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Liam es un omega humilde que lucha día y noche para pagar los tratamientos médicos de su hermana enferma, sin tiempo ni energías para nada más. Hasta que la desesperación lo lleva a cruzarse con Dante Ferrero: el alfa dominante, frío y poderoso CEO que jamás creyó en los vínculos ni en el amor.
Un encuentro intenso y prohibido cambia sus vidas para siempre. Al descubrir que lleva su hijo, Liam huye sin decir nada para no ser una carga y proteger a los suyos, luchando solo contra la pobreza, el miedo y la soledad hasta que nace su bebé y su hermana logra recuperarse.
Cuando el destino los vuelva a reunir, Dante tendrá que enfrentar todo lo que dejó escapar, luchar por su lugar en esa familia y demostrar que su fuerza solo sirve para cuidar, proteger y amar.
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Capítulo 3: La huida y el peso en el vientre
Pasé toda la noche despierto, mirando el techo de mi pequeña habitación, con la prueba de embarazo todavía sobre la mesa. No podía quedarme allí. Si Dante seguía buscándome, si alguien lo reconocía, si por casualidad aparecía por el hospital… todo se derrumbaría. No podía arriesgarme a que me quitaran al bebé, ni a que supiera que existía hasta que yo pudiera defenderme y mantenerlo con mis propias manos.
A la mañana siguiente, con el corazón apretado, fui a hablar con la doctora que trataba a Mia. Le expliqué que tenía que mudarme a otra ciudad más barata, que allí podía conseguir trabajo más estable y que seguiría pagando todo lo necesario. La mujer, que conocía nuestra historia y sabía lo duro que luchaba, me dio una dirección de una clínica asociada en un pueblo cercano, donde la atención era buena y los costos mucho más bajos. Me prometió enviar todos los informes médicos para que Mia no perdiera el tratamiento.
Empaqué todo en dos maletas viejas: poca ropa, los medicamentos, las fotos de mis padres y lo poco que tenía. Me despedí de los compañeros del hospital, devolví las llaves del pequeño departamento que alquilaba, y antes de irme pasé por el bar para dejar el trabajo. Nadie me preguntó nada, nadie supo a dónde iba.
El viaje en autobús fue largo y movido. Yo abrazaba mi vientre con una mano, como si quisiera proteger a esa pequeña vida de cualquier golpe, mientras con la otra sostenía la mano de Mia. Ella estaba débil, pero me miró y apretó mis dedos.
—No te preocupes, hermanito —me dijo muy bajito—. Estaremos bien juntos.
Sus palabras me dieron fuerzas. Al llegar al pueblo, alquilamos una casita pequeña y humilde, con un patio lleno de maleza pero cerca de la clínica. Allí empecé a trabajar en dos turnos: por las mañanas limpiaba oficinas, por las tardes ayudaba en una panadería, y por las noches estudiaba en cuanto tenía un minuto libre. Mi cuerpo cambiaba cada día más: el vientre se redondeaba poco a poco, las caderas se abrían más, y mi instinto de omega se volvía más protector y sensible. A veces me sentía tan cansado que me quedaba dormido sentado en la silla, soñando con unos ojos oscuros y un aroma que ya no quería recordar.
Mientras tanto, Dante no descansaba. Había puesto a todo su equipo a buscar cualquier rastro del omega que se le había escapado. Sabía que había trabajado en el bar, que iba al hospital central, pero cuando llegaron allí, nadie sabía nada: el joven mesero había desaparecido sin dejar ni un solo rastro.
—¿Nada en absoluto? —preguntó Dante, con la voz tensa, golpeando el puño contra la mesa de su despacho.
—Nada, señor. Cambió de residencia, canceló sus turnos, nadie sabe hacia dónde se fue —respondió su asistente con respeto.
Dante se quedó mirando la ventana, la ciudad a sus pies se veía pequeña y fría. No entendía por qué le importaba tanto, por qué no podía sacarse esa sensación de falta del pecho. Sabía que algo le faltaba, que algo importante se le había escapado entre los dedos, y no sabía cómo recuperarlo.
Yo, en mi casita lejana, acariciaba mi vientre creciente y prometía en voz baja:
—No te preocupes, pequeño. Yo voy a cuidarte. Yo voy a sacarnos adelante a ti y a tu tía. No necesitamos a nadie más.