Valeria creció entre los surcos de una plantación de té, sin padres, con una pierna que nunca sanó del todo y unos tíos que la trataban como sirvienta. El día que Don Alejandro Montemayor, el patriarca más poderoso de la región, ofrece un millón de dólares de dote para casar a su nieto, los tíos de Valeria no dudan en venderla al mejor postor.
Sebastián Montemayor es el heredero de un imperio del té. Es brillante, observador y reservado. También es sordo desde los diez años, cuando un accidente que nadie ha logrado explicar le arrebató la audición y a su padre. Todas las mujeres que le han presentado lo han rechazado. Cuando Valeria aparece frente a él con un vestido prestado y una marca roja en la mejilla, Sebastián no ve a una novia sumisa: ve a alguien que esconde heridas.
Lo que comienza como un matrimonio arreglado entre dos personas rotas se transforma en algo inesperado. Poco a poco, entre torpezas, silencios elocuentes y pequeños actos de valentía cotidiana, Valeria y Sebastián descubren que sus vidas estuvieron entrelazadas mucho antes de conocerse.
Pero el pasado guarda secretos peligrosos. Un hombre poderoso lleva décadas ocultando una verdad que podría destruirlo todo, y hará lo que sea necesario para que esa verdad no salga a la luz. Cuando la búsqueda de justicia pone en la mira a quienes Sebastián más quiere, el silencio deja de ser refugio y se convierte en campo de batalla.
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Capítulo 21
Valeria se secó con suavidad la comisura de los ojos, que ya empezaban a humedecerse.
—Lo recuerdo todo.
Aquella tragedia había quedado grabada en su memoria. Aunque sucedió en un parpadeo, la huella fue imborrable.
Sebastián la observó.
—Ese día vi que estabas parado al borde de la carretera. Me dio miedo de que te atropellaran. Te grité con todas mis fuerzas para avisarte del auto, pero era como si no me oyeras. Entonces corrí y te empujé hacia un lado.
Las lágrimas de Valeria finalmente rodaron. La voz se le quebró.
—Después de eso, la que fue atropellada fui yo. Una de las ruedas me pasó por encima de la pierna. Perdí el conocimiento. Cuando desperté, ya estaba en casa y había mucha gente de visita porque mi abuela había muerto de un infarto.
Cada frase que salía de la boca de Valeria golpeó a Sebastián en lo más hondo. Poco a poco, su mirada descendió hasta la pierna izquierda de su esposa. La pierna que desde siempre cojeaba levemente. La causa, resultó ser él.
Todo el cuerpo de Sebastián pareció perder la fuerza de golpe. Apretó los puños con tanta intensidad que los nudillos se le pusieron blancos. Respirar se le volvió difícil.
—Nunca lo supe.
La voz le salió ronca. Negó con la cabeza una y otra vez. La culpa le inundó el pecho.
—Si aquel día no hubiera salido de la casa, si hubiera sido más cuidadoso, tú no habrías sufrido nada de esto.
Durante años, Sebastián vivió sin saber que alguien había sacrificado su infancia para salvarle la vida.
Despacio, agachó la cabeza.
—Perdóname, Valeria.
Las palabras salieron apenas audibles. Pero cargaban una sinceridad absoluta.
—De verdad te pido perdón.
Al verlo así, Valeria se apresuró a negar.
—No fue culpa tuya.
Sebastián siguió con la cabeza baja.
—Pero si no hubiera sido por mí...
Valeria lo interrumpió con dulzura.
—Aquel día te ayudé porque quise. No porque nadie me obligara.
Se limpió las lágrimas y esbozó una sonrisa tenue.
—Si el tiempo pudiera retroceder, volvería a correr. Volvería a empujarte. No podría quedarme de brazos cruzados viendo a alguien perder la vida delante de mis ojos.
Esas palabras le oprimieron el pecho a Sebastián todavía más. Por primera vez en muchos años, los ojos se le llenaron de lágrimas. Una gota transparente le resbaló por la mejilla. No lloraba por debilidad. Lloraba por la culpa que acababa de golpearlo con toda su fuerza.
Valeria lo contempló con los ojos igualmente vidriosos.
El destino tenía formas que escapaban al entendimiento humano. La niña que alguna vez salvó a un desconocido se había convertido en la esposa de ese mismo hombre. Y el adolescente que nunca tuvo oportunidad de dar las gracias era ahora quien acompañaría a Valeria el resto de su vida.
En el silencio de aquella habitación, los dos se miraron sin encontrar más palabras. Pero sin que lo advirtieran, las heridas viejas que ambos guardaban en lo profundo empezaron, por fin, a encontrar un camino para sanar.
