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Mi Señor Prohibido

Mi Señor Prohibido

Status: Terminada
Genre:CEO / Centrado emocionalmente / Diferencia de edad / Romance oscuro / Completas
Popularitas:23.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Bella

Dulce Muñoz nunca pensó que una llamada equivocada la llevaría a la cama de Santiago Fuentes, el hombre más poderoso y peligroso que había conocido.
Él era mayor, frío, rico y demasiado correcto para meterse con una chica como ella.
Pero también era el único que podía salvarla cuando su vida se estaba cayendo a pedazos.
Lo que empezó como un acuerdo terminó volviéndose deseo.
Santiago quería un heredero. Dulce necesitaba dinero.
Ninguno de los dos esperaba que entre noches ardientes, celos imposibles y secretos del pasado, el corazón también entrara en el trato.
Pero Santiago no es un hombre libre de enemigos.
Su familia quiere separarlos.
Leonardo Lozano, su rival, también parece conocer a Dulce desde antes.
Y mientras todos intentan decidir su destino, Santiago sólo tiene una certeza:
Dulce es suya.
Y esta vez no piensa soltarla.

NovelToon tiene autorización de Bella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 24

Capítulo 24

Mariana miró a don Ernesto haciendo berrinche como niño viejo y soltó una sonrisa impotente.

El coche arrancó hacia el hospital.

Santiago se quedó mirando hasta que el auto desapareció por completo al final de la calle.

Sólo entonces tomó mi mano y volvió conmigo al comedor.

La mesa seguía llena.

Diez platillos y una sopa.

Todo lo que yo había preparado con ilusión unas horas antes.

Pero ahora el olor de la comida me daba vueltas en el estómago.

No tenía hambre.

Santiago fue a lavarse rápido y regresó.

Tomó el tenedor, probó un trozo de pescado en salsa verde y levantó apenas las cejas.

—Voy a ver qué tal cocina mi Dulce.

Masticó.

Luego sonrió.

—Mejor que yo.

Yo lo miré y me dolió el pecho.

Sabía lo que estaba haciendo.

Actuaba como si nada hubiera pasado para no cargarme más culpa.

Pero yo lo había visto.

Había visto cómo miraba a don Ernesto herido.

Había visto la marca roja en su mejilla.

Había visto la forma en que la ruptura le pesaba aunque intentara sostenerse derecho.

Santiago sirvió arroz en un plato y lo puso frente a mí.

Luego me jaló la silla.

—Dulce —dijo, tomando mi mano sobre la mesa—. Cocinaste muchísimo. No vamos a desperdiciarlo. Comamos primero, ¿sí?

Me obligué a asentir.

Tomé el plato.

La comida estaba caliente.

Mis dedos, fríos.

Santiago me observó con cuidado.

Le preocupaba que mi cabeza empezara a irse a lugares peligrosos.

—Confía en mí —dijo—. Voy a arreglarlo todo.

Yo quería creerle.

De verdad.

Santiago también estaba haciendo cuentas en silencio.

Mateo todavía era joven.

Además, no quería dirigir la empresa.

Los demás parientes no tenían experiencia suficiente.

Grupo Fuentes podía fingir enojo, podía pasar unos días sin él, pero no podía prescindir de él para siempre.

Tarde o temprano tendría que volver.

La única salida real, pensó, era quitar a Mariana de la ecuación.

Y Mateo podía ayudar en eso.

Mariana y Mateo tenían algo de pleito natural, una energía de enemigos pequeños que quizá podía encenderse de otra forma. Si Mariana dejaba de verlo a él como única opción y miraba a Mateo, don Ernesto perdería una razón para insistir tanto.

Después habría tiempo.

Llevaría a Dulce con calma.

Dejaría que don Ernesto la conociera.

Confiaba demasiado en ella.

Confiaba en esa manera suya de ser buena sin presumirlo, terca sin volverse cruel, dulce sin ser débil.

Yo no sabía todo eso.

Sólo lo vi apretar un poco mi mano.

—Dulce —insistió, medio en broma, medio en advertencia—, perdí a mi abuelo. Si tú también me dejas, entonces sí me quedo sin nada.

La garganta se me cerró.

—Señor... yo no valgo que hagas esto.

Lo dije tan bajito que creí que no me escucharía.

Pero Santiago escuchaba demasiado bien cuando se trataba de mí.

Su mirada se volvió seria.

—Claro que vales.

Lo dijo sin sonreír.

Como corrección.

Como si yo hubiera dicho una tontería que no iba a permitir.

Me conmovió tanto que, por fin, la pregunta que llevaba días escondida se me subió a la boca.

—Señor... ¿tú... me quieres?

La frase salió pequeña.

Temblorosa.

Ridícula para una mujer adulta, quizá.

Pero en ese momento yo no podía hacerla más fuerte.

Santiago dejó el tenedor.

Tomó la servilleta, se limpió la boca y luego, con el lado limpio, me limpió a mí una manchita cerca del labio.

Sus ojos se quedaron fijos en los míos.

Oscuros.

Calientes.

—Si no te quisiera, ¿crees que en la cama se me pondría así contigo?

Mi cara ardió de inmediato.

—¡Señor!

¿Cómo podía decir eso justo después de pelearse con su abuelo?

Pero la vergüenza no pudo tapar la alegría.

Me dio un golpe dulce en el pecho.

