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La Reina Regresa

La Reina Regresa

Status: Terminada
Genre:Mujer poderosa / Autosuperación / Romance / Completas
Popularitas:7.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Miliarias

Traicionada, humillada y subestimada, Isabella dejó atrás un matrimonio tóxico para reconstruirse desde cero. Años después, regresa sin miedo y dispuesta a reclamar la fortuna millonaria de la abuela Genieve, dejando claro a quienes la despreciaron que la antigua Isabella ya no existe.
Una historia de renacimiento, poder y justicia donde las reglas del juego cambiaron para siempre y la venganza se sirve con elegancia.

NovelToon tiene autorización de Miliarias para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 18

El sol de las diez de la mañana caía sobre el pasaje de las Flores como un manto cálido y brillante. La calle peatonal, bordeada por fachadas de colores pastel, jardineras rebosantes de geranios y terracitas con sombrillas de lino, estaba llena de vida. El olor a pan recién horneado se mezclaba con el aroma a grano molido y la brisa marina que llegaba desde el muelle.

Isabella caminaba a paso ligero con una carpeta de cartón bajo el brazo. Clara le había encargado llevar unos catálogos impresos a la pequeña imprenta de la esquina y, de paso, comprar dos cafés para la mañana en la *Galería Arrecife*.

Llevaba un vestido sencillo de algodón blanco con tirantes finos, zapatillas planas y el cabello recogido en una coleta alta que dejaba al descubierto su cuello. Sobre su pecho, la piedra de jade de la abuela Genieve destacaba con un verde vibrante bajo la luz del sol.

Se detuvo en *Café del Sol*, un rinconcito rústico con mesas de madera al aire libre que solía ser el favorito de los locales. El barista, un chico joven que ya la conocía por sus visitas diarias, le entregó dos vasos de cartón para llevar, protegidos por un faldón de cartón arrugado.

—Aquí tienes, Isabella. Cuidado que queman —le advirtió el barista con una sonrisa amable.

—Muchas gracias, Tomás —respondió ella, ajustando la carpeta bajo su brazo izquierdo mientras balanceaba con cuidado los dos cafés en la mano derecha.

Salió del local mirando hacia el suelo para esquivar el desnivel del escalón de entrada. Dóblo a la derecha hacia el pasaje, concentrada en mantener el equilibrio y no derramar el líquido caliente.

Pero el destino, que a veces tiene la costumbre de cruzar caminos de la forma más imprevista, decidió intervenir.

Un hombre que venía en sentido contrario, caminando a paso firme mientras revisaba unos planos enrollados en la mano y hablaba por teléfono, dobló la misma esquina a ciegas.

El impacto fue inevitable.

No fue un golpe violento, pero sí lo suficientemente seco como para hacer que Isabella perdiera el equilibrio. La carpeta de catálogos salió volando, abriéndose en el aire y dispersando decenas de fichas de arte sobre el piso empedrado. Uno de los vasos de café se tambaleó y la tapa de plástico cedió, derramando un chorro de café oscuro directamente sobre la manga de la camisa de lino azul claro del desconocido... y sobre el borde del vestido blanco de Isabella.

—¡Oh, no! —exclamó Isabella, dando un paso atrás por el susto, soltando el segundo vaso que afortunadamente cayó de pie sobre una jardinera.

—¡Vaya! Déjame ayudarte... —escuchó una voz grave, profunda y teñida de una preocupación genuina.

Isabella levantó la vista de golpe, lista para pedir disculpas atropelladamente o para recibir el habitual reclamo arrogante al que estaba acostumbrada en la vida alta de la capital. Cuando vivía en la mansión Vane, cualquier incidente mínimo desataba una tormenta de comentarios sarcásticos o miradas de desprecio. Su cerebro, condicionada por años de maltrato, se preparó instintivamente para la invalidez.

Pero la persona que estaba frente a ella no estaba frunciendo el ceño ni gritando.