—Es extraño. —Sebastián frunció el ceño, como si cayera en la cuenta de algo que lo había inquietado durante mucho tiempo—. Hasta el día de hoy sigo sintiendo que ese auto no iba fuera de control.
Valeria también frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Sebastián negó despacio.
—No lo sé. Tal vez sea solo una corazonada. Pero en ese momento tuve la sensación de que el auto venía directo hacia mí a propósito.
Tomó aire.
—Por desgracia, me desmayé antes de poder ver las placas. Cuando desperté, la policía dijo que había sido un accidente común. Un atropello con fuga.
La habitación se sumió en un silencio denso. Valeria lo observó durante un largo rato. Era la primera vez que veía a aquel hombre mostrar su lado vulnerable.
Hasta ahora, Sebastián siempre había parecido sereno, frío y difícil de descifrar. Pero detrás de todo eso, existía un peso que lo había perseguido durante años.
Valeria cerró el álbum de fotos con cuidado.
—Sebastián.
—¿Sí?
—De todo eso yo no entiendo mucho.
—Pero no pienses demasiado en lo que ya pasó. —Le dedicó una sonrisa pequeña.
Sebastián alzó una ceja.
—¿Por qué?
Valeria lo miró de frente.
—Porque no puedes cambiar el pasado. —Hizo una breve pausa—. Si de verdad hubo alguien que lo hizo a propósito, deja que Dios se encargue de hacer justicia.
Sebastián se quedó callado. La frase era muy simple. Y aun así, el pecho se le sintió mucho más liviano.
A lo largo de los años, cada vez que había intentado compartir esa corazonada con alguien, le decían que buscara pruebas, que lo denunciara o que lo olvidara de una vez. Nadie le había respondido con algo tan llano como lo que Valeria acababa de decir: dejar que Dios se encargara.
Sin darse cuenta, la comisura de los labios se le curvó hacia arriba.
—¿Por qué te ríes? —Valeria inclinó la cabeza.
Sebastián negó con suavidad.
—Por nada.
—Mentiroso. Se te nota.
Sebastián dejó escapar una risa queda. Le buscó los ojos a su esposa.
—Solo siento que tú eres distinta.
—¿Distinta?
—Sí. Toda la vida, mucha gente me ha mirado con lástima. Otros me consideran un hombre con una discapacidad. Hay quienes evitan hablarme porque no oigo bien.
La mirada de Sebastián se suavizó.
—Pero desde la primera vez que nos vimos, nunca encontré nada de eso en tus ojos.
Valeria parpadeó, confundida.
—¿Y entonces cómo te miro?
—Con inocencia, con honestidad y con timidez.
Las mejillas de Valeria se encendieron al instante.
—Sebastián, me da pena.
Él esbozó una sonrisa breve.
—Bien.
—¿Por qué bien?
—Porque tu cara es encantadora cuando te da pena.
Valeria hundió la cabeza hasta el fondo.
—¿Por qué te gusta tomarme el pelo?
—Solo digo la verdad.
Valeria bufó bajito conteniendo la risa. Día con día, las conversaciones entre ellos fluían con menos rigidez y más naturalidad.
Los días siguientes transcurrieron en paz. Cada mañana, Sebastián partía hacia las oficinas centrales de la empresa familiar. Valeria, por su parte, ayudaba con las labores del hogar, a pesar de que ya había dos empleados en la casa.
De vez en cuando paseaba por el jardín. Todavía le costaba creer que viviera en aquella residencia.
Faltaban tres meses para el inicio de clases, pero Sebastián no quiso postergar los preparativos. Una tarde regresó con un fólder azul en la mano.
—Ya llegaste.
Valeria, que estaba regando las flores, se acercó enseguida. Le besó la mano a su esposo.
Sebastián le tendió el fólder.
—Esto es para ti.
Valeria lo tomó con cara de extrañeza.
—¿Qué es?
—Ábrelo.
Con cuidado, Valeria levantó la solapa del fólder. Los ojos se le abrieron de par en par.
—Una carta de aceptación universitaria...
Releyó la hoja para asegurarse de que no se equivocaba. Las manos le empezaron a temblar.
—¿La universidad...? ¿Me aceptaron, Sebastián?
—Sí. —La voz de Sebastián sonó serena—. Ya tramité toda la inscripción. Solo hay que esperar a que comiencen las clases dentro de tres meses.
Valeria alternó la mirada entre la carta y el rostro de su esposo. Los ojos se le fueron llenando de lágrimas.
—Sebastián, ¿de verdad voy a poder estudiar?
—Sí.
—Pero ya pasó un año desde que terminé la preparatoria.
—Eso no es ningún problema.
Sin darse cuenta, Valeria abrazó el fólder contra el pecho. El sueño que durante tanto tiempo había mantenido sepultado comenzaba, poco a poco, a abrirse camino de nuevo.