El perdió todo un día, excepto a mi
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capitulo 17
Pasaron tres días.
Tres días en los que Ricardo no salió de su habitación. Tres días en los que apenas comió, apenas habló, apenas miró a Mariana. Se levantaba para ir al baño y nada más. El resto del tiempo lo pasaba en la cama, mirando el techo, dándole vueltas a las palabras de su padre como quien da vueltas a un cuchillo en una herida.
Sanguijuela.
Estorbo.
No quiero hijos así.
Mariana intentó todo. Le llevó comida. Le llevó té. Se sentó a su lado en silencio. Le habló suave, como se habla a un animal asustado. Pero él respondía con monosílabos, o no respondía. Sus ojos, antes brillantes, ahora eran dos pozos oscuros donde se ahogaba cualquier esperanza.
—Ricardo, por favor
dijo ella al segundo día, con la voz quebrada
—Háblame. Dime algo.
—No tengo nada que decir.
respondió él, dando la espalda.
—Eso no es cierto. Nunca es cierto.
—Déjame, Mariana.
—No voy a dejarte.
—Pues deberías.
Esa noche ella durmió en el sofá. No porque él se lo pidiera, sino porque el dolor de verlo así era más grande que el de la distancia.
El tercer día, Mariana llegó a un límite. Había estado yendo sola a la universidad, sola a sus prácticas, sola a comprar la comida. Llegaba a casa y encontraba la misma escena, Ricardo en la cama, la habitación a oscuras, el silencio denso como una pared.
—No vas a ir a terapia
dijo, entrando sin golpear.
—No.
—¿Por qué?
—Para qué. Si no voy a caminar nunca.
—Eso no lo sabes.
—Lo sé. Mi padre lo sabe. Todo el mundo lo sabe. Solo tú te niegas a verlo.
Mariana sintió que algo se rompía dentro de ella. No era rabia. Era algo peor. Era el miedo de estar perdiéndolo, no por el accidente, sino por su propia negativa a seguir adelante.
—No voy a rendirme contigo.
dijo, con una calma que le costó mantener.
— Así que puedes seguir ahí tirado, sintiendo lástima de ti mismo, o puedes pelear. Pero yo no me voy. Nunca.
Él no respondió. Solo cerró los ojos.
Mariana salió de la habitación y se dejó caer en el sofá. Lloró. Lloró hasta que no le quedaron lágrimas. Y cuando el llanto se secó, algo en su interior cambió.
No iba a rendirse. No después de todo lo que habían pasado.
Ya era jueves. La luz de la tarde entraba por la ventana de la habitación, pintando las paredes de naranja. Mariana subió las escaleras en silencio, sin hacer ruido. Abrió la puerta despacio. Ricardo estaba en la cama, boca arriba, con los brazos cruzados sobre el pecho. No dormía. Solo miraba al techo.
Ella se quitó los tenis. Se acercó a la cama. Y sin pedir permiso, se acostó a su lado.
Ricardo no se movió. No dijo nada. Pero tampoco le pidió que se fuera.
Mariana se giró hacia él. Apoyó la cabeza en su hombro. Y comenzó a acariciarle el cabello. Dedos suaves, lentos, enredándose en los mechones oscuros. Peinándolo con una paciencia que no tenía prisa.
—¿Qué haces?
preguntó él, al cabo de un rato. Su voz era ronca, gastada.
—Te estoy cuidando
respondió ella.
—Es lo que hago.
—No necesito que me cuides.
—Pues yo necesito cuidarte.
Él no respondió. Pero no se apartó.
Ella siguió acariciándolo. Bajó los dedos a su frente, a sus mejillas, a la línea de su mandíbula. Le dibujó el rostro con la yema de los dedos, como si estuviera memorizando cada centímetro.
—¿Te acuerdas del primer día que nos conocimos?
preguntó ella, en un susurro.
—Sí
respondió él, y su voz sonó un poco menos rota.
—Me pediste una goma de borrar.
—Y tú me la prestaste.
—Fue el mejor día de mi vida.
Él giró la cabeza. La miró. Por primera vez en tres días, sus ojos se encontraron.
—¿En serio?
preguntó.
— ¿El mejor día de tu vida fue conocerme a mí?
—Sí
respondió ella, sin dudar.
— Y cada día desde entonces ha sido mejor. Incluso los malos.
Él no dijo nada. Pero algo en su expresión cambió. Como si una pequeña grieta se hubiera abierto en el muro que había construido alrededor de su corazón.
Mariana se inclinó. Besó sus labios.
Fue un beso suave al principio. Un roce, nada más. Luego otro. Luego otro. Él no respondía, pero tampoco se apartaba. Ella mordió su labio inferior con delicadeza, y entonces él suspiró. Un suspiro largo, contenido, como si hubiera estado conteniendo la respiración durante días.
