Valentina despierta sin recuerdos después de una caída. Lo único que tiene para entender su pasado es un diario lleno de pistas sobre el hombre que la cuidó desde niña.
Todos creen que ese hombre es Nico Montero, el chico que creció a su lado y que durante años pareció destinado a quedarse con ella. Pero Nico ya está cansado de cuidarla. Ahora ama a otra mujer y decide dejar a Valentina en manos de su hermano mayor, Sebastián.
Sebastián es serio, frío y demasiado protector. Valentina empieza a creer que las páginas de su diario hablan de él… y sin darse cuenta, se enamora del hombre equivocado.
O quizá del único correcto.
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Capítulo 1
Capítulo 1
Ojos que no recuerdan
El olor a desinfectante fue lo primero que volvió.
Después vino la luz blanca, demasiado limpia, clavándosele en los párpados como si alguien hubiera abierto una ventana dentro de su cabeza. Valentina quiso moverse, pero una punzada le cruzó la nuca y le dejó la respiración hecha pedazos. Tenía una aguja en el dorso de la mano. Una pulsera de hospital en la muñeca. Sábanas que no olían a casa.
No sabía qué había pasado.
Peor aún: no sabía qué faltaba.
—¿Valentina?
La voz masculina le llegó desde un lado de la cama. Ella giró apenas el rostro. Había un hombre sentado junto a ella, alto, de traje oscuro aunque la corbata le colgaba floja, como si llevara demasiadas horas sin dormir. Tenía los ojos rojos, pero no de llanto. De rabia contenida. De vigilia.
Valentina abrió la boca.
No salió nada.
El hombre se inclinó un poco.
—No te muevas. Tuviste un golpe fuerte.
Ella lo miró con el corazón golpeándole las costillas.
Su rostro era familiar y extraño al mismo tiempo. Como una foto vista muchas veces, pero quemada por el sol justo en el centro. Sabía que debía conocerlo. Sabía que ese hombre ocupaba un lugar en su vida. Pero cuando intentó alcanzarlo con la memoria, solo encontró un espacio oscuro.
La puerta se abrió antes de que pudiera preguntar.
Un muchacho de su edad entró casi corriendo. Cabello revuelto, cara pálida, uniforme de universidad bajo una chamarra deportiva. En cuanto la vio despierta, se quedó congelado en el umbral.
—Vale...
Ese apodo sí le rozó algo por dentro.
Valentina frunció el ceño. La palabra subió despacio, con un hilo de reconocimiento.
—¿Nico?
El muchacho tragó saliva.
—Sí. Soy yo.
Valentina intentó incorporarse, pero el mareo la obligó a quedarse quieta.
—¿Por qué no puedo recordar? —preguntó, y la voz le salió pequeña—. ¿Quién soy para ustedes?
Nico miró hacia la puerta, como si necesitara asegurarse de que Sebastián no estuviera escuchando. Luego se acercó a la cama.
—Te llamas Valentina Solís Mendoza. Tienes veinte años. Cuando tenías diez, tus papás, Elena y Miguel, murieron en un accidente. Mis padres y los tuyos eran los mejores amigos. También éramos vecinos, casa con casa. Por eso creciste cerca de nosotros.
Valentina apretó la sábana.
—¿Los Montero me adoptaron?
—No —dijo Nico de inmediato—. Nunca hubo adopción legal. No somos familia de sangre. Mis papás solo prometieron cuidarte porque tus padres eran parte de nuestra vida.
La explicación debería haberla calmado.
En cambio, Valentina miró la sábana y repitió esos nombres en silencio. Elena. Miguel. No pudo ponerles cara.
Ella lo observó mejor. Había ternura en su mirada, pero también miedo. Mucho miedo.
—Eres... —buscó en su cabeza y encontró un dato suelto, como una tarjeta caída en el piso—. El hermanito, ¿no?
Nicolás Montero palideció como si ella acabara de empujarlo.
El hombre de traje, Sebastián, se puso de pie tan despacio que la silla no hizo ruido. Sus ojos fueron de Valentina a Nico.
—Voy a hablar con el médico —dijo.
No sonó a permiso. Sonó a sentencia.
Cuando salió, Nico cerró la puerta con cuidado. Durante unos segundos solo se escuchó el pitido regular de la máquina junto a la cama y el ruido lejano de la ciudad detrás de la ventana.
Valentina se humedeció los labios.
—¿Qué me pasó?
Nico apretó los puños dentro de los bolsillos.
—Te caíste por las escaleras durante mi cumpleaños.
—¿Tu cumpleaños?
Él asintió.
—En la residencia. Había mucha gente. Fue... fue un accidente.
Valentina quiso recordar una fiesta, música, velas, el filo de una escalera. Nada. Solo un golpe fantasma en la nuca.
