Ximena Blanco solo debía cumplir una misión: ocupar el lugar de su hermana gemela, casarse con Cristian Montalvo y aguantar el papel de esposa perfecta hasta que pudiera desaparecer con el dinero prometido.
El problema era Cristian.
Frío, rico, impecable y peligrosamente guapo, el heredero Montalvo parecía hecho para arruinarle la concentración. Ximena sonreía como una dama obediente, servía café, bajaba la mirada y fingía no sentir nada.
Pero por dentro era otra historia.
Ay, no. Ese hombre debería traer advertencia. Con esa camisa, esos hombros y esa cara de hielo, una mujer honesta pierde la dignidad.
Lo que Ximena no sabe es que Cristian puede escuchar cada pensamiento suyo.
Cada queja. Cada insulto. Cada fantasía vergonzosa sobre tocarle el pecho, quitarle la corbata o verlo perder el control por ella.
Al principio, Cristian solo quiere descubrir quién es en realidad esa mujer que finge ser tranquila mientras su mente arde sin descanso. Pero cuanto más la escucha, más le cuesta mantenerse lejos. La esposa falsa empieza a parecerle demasiado real. Sus pensamientos indecentes empiezan a gustarle demasiado. Y el hombre que juró no enamorarse termina obsesionado con la única mujer que no puede mentirle por dentro.
Pero Ximena guarda un secreto más peligroso que sus deseos: ella no es la novia que Cristian debía recibir en el altar.
Cuando la verdad salga a la luz, el matrimonio falso, la pasión escondida y todos los pensamientos que nunca debieron escucharse podrían destruirlos... o volver imposible que se separen.
NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 15
Capítulo 15: Demasiada información
Cristian fue interceptado antes del postre.
Un empresario de Monterrey, dos socios de Guadalajara y un consejero del puerto lo rodearon con saludos demasiado cordiales para ser casuales. En menos de un minuto, la cena agradable se convirtió en una conversación de negocios sobre concesiones, logística marítima y una inversión que nadie quería llamar inversión frente a las esposas.
Cristian miró a Ximena.
—Vuelvo en un momento.
—Claro.
*Ve, mi cerdo precioso de suscripción premium. Brilla entre señores con reloj caro. Yo voy a fingir que no me duelen las piernas cada vez que respiro.*
La mandíbula de Cristian se tensó.
Joaquín alcanzó a notarlo.
—¿Todo bien?
—Perfecto —dijo Cristian.
Se fue con los empresarios sin mirar atrás, porque si miraba, tal vez se reía. O volvía. Ninguna de las dos opciones era aceptable en público.
Apenas él se alejó, Valeria tomó a Ximena del brazo.
—Ven. Necesito enseñarte algo.
Renata alzó la copa.
—¿Me excluyen?
—Por ahora —dijo Valeria.
—Eso suena delicioso.
—Luego te contamos una versión apta para personas casadas con Joaquín.
Joaquín se llevó una mano al pecho.
—Me hieren.
—Te acostumbraste —respondió Renata sin mirarlo.
Valeria llevó a Ximena hasta un salón lateral, más pequeño, donde la música del comedor llegaba amortiguada. Había sillones bajos, lámparas doradas y una barra con copas alineadas. En una esquina, una pareja discutía en susurros. Valeria eligió una mesa desde la cual podía ver la puerta.
—Trabajo terminado —dijo, dejando el celular sobre la mesa.
En la pantalla había tres fotos. El hombre de camisa floreada abrazaba a una mujer que no era su esposa. En otra, entraban a una cabina. En la tercera, el beso era tan claro que ni el abogado más caro podría maquillarlo.
Ximena abrió los ojos.
—¿Ya tienes todo?
—Todo. Hora, lugar, rostros, entrada y salida. La esposa podrá negociar el divorcio sin que la traten de loca.
—Eres terrible.
—Soy útil.
Ximena le apretó la mano.
—Muy útil.
Valeria la observó con una sonrisa que se volvió peligrosa.
—Ahora sí. Suelta.
—¿Qué?
—No me hagas perder tiempo. Traes cara de mujer con información excesiva.
Ximena miró hacia la puerta.
—Cristian está ocupado.
—Mejor.
—No sé por dónde empezar.
—Por lo obvio. ¿Qué le pasó a tu esposo?
Ximena se atragantó con aire.
—¡Val!
—Ayer te quejabas de que era más frío que sala de espera de banco. Hoy caminas como recién atropellada por un carro de lujo.
—No digas eso.
—¿Qué, carro de lujo?
—Todo.
Valeria apoyó la barbilla en la mano.
—¿Entonces?
Ximena bajó la voz.
—Anoche estaba distinto.
—Define distinto.
—Más... atento.
—Qué palabra tan aburrida.
—Más intenso.
—Vamos mejorando.
Ximena se cubrió la cara con ambas manos.
—Yo pensé que estaba dormido.
Valeria abrió la boca.
—¿Y?
—Y lo toqué.
—¿Dónde?
—¡Valeria!
—Pregunta técnica.
Ximena habló entre los dedos.
—Pecho. Abdomen. Un poquito.
Valeria se echó hacia atrás, feliz como si acabara de resolver otro caso.
—Por fin.
—¡No digas por fin!
—Lo digo con orgullo profesional. Llevabas meses viendo a ese hombre como si fuera vitrina de pan dulce y fingiendo dieta.
Ximena soltó una risa desesperada.
—Me descubrió.