—Mari
dijo, con la voz quebrada.
— ¿Qué haces?
—Te estoy besando
respondió ella, sonriendo contra su boca.
— ¿Te molesta?
—No
admitió él.
— Pero…
—No hay pero.
Lo besó otra vez. Y esta vez, él respondió. Sus labios se movieron con torpeza al principio, como si hubiera olvidado cómo se hacía. Pero pronto recuperó el ritmo. Su lengua encontró la de ella, y el beso se volvió húmedo, profundo, hambriento.
Cuando se separaron, estaban jadeando.
—Te extrañé
dijo ella.
— Estos días sin ti han sido un infierno.
—Yo también te extrañé
respondió él.
— Pero no sabía cómo volver.
—No necesitas saber. Solo déjame guiarte.
Ella se incorporó. Lo miró a los ojos. Y con una lentitud deliberada, se quitó la camiseta.
Debajo no había nada.
Sus pechos quedaron al aire, bañados por la luz naranja de la tarde. sus montículos rosados ya estaban erectos, no por frío, sino por deseo. Por él.
Ricardo la miró. Recorrió sus curvas con los ojos. Tragó saliva.
—Mari…
—¿Quieres?
preguntó ella, con una voz que era un susurro y una promesa.
—Sí
respondió él, y esta vez no hubo dudas en su voz.
Ella sonrió. Se recostó sobre la cama y lo atrajo hacia sí. Él se movió con dificultad, pero ella lo ayudó, lo guió, lo recibió. Sus cuerpos se encontraron como dos piezas de un rompecabezas que llevaban años esperando encajar, Ricardo lamía y se deleitaba en sus pechos hasta que no pudieron más.
Mariana se colocó a horcajadas sobre él, como tantas otras veces. Pero esta noche era diferente. No había prisa. No había agenda. Solo ellos, la penumbra y el deseo acumulado durante días de silencio y distancia.
Bajó las manos al borde de su camiseta. Se la quitó. Recorrió su pecho con los labios, besando cada cicatriz, cada marca que el accidente había dejado en su piel. Él gimió. Un sonido grave, ronco, que la incendió por dentro.
—Te quiero
susurró ella contra su cuello.
—Muéstramelo
respondió él.
Ella lo tomó entre sus manos. Él ya estaba duro, caliente, temblando. Lo alineó con su entrada y bajó despacio. Muy despacio. Sintió cómo él la llenaba centímetro a centímetro, cómo sus paredes se estiraban para recibirlo, cómo el placer se mezclaba con una ternura que dolía de lo hermosa que era.
—Mari
jadeó él, con los dedos clavados en sus caderas.
—Dime
respondió ella, comenzando a moverse.
—Te amo. Te he amado desde siempre. Y siento mucho…
—No
lo interrumpió, inclinándose para besarlo.
—No sientas nada ahora. Solo siénteme.
Él cerró los ojos. Se dejó llevar. El ritmo de ella era lento al principio, casi hipnótico. Arriba y abajo, como las olas del mar. Pero pronto se volvió más rápido, más urgente. Los gemidos de Ricardo se hicieron más fuertes, y los de ella también.
—Así
dijo él, guiando sus caderas con las manos.
— Más rápido. No pares.
Ella no paró. Sus pechos rozaban su pecho con cada movimiento. El sudor comenzaba a brotar en sus frentes, en sus espaldas, en los lugares donde sus pieles se encontraban.
—Mari, voy a…
jadeó él.
—Yo también
respondió ella.
— Juntos.
la liberación llegó como un relámpago. Él se tensó debajo de ella, con un gemido que era casi un grito. Ella sintió cómo él se derramaba dentro de ella, cálido, abundante, y eso la empujó al borde. Cayó sobre él, temblando, mientras las contracciones la recorrían de la cabeza a los pies.
Se quedaron así, enredados, pegajosos, sin poder moverse.
—No sabes cuánto te necesitaba
susurró él, contra su cabello.
—Sí lo sé, yo igual
respondió ella.
— Por eso vine.
No se durmieron. No aún.
Él le acarició la espalda con dedos lentos. Ella besó su pecho, sus hombros, sus brazos.
—¿Vas a volver a la terapia?
preguntó ella, después de un largo silencio.
—Sí
respondió él.
— Pero no por mi padre. No por nadie más. Por ti. Por nosotros.
—Eso es todo lo que necesito oír.
Él la atrajo hacia sí. La abrazó con una fuerza que le quitó el aire.
—No voy a rendirme
dijo.
—Te lo prometo. Nunca más.
Y esa noche, entre sábanas revueltas y cuerpos que se buscaban una y otra vez, Ricardo volvió a casa.
No a la casa de sus padres. No a la casa de piedra y silencio.
Sino a ella. A Mariana.
Que era, desde el primer día, su único hogar.