—El doctor dijo que no recuerdo casi tres años —murmuró ella.
Nico bajó la mirada.
—Sí.
—Entonces... ¿por qué él estaba aquí?
Nico levantó los ojos.
—¿Sebastián?
El nombre le apretó el pecho a Valentina, aunque no supo por qué.
—El hombre que acaba de salir.
Nico se quedó quieto. Un segundo. Dos. En ese silencio Valentina sintió que algo importante estaba por romperse.
—Porque él siempre te ha cuidado —dijo al fin.
La frase cayó entre los dos con un peso raro.
—¿Siempre?
Nico sonrió, pero la sonrisa no le llegó a los ojos.
—Desde que tenías diez años, él... él es tu hermano mayor. El que se encarga de todo. El que sabe qué medicinas puedes tomar, qué comida te hace daño, a qué le tienes miedo.
Valentina miró la puerta cerrada.
Hermano mayor.
La expresión abrió un hueco tibio en medio del pánico. No recordaba su voz, no recordaba sus manos, pero su cuerpo había dejado de tensarse cuando él se acercó. Eso tenía que significar algo.
—¿Y tú?
Nico parpadeó.
—¿Yo qué?
—¿Tú también me cuidabas?
La culpa le cruzó la cara tan rápido que ella casi pensó haberla imaginado.
—No como él.
En el pasillo, Sebastián hablaba con el médico privado por teléfono. La voz del Dr. Bergmann sonaba distorsionada en el altavoz.
—Amnesia retrógrada parcial. Si conserva la infancia y perdió los últimos años, no la presionen. Nada de preguntas agresivas, nada de confrontarla con recuerdos intensos. Necesita estabilidad.
Sebastián miró por el cristal de la puerta. Valentina estaba despierta, pequeña entre las sábanas, mirando a Nico como si esperara otra respuesta.
—¿Y si alguien le miente? —preguntó Sebastián en voz baja.
Del otro lado de la línea hubo una pausa.
—Entonces la mentira también se vuelve parte del entorno de recuperación. Corregirla de golpe puede ser peor. Señor Montero, por ahora protejan su calma.
Sebastián colgó sin despedirse.
Al final del pasillo, Nico salió de la habitación. Cerró la puerta a su espalda y se encontró con su hermano.
—Explícame cómo se cayó —dijo Sebastián.
Nico pasó una mano por su cabello.
—No lo sé.
—No me sirve.
—Había gente. Música. Rosa estaba cerca, Camila también. Yo... yo no la vi caer.
Sebastián dio un paso hacia él.
—Ella estaba en tu cumpleaños, Nico.
—Ya lo sé.
—Y ahora no recuerda tres años de su vida.
Nico apretó la mandíbula. Por primera vez, su voz salió rota.
—¿Crees que no lo sé?
Sebastián no respondió. Su silencio fue peor que un golpe.
Nico miró hacia la puerta.
—Le dije que tú siempre la cuidaste.
Los ojos de Sebastián se endurecieron.
—¿Qué?
—Que tú eres su hermano mayor. Que siempre has sido tú.
—Nicolás.
El nombre completo sonó como una advertencia.
Nico levantó la cara. Tenía veinte años, ojeras de niño culpable y la terquedad desesperada de alguien que ya había tomado una decisión demasiado tarde.
—Antes de que se cayera yo iba a pedírtelo de todos modos —soltó.
Sebastián no se movió.
—¿Pedirme qué?
Nico tragó saliva.
—Que te encargaras de ella. No solo unos días. De verdad.
La cara de Sebastián cambió apenas. No fue sorpresa. Fue algo más frío.
—¿Por qué?
Nico bajó la voz.
—Porque ya no quiero ser la persona a la que ella busca para todo.
—Ella no es una carga.
—No dije eso.
—Lo estás diciendo.
Nico cerró los ojos un segundo, como si la palabra exacta le diera vergüenza antes de salir.
—Me gusta otra persona.
El silencio del pasillo se volvió pesado.
—¿Camila? —preguntó Sebastián.
—Sí —dijo Nico, al fin—. Me gusta Camila. Quería intentarlo con ella. Pero cada vez que Valentina me llamaba, cada vez que me esperaba en la universidad, cada vez que me pedía que la acompañara a algún lado, yo sentía que estaba haciendo algo malo aunque no hubiera hecho nada todavía.
—Valentina perdió tres años de memoria y tú estás pensando en la chica que te gusta.
—Estoy pensando en que antes del accidente ya no quería seguir así —dijo Nico, y esta vez sonó peor porque sonó sincero—. No quería que Vale siguiera pegada a mí. No quería que me esperara en la universidad, que me llamara por cada cosa, que hiciera planes conmigo mientras yo estaba mirando a otra persona. Iba a pedirte que la llevaras a La Hacienda, que la ayudaras con la universidad, que... que fueras tú quien la cuidara.
