Separados al nacer en canastas para salvarlos de una masacre, los gemelos de la estirpe real de Blood Moon crecieron sin saber el uno del otro. Cinthya pasó su infancia en el orfanato de una manada, conociendo y dominando desde pequeña la ferocidad de su loba interna. Al cumplir la mayoría de edad, deja el centro sin haber sido adoptada, momento en el que la directora le entrega una carta de sus padres biológicos y una caja misteriosa. Fiel a su promesa, Cinthya se muda al mundo humano y no abre el legado hasta el día en que se gradúa de la universidad. Es en ese instante cuando la verdad se revela, dando inicio a la búsqueda de su hermano gemelo.
Su hermano, Alexei, fue dejado en otro orfanato lejano antes de ser adoptado por los líderes de la poderosa manada Shadow Fang, creciendo junto a Paul como su hermano adoptivo y sin saber que sus padres adoptivos son los alfas de la manada en la que vive.
El hilo del destino guía los pasos de Cinthya hasta la ciudad donde vive Alexei. Allí, el vuelco de su existencia es total: no solo se reencuentra de forma emotiva con su gemelo Alexei, sino que el lazo la golpea al ponerla cara a cara con Paul, el imponente futuro Alfa de la manada y hermano adoptivo de su hermano. La conexión entre Paul y Cinthya es inmediata, feroz y despiadadamente posesiva. Mientras su amor se consolida, Alexei encontrara a su pareja destinada en la hija del Beta.
Unidos por la sangre y respaldados por la fuerza absoluta de sus mates, los hermanos deberán coordinar a sus soldados para adentrarse en las profundidades de las minas olvidadas del norte. Allí, donde sus padres biológicos languidecen encadenados con plata pura por la tiranía de su cruel tío Lionel, se librará una guerra despiadada y sangrienta. La estirpe real ha regresado para purificar sus tierras de origen. ¿Podrán derrocar al dictador y reclamar el imperio indestructible que les pertenece, o la traición consumirá el legado de Blood Moon para siempre?
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CAPITULO 2. BUSCANDO A MI HERMANO
De repente, la habitación comenzó a dar vueltas y mi cabeza explotaba de dolor. Por más que lo intentaba, no lograba asimilar nada de lo que acababa de leer. ¿Qué significaba todo esto? Yo ya tenía mi vida perfectamente planificada. Acababa de terminar la carrera y mi mayor ilusión era abrir mi propia gestoría; por esa razón ya me había matriculado para cursar el Máster en Gestión Administrativa. Ahora resultaba que tenía que abandonar todos mis sueños, justo después de los enormes esfuerzos que me había costado alcanzarlos, por culpa de una carta de la cual ni siquiera sabía si era real. Decidí tomar un medicamento para el dolor de cabeza y recostarme en la cama para intentar descansar. Por la mañana, con la mente más fría, pensaría qué hacer.
Abrí los ojos al sentir los primeros rayos de sol que se filtraban por la ventana. Por suerte, la cabeza ya no me dolía. Fui al baño, me aseé y me preparé el desayuno en la cocina. Una vez que me senté a la mesa, volví a leer la carta detenidamente mientras daba cuenta de las tostadas y el café caliente. Tras una larga meditación, decidí que el primer paso lógico sería llamar al número de teléfono que aparecía junto al medallón. Si al hacer esa llamada comprobaba que todo lo que decía el papel era verídico, entonces me comprometería a buscar a mi hermano.
Recogí la taza y el plato que había usado, busqué mi teléfono móvil y me senté en el sofá del salón. Con el medallón de plata bien apretado en la mano, me dispuse a marcar. Mis dedos comenzaron a temblar y los nervios se me pusieron a flor de piel. No tenía la menor idea de si alguien me iba a contestar y, si lo hacían, qué clase de cosas me iban a decir. Me armé de valor y digité los números. Comenzó a sonar un tono tras otro en el auricular y nadie respondía. Estaba a punto de colgar y desistir cuando, al octavo tono, descolgaron del otro lado y una voz gruesa y formal habló:
—Orfanato de los Pequeños Ángeles, ¿en qué puedo ayudarle?
—Buenos días —respondí tratando de que no se notara mi agitación—. Quiero hablar con la directora Rose, por favor. Dígale que le llama Cinthya Blake.
—Un momento, por favor. Enseguida le paso la llamada.
—Gracias.
La línea me dejó en espera y empezó a sonar la clásica música instrumental que ponen para que el rato sea más ameno. Unos diez minutos después, la línea se volvió a abrir y esta vez fue una voz dulce y eminentemente femenina la que saludó.
—Buenos días, Cinthya. Llevaba muchísimo tiempo esperando tu llamada. ¿Cómo estás?
—Me encuentro bien, gracias. Lamento haber tardado tanto en llamar, pero recién terminé mis estudios en la universidad. Eso me ha tenido muy ocupada y no fue hasta hace un par de días que abrí la carta de mis padres y encontré este número. ¿Es totalmente cierto que tengo un hermano?
—Así es. Hace veintidós años, una noche de tormenta, alguien tocó a nuestra puerta. Cuando abrimos, nos encontramos con una cestita que resguardaba a un bebé que dormía plácidamente. Junto a él había una pequeña caja y un sobre con mi nombre. Dentro, junto a una carta dirigida a tu hermano, aparecían unas instrucciones muy claras para mí; por eso sabía que en cuanto cumplieras la mayoría de edad terminarías llamándome. Tu hermano fue un niño muy despierto. Estuvo con nosotros hasta los ocho años, cuando fue adoptado por el matrimonio Svenson, quienes vieron en él al compañero de juegos ideal para su propio hijo. En la fiesta de sus dieciocho años le hice entrega de sus pertenencias. Unos meses después se marchó a la universidad y ya no he vuelto a tener contacto con él, pero lo único que puedo ofrecerte es la dirección de sus padres adoptivos.
—Me alegra mucho saber que mi hermano pudo gozar de una familia adoptiva, ya que yo no tuve esa misma suerte. Me pondré en contacto con ellos enseguida. Muchas gracias por todo, directora.
—No hay por qué darlas, querida. Adoro mi trabajo. Espero que os encontréis muy pronto. Buena suerte y adiós.
—Yo también lo espero. Adiós.
Al colgar, me quedé estática. Después de todo, la increíble historia de aquella carta era completamente cierta. Tenía una familia de sangre y un hermano al que debía buscar. La verdad es que me sentía inundada de dudas. No sabía si él me estaría buscando a mí o si tan solo querría que yo lo encontrase. Al fin y al cabo, él había crecido con otra familia y quizás no quería saber nada de su pasado. ¿Me estaría buscando? Aunque hubiera ido a preguntar a mi viejo orfanato, allí jamás sabrían darle datos sobre mí. Desde que me fui de la manada no he vuelto a hablar con nadie, ni siquiera con Sally, a pesar de que la echo de menos cada día. Cuando marché del internado me juré a mí misma que estaba sola y que no necesitaba a nadie, pues no quería lazos que me ataran a ningún sitio. Por lo tanto, aunque mi hermano me quiera buscar, es imposible que me encuentre sin saber por dónde empezar.