El hombre tenía alrededor de treinta años. Llevaba una camisa de lino azul con las mangas remangadas hasta los codos —ahora manchada de café en la muñeca—, jeans oscuros y botas de cuero gastadas. Tenía el cabello castaño cobrizo ligeramente despeinado por el viento del mar, mandíbula marcada y unos ojos de un verde avellana tan claros e intensos que parecían atrapar la luz del sol.

Antes de que Isabella pudiera articular palabra, el hombre ya se había arrodillado en el piso empedrado para recoger los catálogos dispersos.

—Perdóname, venía distraído mirando estos planos y no te vi salir —dijo él mientras juntaba las hojas con una agilidad sorprendente, asegurándose de no pisar ni una sola—. La culpa fue completamente mía.

Isabella se quedó paralizada por un segundo, descolocada por la reacción. Se agachó de inmediato a su lado para ayudarlo.

—No, por favor, no te preocupes —tartamudeó ella, sintiendo que un rubor tibio le subía por las mejillas—. Yo también venía mirando las escaleras y no me fije. Manché tu camisa... lo siento muchísimo.

—Es solo café, agua y jabón lo solucionan —respondió él, soltando una risa suave y transparente que resonó con una calidez inesperada—. Lo que me preocupa es tu vestido. Te salpicó bastante.

El hombre se puso de pie y le extendió la mano para ayudarla a levantarse. Isabella vaciló por un microsegundo —un hábito residual de distanciamiento—, pero luego aceptó su mano. Su agarre era firme, cálido y respetuoso.

Al quedar frente a frente, Isabella notó la estatura del hombre: le sacaba casi una cabeza de ventaja. Pero lo que realmente la dejó sin aliento fue la mirada de él. No había en sus ojos verde avellana ni un rastro de superioridad, ni juicio, ni la mirada calculadora que los hombres del círculo de Julián solían dedicar a las mujeres. Había una curiosidad limpia, un respeto absoluto y una serenidad que parecía contagiosa.

Él le entregó la carpeta con las hojas perfectamente ordenadas.

—Aquí tienes. Creo que no se arruinó ninguna —dijo, mirándola a los ojos. De pronto, su mirada se detuvo un segundo en la ficha superior de la carpeta, que mostraba el logotipo de la *Galería Arrecife*, y luego bajó hacia el dije de jade en forma de flor de loto que colgaba del cuello de Isabella—. Vaya... eres la chica de la galería de Clara.

Isabella frunció el ceño con sorpresa, acomodándose un mechón de cabello detrás de la oreja.

—¿Conoces a Clara?

—Es casi como de mi familia —sonrió él, y su sonrisa iluminó su rostro de una forma tan genuina que a Isabella el corazón le dio un vuelco involuntario—. Soy Esteban. Esteban Garrido. Arquitecto... y de vez en cuando, visitante pesado en la galería.

—Isabella —respondió ella, sintiendo que la tensión en sus hombros comenzaba a disiparse—. Isabella Ruiz.

—Un placer, Isabella —dijo Esteban, pronunciando su nombre con un tono suave, casi ceremonioso—. Y de verdad, lamento mucho lo del café. Déjame invitarte a otros dos para reemplazar los que se cayeron.

—No, no es necesario, de verdad —protestó ella suavemente, señalando el vaso que milagrosamente había sobrevivido sobre la jardinera—. Uno quedó intacto. Y la culpa fue compartida.

Esteban la miró detenidamente. Notó la sencillez de su vestimenta, la elegancia natural de sus movimientos y esa sombra de cautela que aún habitaba en la profundidad de sus ojos oscuros. Pero también vio la luz limpia de una mujer que no necesitaba fingir nada para resultar fascinante.

—Insisto —dijo Esteban con una cortesía tan sincera que no dejó espacio para la incomodidad—. Por lo menos déjame pagar los nuevos cafés. Clara me mataría si se entera de que atropellé a su asistente estrella en la calle y la dejé con las manos vacías.

