Aethelgard Draconis (El Patriarca): Un vampiro de presencia imponente y fría elegancia, con siglos de existencia a sus espaldas. Su mente es una fortaleza inquebrantable.
Nyxandra Draconis (La Matriarca): De una belleza etérea y calculadora. Es la estratega del clan, capaz de leer las intenciones más ocultas antes de que sean pronunciadas.
Kaelen Draconis: El hermano mayor. Protector, de pocas palabras y con un aire de misterio melancólico que oculta una ferocidad implacable.
Vespera Draconis: La hermana menor. Ágil, perspicaz y con una fascinación peligrosa por el mundo efímero de los humanos.
Onyx Draconis (El Protagonista): El miembro más introspectivo de la familia. Vive con el peso de una eternidad que apenas comienza a comprender hasta que un giro del destino cruza su camino.
orden
- Ecos De Cenizas y Ónix
- El Eclipse Del Tiempo: Crónicas Del Valle Eterno
- El Eclipse Del Tiempo: El Despertar Del Abierto Horizonte
- Eclipse Del Tiempo: El Umbral Del Amanecer
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El Susurro De La Niebla
El aire en Oakhaven siempre sabía a humedad y a promesas rotas. Era un pueblo olvidado por el sol, donde los días se arrastraban cubiertos por un manto perpetuo de nubes grises y lloviznas finas que se adherían a la piel como un recordatorio constante de la quietud. Para la familia Draconis, este rincón del mundo no era más que otra parada en su interminable exilio, un refugio temporal donde la monotonía humana les permitía pasar desapercibidos entre las sombras.
Aethelgard ajustó el cuello de su abrigo oscuro frente al espejo antiguo del recibidor. Su reflejo, como era de esperarse, brillaba por su ausencia; una lección que había aprendido a asimilar hacía ya muchos siglos. A sus espaldas, la mansión —una estructura de estilo victoriano con maderas crujientes y ventanales góticos que daban al espeso bosque de abetos— guardaba un silencio sepulcral, interrumpido únicamente por el compás rítmico de la lluvia golpeando los cristales.
—La niebla es más densa de lo habitual esta mañana —observó Nyxandra, deslizándose hacia la estancia con una gracia sobrenatural. Su piel, pálida como el alabastro más puro, parecía absorber la escasa luz que se filtraba por las ventanas—. Los lugareños ya están murmurando sobre nuestra llegada. En un pueblo tan pequeño, la novedad de una familia mudándose a la mansión abandonada de la colina es suficiente para alimentar sus conversaciones durante semanas.
—Que murmuren lo que deseen —respondió Aethelgard con voz pausada y profunda, un eco que parecía vibrar en las paredes—. Mientras mantengamos nuestras distancias y nuestra naturaleza oculta, no habrá inconvenientes. Hemos hecho esto innumerables veces.
En el piso superior, Onyx observaba el paisaje a través del cristal empañado de su habitación. Para él, cada nuevo comienzo tenía el mismo sabor agridulce. La eternidad se componía de ciclos repetitivos: llegar a un nuevo lugar, construir fachadas de normalidad, fingir asistir a instituciones donde los humanos invertían sus efímeras vidas en aprender cosas que carecían de verdadero peso temporal, y marchar antes de que las sospechas maduraran.
Sin embargo, había algo distinto en el aire de Oakhaven. No era el clima ni la arquitectura sombría del pueblo; era una sutil alteración en su propio interior, una inquietud latente que desafiaba la absoluta apatía que solía acompañar sus siglos de no-vida.
—¿Pensativo otra vez, hermano? —la voz de Vespera resonó desde el umbral de la puerta. Estaba apoyada contra el marco, con una sonrisa ligera y divertida jugando en sus labios perfectos—. Llevas diez minutos mirando el mismo árbol. Te aseguro que no se va a mover.
—Solo analizando el entorno, Vespera —respondió Onyx sin apartar la vista del exterior, donde las siluetas de los pinos se difuminaban en la neblina—. Este lugar tiene una energía peculiar. Siento como si algo estuviera esperando a que demos el primer paso en falso.
—Siempre ves peligros donde solo hay bosques aburridos y adolescentes humanos preocupados por sus exámenes —replicó ella, encogiéndose de hombros con una elegancia displicente—. Vamos, Kaelen ya está abajo con el vehículo. Si no nos apresuramos, llegaremos tarde a ese instituto secundario que papá insistió en que debíamos frecuentar para mantener las apariencias.
Onyx exhaló un suspiro frío, un reflejo condicionado más que una necesidad biológica. Tomó su mochila y siguió a su hermana escaleras abajo, donde el resto del clan ya aguardaba.
El trayecto hacia el Instituto Oakhaven transcurrió en un silencio solemne. Kaelen conducía con una precisión mecánica, manteniendo la mirada fija en el camino serpenteante rodeado de abetos gigantescos. El motor del automóvil apenas emitía un ronroneo sordo, casi imperceptible por debajo del sonido constante de la lluvia.
Al llegar al estacionamiento del instituto, el panorama era el habitual: una mezcla de vehículos de modelos variados, grupos de estudiantes corriendo bajo paraguas coloridos para escapar del agua, y risas amortiguadas por el frío matutino. Para los humanos, era el comienzo de una rutina escolar ordinaria. Para los Draconis, representaba el inicio de una compleja representación teatral donde un solo error podía desatar el caos.
Cuando descendieron del vehículo, las miradas no tardaron en converger sobre ellos. La combinación de la innegable perfección física de la familia y el aura de distante inaccesibilidad que proyectaban de forma natural hizo que las conversaciones a su alrededor disminuyeran de golpe. Eran, sin proponérselo, el centro de atención absoluto.
Onyx caminó hacia la entrada principal con pasos firmes, sintiendo el peso de decenas de ojos clavados en su espalda. Cruzó las puertas dobles de metal y madera, adentrándose en el bullicioso pasillo central bañado por una luz fluorescente e impersonal.
Y entonces, en medio del murmullo general y el aroma a papel viejo, café y sudor juvenil, un rastro invisible atravesó el aire.
Onyx se detuvo en seco. Su respiración se detuvo por completo, un hábito arraigado en su condición que en ese instante se sintió como una necesidad física real. Entre la multitud que avanzaba hacia las aulas, algo había alterado de manera drástica el equilibrio silencioso de su mundo. No era una amenaza física ni un peligro evidente; era una presencia, una singularidad en medio de la monotonía humana que hizo que cada fibra de su ser reaccionara con una intensidad abrumadora.
Giró lentamente la cabeza hacia el pasillo lateral, buscando el origen de esa perturbación invisible, mientras el primer capítulo de su larga existencia en Oakhaven comenzaba a escribir sus líneas definitivas.
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