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La Muñeca Del Bosque Negro

La Muñeca Del Bosque Negro

Status: En proceso
Genre:Demonios / Terror
Popularitas:143
Nilai: 5
nombre de autor: Damian Benitez

es de terror, una creepypasta

NovelToon tiene autorización de Damian Benitez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La Primera Noche

Samuel sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.

La muñeca seguía sentada sobre la cama.

No se movía.

No respiraba.

No parpadeaba.

Simplemente estaba allí, con las piernas cruzadas y las pequeñas manos apoyadas sobre el vestido blanco, observándolo con aquellos ojos color ámbar que parecían reflejar la poca luz que entraba por la ventana.

Durante varios segundos nadie se movió.

El silencio era tan profundo que Samuel podía

Escuchar el tic-tac del reloj de la cocina.

Entonces ocurrió.

La cabeza de la muñeca giró lentamente hacia un lado.

No de forma natural.

Giró demasiado.

Hasta quedar casi completamente al revés.

Un sonido seco, parecido al crujido de una rama vieja, acompañó el movimiento.

Crack...

Samuel dio un paso atrás.

—No...

La muñeca sonrió.

No era una sonrisa amplia.

Era apenas una curva diminuta en los labios de porcelana.

Pero bastó para que el miedo lo paralizara.

Tomó el bate con ambas manos.

—¡Aléjate!

No obtuvo respuesta.

Solo aquella sonrisa.

Con un grito de desesperación lanzó un fuerte golpe.

El bate atravesó la cama.

La muñeca ya no estaba.

Samuel perdió el equilibrio y cayó de rodillas.

Miró debajo de la cama.

Nada.

Revisó el baño.

La cocina.

El balcón.

Todo el apartamento.

Había desaparecido.

Pero antes de que pudiera sentir alivio...

Escuchó una pequeña risa proveniente del techo.

Una risa infantil.

Muy suave.

Muy cerca.

Levantó lentamente la cabeza.

No había nadie.

Sin embargo, durante un instante creyó distinguir unas pequeñas marcas de manos sobre el techo, como si alguien hubiera caminado boca abajo.

Parpadeó.

Las marcas desaparecieron.

No volvió a dormir.

Cuando amaneció, tenía profundas ojeras y un dolor de cabeza insoportable.

Preparó café intentando convencerse de que todo había sido producto del cansancio.

Mientras esperaba que hirviera el agua, encendió el televisor.

El noticiero regional ocupaba toda la pantalla.

La presentadora hablaba con tono serio.

—Las autoridades continúan la búsqueda de un joven desaparecido desde la tarde de ayer. Se trata de Andrés Gallego, de diecinueve años, visto por última vez cerca del bosque ubicado al norte del municipio de San Rafael.

Samuel sintió un vacío en el estómago.

En la pantalla apareció una fotografía del muchacho.

No lo conocía.

Pero sí reconoció el lugar donde había sido tomada la última imagen.

Era el mismo sendero por el que él había entrado.

La periodista continuó.

—Campesinos aseguran haber escuchado gritos durante la noche, aunque hasta el momento no se ha encontrado ningún rastro.

Samuel apagó el televisor.

Un pensamiento comenzó a perseguirlo.

"¿Y si no fui el único que entró al bosque?"

A media mañana decidió visitar nuevamente a don Ernesto.

Necesitaba respuestas.

El anciano abrió la puerta apenas escuchó los golpes.

Al ver a Samuel, su expresión cambió de inmediato.

—Entraste al bosque...

No era una pregunta.

Era una afirmación.

Samuel asintió lentamente.

—Necesito hablar con usted.

Don Ernesto observó alrededor antes de hacerlo pasar.

Cerró la puerta con llave.

Después bajó todas las cortinas.

—¿La encontraste?

Samuel sintió un escalofrío.

—¿Cómo sabe?

El anciano suspiró profundamente.

—Porque tarde o temprano siempre encuentra a alguien.

Samuel frunció el ceño.

—¿Qué es esa muñeca?

Don Ernesto permaneció varios segundos en silencio.

Luego abrió un viejo armario de madera.

Sacó una caja metálica oxidada.

Dentro había fotografías antiguas.

Recortes de periódicos.

Y varios dibujos hechos a mano.

Todos mostraban exactamente la misma muñeca.

Aunque las fotografías pertenecían a distintas épocas.

Una era en blanco y negro.

Otra parecía tomada en los años setenta.

Otra estaba amarillenta por el tiempo.

Pero la muñeca nunca cambiaba.

Siempre tenía el mismo vestido.

El mismo cabello.

Los mismos ojos.

Samuel comenzó a pasar las fotografías.

En la parte trasera de cada una había una fecha.

Y junto a cada fecha aparecía un nombre.

Todos diferentes.

Todos tachados con tinta negra.

—¿Quiénes son? —preguntó Samuel.

Don Ernesto respondió con la voz quebrada.

—Los últimos dueños.

Samuel sintió un nudo en la garganta.

—¿Qué les pasó?

El anciano bajó la mirada.

—Murieron.

La habitación quedó completamente en silencio.

Samuel intentó encontrar alguna explicación lógica.

¿Un asesino?

Don Ernesto negó lentamente.

—No.

—¿Entonces?

—Ninguno murió igual.

Uno apareció ahogado en un río.

Otro cayó desde un puente.

Uno más desapareció sin dejar rastro.

Y a una mujer la encontraron sentada en una silla, sonriendo... aunque llevaba tres días muerta.

Samuel sintió un escalofrío.

—¿Y todos tuvieron la muñeca?

—Sí.

—¿Por cuánto tiempo?

Don Ernesto levantó tres dedos.

—Nunca más de treinta días.

Samuel tragó saliva.

—¿Treinta días?

El anciano asintió.

—Después de eso... ella encuentra otro dueño.

Samuel respiró con dificultad.

—¿Ella?

Don Ernesto negó con firmeza.

—No confundas las cosas.

La muñeca no mata.

Solo carga la prisión.

Lo que está encerrado dentro... es otra cosa.

Antes de que Samuel pudiera hacer otra pregunta, alguien golpeó la puerta.

Los dos se sobresaltaron.

Tres golpes.

Lentos.

Firmes.

Don Ernesto se puso pálido.

—No abras.

Samuel miró hacia la entrada.

—¿Por qué?

—Porque nadie vino caminando.

Los golpes volvieron a escucharse.

Esta vez acompañados de una voz.

Era una niña.

—Abuelito...

¿Me deja entrar?

Samuel sintió que la piel se le erizaba.

Don Ernesto comenzó a temblar.

—Hace veinte años... esa era la voz de mi nieta.Samuel lo miró confundido.

—¿Dónde está ella?

El anciano cerró los ojos.

Una lágrima recorrió su rostro.

—Murió.

Los golpes continuaron.

—Abuelito...

Tengo frío...

Ábrame...

Por favor...

Samuel dio un paso hacia la puerta.

Don Ernesto lo sujetó con fuerza del brazo

—¡No la escuches!

—Pero...

—¡Mi nieta está enterrada desde hace veinte años!

Los golpes cesaron de repente.

Un silencio absoluto envolvió la casa.

Cinco segundos.

Diez.

Quince.

Samuel creyó que todo había terminado.

Entonces escucharon un ruido proveniente del techo.

Tac...

Luego otro.

Tac... Tac...

Era el mismo sonido de porcelana que había oído la noche anterior.

Pero ahora no era uno solo.

Parecían dos pequeños pies caminando lentamente sobre las tejas.

Y, justo encima de ellos, una voz grave y desconocida susurró con una calma aterradora:

—Ya encontré al siguiente...

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