—Querías quitártela de encima.
Nico abrió la boca, pero tardó en contestar.
—Sí —dijo, casi sin voz—. No así. Nunca así. Pero sí.
—Y ahora usas su golpe para sentirte menos miserable.
Nico alzó la mirada con una mezcla de culpa y desafío.
—Uso su golpe para hacer lo que debí hacer antes. Tú siempre supiste cuidarla mejor.
—Eso no convierte esta mentira en una salida.
—No tienes derecho a decidir eso.
—Tampoco tuve derecho a perderla.
Por un instante, los dos hermanos se miraron sin hablar.
La puerta se abrió apenas.
Valentina los miró desde la cama.
—¿Hermano mayor?
No miraba a Nico.
Miraba a Sebastián.
Sebastián no respondió de inmediato. Miró a Valentina, luego a Nico.
Nico no dijo nada.
No corrigió a Valentina.
Sebastián volvió junto a la cama. Valentina levantó la mano con torpeza, como si no supiera si podía tocarlo.
—Me duele la cabeza —susurró.
Toda la dureza de Sebastián se quebró en algo casi invisible.
—Voy a llevarte a casa.
—¿A cuál casa?
—A La Hacienda Montero.
Ella asintió, aunque el nombre tampoco le devolvió nada.
El alta se firmó dos horas después. Sebastián revisó cada indicación médica, cada dosis, cada advertencia. Nico se quedó a un lado, mirando cómo su hermano abrochaba con cuidado la chamarra de Valentina antes de sacarla en silla de ruedas.
En el estacionamiento, el aire olía a asfalto caliente y lluvia vieja. Valentina cerró los ojos un momento por el ruido de los autos.
—Está muy fuerte —murmuró.
Sebastián se inclinó para acomodarle el cinturón.
—Ya pasó.
Ella abrió los ojos. Lo tenía demasiado cerca. Vio la línea firme de su mandíbula, una pequeña cicatriz junto a la ceja izquierda, las manos grandes ajustando la hebilla sin rozarla de más.
—¿Siempre dices eso?
—¿Qué cosa?
—"Ya pasó".
Sebastián se detuvo apenas.
—Cuando estás asustada, sí.
Valentina no supo por qué eso le llenó los ojos de lágrimas.
Durante el camino se quedó dormida contra la ventana. Sebastián bajó la velocidad en cada tope, subió un grado el aire acondicionado y, cuando vio que ella se encogía, se quitó el saco y se lo puso sobre las piernas.
Nadie despierto lo habría llamado un gesto de hermano.
Al llegar a La Hacienda Montero, las rejas negras se abrieron frente a una propiedad enorme, moderna, con jardines cuidados y una fuente silenciosa al centro del camino. Nana Carmen esperaba en la entrada con un rosario apretado entre los dedos.
—Mi niña...
Valentina bajó con ayuda de Sebastián. Nana Carmen la abrazó con cuidado, sin apretar la espalda.
—Pensé que no ibas a volver a abrir los ojos.
Valentina se quedó rígida un segundo, luego apoyó la mejilla en el hombro de la mujer.
—Lo siento. No la recuerdo.
Nana Carmen tragó el llanto.
—No importa, mija. Yo sí te recuerdo por las dos.
La habitación de Valentina estaba en el segundo piso, orientada al jardín. No parecía una habitación improvisada. Había ropa en el armario, libros de la Universidad del Valle sobre el escritorio, marcadores de colores ordenados por tonos, una manta doblada a los pies de la cama.
—¿Todo esto es mío? —preguntó.
Sebastián dejó la bolsa del hospital junto a la puerta.
—Sí.
Valentina pasó los dedos por el escritorio. El cuerpo le dolía, pero la curiosidad fue más fuerte. Abrió el primer cajón: cuadernos. El segundo: papeles, recibos, una caja de lápices. El tercero se resistió un poco.
—Descansa —dijo Sebastián desde la puerta—. Nana Carmen te traerá algo ligero.
—Está bien.
Él esperó, como si quisiera decir algo más. No lo hizo.
Cuando la puerta se cerró, Valentina volvió al tercer cajón. Tiró con más fuerza.
Adentro había un diario verde claro, atado con una cinta delgada.
El corazón le dio un salto tonto.
Lo abrió por la primera página.
La letra era suya. No recordaba haberla escrito, pero lo supo de inmediato.
"Querido hermano mayor, hoy me miraste y sentí que el mundo dejó de girar..."
Valentina se llevó una mano al pecho.
Al otro lado de la puerta, los pasos de Sebastián se alejaban por el pasillo.
Ella bajó la mirada al diario.
Y por primera vez desde que despertó, la pérdida de memoria no le pareció un hueco.
Le pareció una pista.