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El CEO Y La Diseñadora

El CEO Y La Diseñadora

Status: En proceso
Genre:CEO / Malentendidos
Popularitas:5.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Itzel Velasco

Él es un magnate de acero: frío, desconfiado y acostumbrado a controlarlo todo, hasta que ella cruza su camino. Ella es una joven diseñadora llena de talento, que solo busca una oportunidad para que sus diseños de ropa y joyas brillen. Lo que comienza como una simple entrevista se convierte en una atracción inesperada que romperá sus barreras... y despertará en él una obsesión que no sabía que podía sentir.

NovelToon tiene autorización de Itzel Velasco para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3: El collar y la sorpresa inesperada

El sonido del claxon de un auto afuera de su edificio sacó a Yoselin de sus pensamientos. Se asomó por la ventana y vio a Mariana asomando la mano por la ventanilla del coche, saludando con entusiasmo. Agarró su bolso, revisó que el collar y los pendientes siguieran bien puestos y salió de prisa, cerrando la puerta tras de sí.

—¡Por fin! Pensé que te ibas a arrepentir —dijo Mariana al abrirle la puerta del copiloto—. Te ves increíble, amiga. Esas joyas te quedan perfectas.

—Gracias —respondió Yoselin con una sonrisa—. Necesitaba salir de cuatro paredes. No quiero pasar toda la noche repasando lo que pasó con Varela.

—¡Así se habla! —arrancó el coche y se mezcló con el tráfico nocturno de la ciudad—. Esta noche es solo para nosotras, para bailar y olvidar a los magnates de hielo.

Llegaron al lugar unos veinte minutos después. Era un antro nuevo, con luces tenues que cambiaban de color y música que se sentía vibrar en el suelo. La entrada estaba llena de gente, y el ambiente rebosaba energía. Al cruzar la puerta, el sonido envolvente las recibió de lleno.

—Vamos a pedir algo de beber primero —propuso Mariana, guiándola hacia la barra.

Pidieron dos cócteles frutales y se quedaron un rato charlando, entre risas y comentarios sobre la gente que pasaba. Poco a poco, la tensión que llevaba acumulada desde la entrevista empezó a aflojarse. Bebieron, terminaron sus copas y se lanzaron a la pista de baile. Se movieron al ritmo de las canciones, sin importarles nada más que el momento, las luces y la compañía. Por primera vez en todo el día, Yoselin se sintió ligera.

Pasaron un par de horas más, y decidieron ir a buscar un lugar más tranquilo para descansar un poco. Había mucha gente, y caminaban despacio, abriéndose paso entre la multitud. De repente, alguien chocó contra ella por el hombro, con tanta fuerza que Yoselin dio un paso atrás.

—¡Perdón! No te vi —dijo una voz suave y educada.

Yoselin se giró para disculparse también, pero se detuvo al ver a la chica que tenía enfrente. Vestía un vestido sencillo pero de una calidad exquisita, su cabello castaño caía en ondas perfectas y tenía una elegancia natural, como si estuviera acostumbrada a estar en los mejores lugares. Se notaba de inmediato que pertenecía a ese círculo privilegiado al que ella había intentado entrar esa mañana.

—No te preocupes, fue culpa mía también, no iba fijando por dónde caminaba —respondió Yoselin con amabilidad.

La chica no se movió de inmediato; se quedó mirándola fijamente, no a la cara, sino al cuello y luego a sus orejas. Sus ojos se iluminaron de sorpresa.

—Disculpa que te mire así, pero no puedo evitarlo —dijo con sinceridad—. Ese collar... y esos aretes. Son preciosos. Nunca he visto diseños iguales. ¿Dónde los conseguiste? He buscado piezas así en todas partes y no encuentro nada que se les parezca.

Yoselin se llevó una mano al collar, sorprendida por el interés genuino en su mirada. Era la primera vez que alguien veía su trabajo y reaccionaba así, sin prejuicios ni críticas.

—En realidad... no los compré en ninguna tienda —explicó con una sonrisa modesta pero orgullosa—. Yo los hice. Son diseños propios.

La chica abrió mucho los ojos, aún más impresionada.

—¿Tú los hiciste? —se acercó un poco más para observar mejor los detalles—. El trabajo de la plata, cómo encaja la piedra azul, el acabado... es increíble. Tienes un talento enorme. Se nota que cada pieza tiene un cuidado especial.

—Muchas gracias —dijo Yoselin, sintiendo cómo se le llenaba el pecho de calidez—. Me esfuerzo mucho en cada detalle. Diseño ropa también, además de joyas.

—¿En serio? —la chica parecía cada vez más interesada—. Oye, no sé si te parezca muy atrevida, pero tengo una propuesta. Mi hermano dirige una de las empresas de moda más importantes del país. Siempre está buscando nuevas voces, diseños que aporten algo diferente. ¿Te gustaría trabajar con nosotros? Estoy segura de que encajarías perfectamente.

