenes sirvientas asignadas a la rutina de la alcoba, eran de las pocas personas que aún conservaban un trato humano hacia él.
—¡Por los cielos, qué ocurrió! —exclamó Lin, corriendo a arrodillarse a su lado mientras sacaba un pañuelo de lino para presionar con delicadeza la herida de la frente.
—Pensamos que la fiebre de ayer ya había cedido... —murmuró Meili con la voz temblorosa, ayudándolo a incorporarse contra el borde de la cama mientras inspeccionaba el rastro de sangre en la mesa—. Estuviste ardiendo todo el día y la noche entera. ¿Por qué intentaste levantarte solo?
Daniel no respondió. Dejó que las manos de las sirvientas limpiaran la sangre de su rostro y le colocaran una compresa fría sobre la cortada. La ironía dramática de la situación pesaba sobre su pecho como un bloque de plomo. Ellas veían a un infante débil, a un niño torpe y sin talento que se había caído de la cama tras una noche de fiebre común; ignoraban por completo que la conciencia que las miraba desde esos ojos infantiles había sobrevivido a la desintegración celular en el espacio profundo y que en la estructura de su alma ahora dormía la condensación de la Ciencia Negativa.
El dolor de la cortada en la frente era insignificante comparado con la secuela de los siete días en el vacío, pero le recordaba algo fundamental: la portada de debilidad ante la secta seguía intacta. Nadie en Hanyang sospechaba que el "inútil sin poder" acababa de reescribir su propia biología.
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