—Claro que te descubrió.
—Y luego...
No terminó.
Valeria tampoco necesitó que terminara. Miró las piernas de Ximena, su rubor, el modo en que apretaba el borde de la mesa.
—Bien por ti.
—No sé si bien.
—¿Te trató mal?
—No.
—¿Te obligó?
—No.
—¿Te arrepientes?
Ximena tardó demasiado en contestar.
—No.
Valeria sonrió con más suavidad.
—Entonces respira.
Ximena respiró.
La calma duró exactamente cinco segundos.
Luego su rostro se vació.
—La maleta.
—¿Qué?
—Mi maleta.
—Ya la recuperaste.
—Sí, pero ayer no la tenía.
—Eso lo sé.
Ximena agarró el brazo de Valeria.
—Mi bolsa de medicamentos estaba en esa maleta.
Valeria tardó un segundo en entender. Luego se enderezó.
—¿Traías tus anticonceptivos ahí?
Ximena asintió, pálida.
—Y anoche no pensé. No pensé en nada. No pensé ni en mi nombre.
—Bien. Vamos a la enfermería.
—¿Ahora?
—Ahora.
Valeria tomó su bolso, las fotos y el celular con una eficiencia casi militar. Ximena la siguió, tratando de caminar normal. Cada paso le recordaba por qué no debía haber subestimado a un hombre callado.
*Qué vergüenza. Una va por un crucero, un caso de infidelidad y tal vez mirar a su esposo en traje de baño; termina corriendo por una pastilla de emergencia porque el señor hielo decidió convertirse en incendio forestal.*
La enfermería del barco estaba en una cubierta tranquila, lejos de la música. Una enfermera de uniforme azul las recibió con discreción profesional. Valeria explicó lo necesario, sin adornos. Ximena firmó un formato, respondió preguntas básicas y recibió orientación médica breve.
Estaba guardando el sobre en su bolso cuando la puerta se abrió.
Renata apareció en el umbral.
—Ajá.
Ximena escondió el sobre detrás de la espalda.
—Renata.
—Yo solo venía por pastillas para el mareo. Pero esto se ve mucho más interesante.
Valeria suspiró.
—No viste nada.
Renata cerró la puerta detrás de ella.
—Vi cara de crimen, sobre misterioso y dos mujeres hablando bajito. Soy chismosa, no ciega.
Ximena deseó hundirse en el piso.
—No es nada grave.
Renata miró el sobre, luego su cara, luego la forma cuidadosa en que estaba de pie.
Su expresión cambió.
—Ah.
—No digas "ah".
—No dije nada.
—Dijiste "ah".
—Fue un "ah" solidario.
Valeria se cruzó de brazos.
—Si vas a burlarte, sal.
Renata levantó ambas manos.
—No voy a burlarme.
Y, contra todo pronóstico, no lo hizo.
Pidió sus pastillas para el mareo, esperó a que la enfermera saliera un momento por agua y se sentó junto a Ximena en la banca.
—Te asustaste —dijo.
Ximena apretó el sobre.
—No estaba planeado.
—Casi nada en un matrimonio como el nuestro lo está.
La frase cayó con un peso inesperado.
Valeria miró a Renata con atención.
—¿Como el nuestro?
Renata jugó con el borde de su pulsera.
—Joaquín y yo tampoco somos la historia romántica que todos cuentan.
Ximena levantó la vista.
Renata sonrió, pero no era su sonrisa escandalosa de siempre.
—Nunca estuve enamorada de él al principio.
—Pero...
—Pero armé un teatro perfecto, sí. Él aceptó casarse porque su familia lo empujó y porque pensó que seguiría siendo libre. Yo acepté porque estaba furiosa. Me dije: "Si van a usar mi vida como contrato, entonces yo también voy a usar el contrato".
La música lejana del comedor parecía venir de otro barco.
—¿Por venganza? —preguntó Ximena.
—Por despecho. Por orgullo. Por ganas de hacer sufrir a alguien, aunque ese alguien ni siquiera fuera el verdadero culpable.
Valeria no interrumpió.
Renata miró hacia la puerta, como si Joaquín pudiera aparecer con una broma para salvarla de sí misma.
—Todos creen que soy la loca que se enamoró del inútil de su esposo. La verdad es que al principio yo no quería amarlo. Quería castigarlo por existir en el lugar donde otros lo pusieron.
Ximena sintió que algo se le aflojaba por dentro.
—Eso suena muy solo.
Renata soltó una risa corta.
—Lo fue.
Por primera vez desde que se conocían, ninguna de las tres dijo un chiste.
Ximena guardó el sobre en el bolso con menos vergüenza. Renata le cubrió la mano con la suya.
—Tranquila. Una se equivoca de maleta, de estrategia, de marido, de ruta. A veces hasta de sentimientos. Lo importante es darse cuenta antes de convertir el miedo en destino.
Valeria arqueó una ceja.
—Eso fue profundo para alguien que pidió dos postres.
Renata recuperó la sonrisa.
—El azúcar no impide la sabiduría.
Ximena rió, bajito.
La puerta de la enfermería se abrió y la música volvió a colarse desde el pasillo.
Afuera, Cristian seguía creyendo que la noche trataba de negocios.
Adentro, Ximena acababa de descubrir que no era la única mujer sosteniendo un matrimonio con una sonrisa impecable y demasiados secretos debajo.
gracias pero por favor no tardes en subir nuevamente
Muy bien,