El corazón de Yoselin dio un salto. ¿La empresa de moda más importante? Eso sonaba exactamente al lugar donde había ido esa mañana. Pero no quería adelantar conclusiones; quizás había muchas marcas grandes. Además, esta chica parecía tan amable, nada parecida al hombre frío que la había recibido en el despacho.

—Me encantaría —respondió con sinceridad, sin ocultar su emoción—. Es justo lo que busco: una oportunidad para mostrar mi trabajo. No sabes lo mucho que significa para mí.

—¡Qué alegría! —la chica le tomó la mano con entusiasmo—. Soy Camila. Camila Varela.

El nombre golpeó a Yoselin como un balde de agua fría. Varela. El mismo apellido que el CEO. ¿Sería posible? No podía ser una coincidencia. Su alegría se desvaneció en un segundo, y sintió cómo el estómago se le encogía.

—¿Varela? —repitió con voz apenas audible—. ¿Tu hermano... se llama Alejandro Varela?

Camila asintió sin notar el cambio en ella.

—Sí, es él. ¿Lo conoces?

Yoselin tardó unos instantes en responder. Todo lo que había pasado esa mañana volvió de golpe: el silencio incómodo, los comentarios duros, la forma en que había descartado sus bocetos, la frialdad con la que le había dicho que no tenía lugar para ella. Y ahora, justo ahora, aparecía su hermana ofreciéndole exactamente lo que él le había negado.

—Sí —dijo finalmente, tratando de mantener la calma—. Fui a una entrevista con él hoy por la mañana. Pero no salió bien. Me dijo que mis diseños no encajan con su empresa y que no me contrataría.

La expresión de Camila cambió de la sorpresa a la comprensión, y luego a una pequeña sonrisa resignada.

—Ah, ya veo. Disculpa si te causé confusión. Alejandro es... así —dijo ella suavemente—. Es muy exigente, demasiado desconfiado y se cierra mucho a lo que no conoce de entrada. No suele ver más allá de sus propias reglas. Pero yo confío en mi instinto, y en lo que veo con mis propios ojos. Sé reconocer un buen diseño cuando lo tengo enfrente, y el tuyo es maravilloso.

—Pero si él ya me rechazó... —empezó Yoselin, sin saber qué pensar.

—Escúchame —la interrumpió Camila con firmeza pero amabilidad—. Lo que él diga en una primera entrevista no es la última palabra. A veces necesita que alguien le demuestre que se equivoca. Y además, yo también tengo voz en la empresa, ¿sabes? Me encargo de buscar nuevos talentos y de las colecciones especiales. No te estoy ofreciendo un puesto sin más: te estoy diciendo que quiero ver más de tu trabajo, y que haré que lo vea él de verdad, sin prisas y sin prejuicios.

Yoselin se quedó callada un momento. Por un lado, le daba miedo volver a enfrentarse a Alejandro Varela; no quería volver a sentir que su trabajo no valía nada. Pero por otro lado, estaba Camila, que veía en ella lo que él no supo ver, y esa oportunidad era demasiado importante para dejarla ir por miedo. Además, tal vez tenía razón: tal vez solo necesitaba presentarse de otra forma, o simplemente que él dejara de mirar con los ojos cerrados.

—Está bien —dijo al fin—. Acepto. Si tú crees que vale la pena, lo intentaré. Pero quiero dejar claro que no cambiaré mi esencia para agradarle a él. Mis diseños son así, arriesgados y con personalidad, y no pienso modificarlos.

—No te pediría nada distinto —aseguró Camila, sonriendo con alivio—. Eso es precisamente lo que me gusta. Te enviaré un mensaje mañana para quedar y ver todo tu trabajo. Y verás que Alejandro no es tan duro como parece... aunque le cueste admitir cuando se equivoca.

Se despidieron con un abrazo, y Camila se fue hacia su grupo de amigos. Yoselin se quedó parada unos segundos, procesando todo lo que acababa de pasar. Mariana se acercó a ella, que había esperado un poco apartada para no interrumpir.

—¿Qué pasó? —preguntó su amiga—. Te pusiste pálida de repente.

—Esa chica es Camila Varela —explicó Yoselin—. Es la hermana del hombre que me rechazó hoy. Y me ofreció trabajar en su empresa.

Mariana abrió la boca de la sorpresa y luego soltó una risa.

—¡No me lo creo! Qué coincidencia tan grande... o tal vez el destino te está dando una segunda oportunidad, aunque venga de la parte menos esperada. ¿Y qué vas a hacer?

—Lo voy a intentar —dijo Yoselin, mirando el brillo de su collar bajo las luces del antro—. Si Camila confía en mí, yo también lo haré. Y si Alejandro sigue sin querer verlo... al menos sabré que hice todo lo posible por mostrarle lo que soy capaz de hacer.

Esa noche, mientras regresaban a casa, Yoselin ya no sentía la misma inquietud que al salir. Había empezado la jornada con un rechazo doloroso, pero terminaba con una nueva puerta abierta, incluso si detrás de ella volvía a encontrarse con el hombre más frío que había conocido. Y esta vez, no iba a dudar de sí misma.

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