Isabella no pudo evitar soltar una risita corta, limpia y cristalina. Hacía meses que no se reía así frente a un desconocido, sin miedo a ser juzgada o criticada.

—Está bien —aceptó ella, mirándolo a los ojos—. Pero solo si me dejas darte una servilleta con agua para esa mancha en tu camisa antes de que se seque.

—Trato hecho —aceptó Esteban con un guiño cómplice.

Caminaron juntos los dos pasos de regreso a la entrada del *Café del Sol*. Mientras Esteban pedía nuevamente las bebidas y conversaba de forma desenfadada con el barista, Isabella lo observaba de reojo. Había algo en la postura de Esteban —amplia, relajada, sin pretensiones— que contrastaba radicalmente con la rigidez altanera de Julián. Julián siempre parecía estar posando para una cámara imaginaria; Esteban simplemente habitaba el mundo con soltura y amabilidad.

El choque accidental de café y sol había durado apenas unos minutos, pero para Isabella fue un sacudón emocional.

Durante años se había convencido de que los hombres eran criaturas frías, exigentes y manipuladoras, preparadas para señalar sus defectos y hacerla sentir inferior. Sin embargo, la cortesía genuina de Esteban, su caballerosidad sin esfuerzo y la calidez de su mirada acababan de abrir una grieta enorme en esa creencia.

Esteban regresó con los dos vasos nuevos en una bandeja de cartón.

—Aquí tienes, Isabella —dijo, entregándole los cafés con cuidado—. Salvos y sanos.

—Muchas gracias, Esteban —dijo ella, tomando la bandeja. Sus dedos se rozaron por un segundo, y una corriente cálida le recorrió el brazo.

—Nos veremos pronto en la galería —dijo él, ajustándose los planos bajo el brazo—. Clara me dijo que tienen una exposición nueva la próxima semana y no pienso perdérmela. Sobre todo ahora que sé quién está en la recepción.

Isabella sintió que el rostro le ardía sutilmente, pero no bajó la cabeza. Le sostuvo la mirada y le regaló una sonrisa genuina.

—Será un gusto atenderte. Que tengas buen día, Esteban.

—Igualmente, Isabella. Cuidado con las esquinas.

Esteban le dedicó un último saludo con la mano y continuó su camino por el pasaje de las Flores, caminando con esa soltura tranquila que parecía mover la brisa a su favor. Isabella se quedó parada un segundo frente al café, sosteniendo la bandeja con las bebidas tibias y sintiendo el latido acelerado de su propio pecho.

Miró el piso empedrado donde segundos antes habían volado los catálogos. El sol matutino brillaba con más intensidad sobre las flores de las jardineras.

Isabella sonrió para sí misma, se acomodó la carpeta bajo el brazo y caminó de regreso a la *Galería Arrecife*. El pasado de sombras y gritos empezaba a perderse en el horizonte, cediendo espacio a un presente lleno de luz, brisa marina y encuentros inesperados que prometían cambiarlo todo.

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MANATE
💯🤗
Claudia Kassar
Ella sigue casada o se divorció y no lo sabemos
Claudia Kassar
No entiendo ella no se había ido 🥴 q paso dos cenas de aniversario q locura
Soledad Muñoz Vazquez
de verdad hay mujeres q se dejan humillar de esa manera ha mi no me da ninguna lastima si no sabe tener dignidad ni orgullo no vale como persona
Soledad Muñoz Vazquez
de verdad hay mujeres q se dejan humillar de esa manera ha mi no me da ninguna lastima si no sabe tener dignidad ni orgullo no vale como persona
karencitha
que hace isabella hay no se había hijo de la casa y además que hace preparando cenas al marido si sabe que la eej pintado qué estúpida
maricela Farfan
6 capítulos con lo mismo
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