Santiago me quería.

O al menos lo decía.

Y su forma de decirlo era tan descarada, tan de él, que me dejó sin saber si quería esconderme o reír.

—¿Es verdad? —pregunté, todavía insegura.

Sabía que no era momento.

Que había cosas más graves.

Pero no pude evitarlo.

Santiago apoyó el codo en la mesa y se inclinó un poco hacia mí.

—¿Quieres que subamos ahorita para demostrártelo en la cama?

El calor me subió hasta las orejas.

Él sonrió.

Lo decía para molestarme.

Aunque, conociéndolo, una parte de él sí habría querido.

Me mordí el labio.

Y entonces muchas cosas empezaron a acomodarse en mi cabeza.

La primera noche.

La forma en que me miró.

Su paciencia.

Su cuidado.

El dinero que no soltó como limosna, sino como protección.

Las llamadas.

Los regalos.

Los besos.

Un hombre como Santiago no hacía tanto por una mujer sin motivo.

—¿Ya entendiste, mi tontita? —preguntó.

Me tocó la frente con un dedo.

—¿Cómo puedes ser tan lenta?

Yo lo miré, todavía en una nube.

—Entonces, cuando me elegiste frente a tu abuelo...

—Te elegí porque te quiero.

La respuesta fue directa.

Sin adornos.

Y me desarmó más que cualquier frase larga.

Santiago no pensaba contarme todavía que me conocía desde antes.

No así.

No con mi memoria rota, no con Leonardo rondando, no con todo tan frágil.

Pero lo que sentía ahora no necesitaba explicación antigua.

Yo sonreí como tonta.

La idea seguía pareciéndome un sueño.

—Señor, ¿fue amor a primera vista?

Para mí quizá sí.

La primera vez que lo vi, aun con miedo, había sentido algo raro.

Una confianza absurda.

Como si mi cuerpo lo hubiera reconocido antes que mi memoria.

Santiago acercó la boca a mi oído.

—No —susurró—. Lo mío contigo fue amor de tanto hacerlo.

Abrí los ojos.

Luego entendí el doble sentido.

—¡Santiago!

Me reí.

De verdad me reí.

La presión en el pecho se aflojó un poco.

Él también sonrió, satisfecho de haberme arrancado esa risa.

Luego movió su silla para sentarse de lado, frente a mí.

—¿Y tú? ¿Quieres a tu señor?

La pregunta me hizo bajar la cabeza al plato.

Moví el arroz con el tenedor.

—Yo... no sé.

Mentira.

O quizá no mentira completa.

Sí lo quería.

Demasiado.

Pero no podía dejar que ese sentimiento siguiera creciendo.

Si lo hacía, irme después me iba a partir en dos.

Santiago me miró las mejillas rojas, escuchó mi voz pequeña y vio la forma en que evitaba mirarlo.

La tensión de la mañana pareció despejársele un poco.

Conmigo era así.

El mundo podía estar ardiendo afuera, pero ella encontraba una forma de volver respirable el aire.

Dos personas correctas juntas no sólo se desean.

También descansan.

Santiago había sentido eso con ella desde el principio.

Y la forma en que Dulce se ruborizaba ahora le recordó a la niña de antes, a Dulcita bajo el peral, esquivando la mirada cuando él la encontraba demasiado transparente.

Eso bastaba.

Leonardo Lozano no era nada.

No debía permitir que le robara tranquilidad.

—Tú no sabes —dijo Santiago, sonriendo como hombre perdido—. Yo sí sé. Con eso basta.

Me dio vergüenza verlo sonreír así.

Como si estuviera feliz sólo porque yo no había negado con suficiente fuerza.

Cuando terminé de comer, Santiago salió al pasillo para hacer una llamada.

Mateo seguía dormido.

El celular sonó tantas veces que contestó con voz de muerto.

—¿Bueno? ¿Quién?

—Tu tío.

Mateo se frotó la cara, todavía entre sábanas.

—Ah, tío. ¿Qué pasó?

Santiago frunció el ceño.

Seguro el muchacho había vuelto tarde de correr en moto.

Antes le preocupaba.

Después entendió que Mateo no era suicida; le gustaba la velocidad, sí, pero sabía manejar, conocía sus límites y no competía como si la vida fuera desechable.

Lo dejaba porque también había que permitirle a la gente respirar.

—Tu bisabuelo se cayó. Está yendo al hospital.

Mateo despertó de golpe.

—¿Qué? ¿Está grave?

—No parece grave, pero ve a verlo.

—Voy.

Santiago guardó silencio un segundo.

Luego añadió:

—Y hay otra cosa.

Mateo escuchó.

Mientras Santiago hablaba, el ceño de Mateo se fue juntando hasta parecer dos rayas peleadas.

—Tío, ¿quieres matarme? ¿Me estás pidiendo que persiga a Mariana?

—No te estoy pidiendo que la persigas —respondió Santiago con paciencia—. Sólo digo que ustedes dos tienen energía de pleito. Podría funcionar.

—¿Energía de pleito? Ella me humilla desde que éramos niños. Me critica el pelo, la ropa, la moto, todo. Yo no quiero casarme con una mujer que me traiga cortito toda la vida.

Santiago no respondió.

Mateo siguió, indignado:

—Además, Mariana está loca por ti. ¿Qué voy a hacer yo? ¿Pararme enfrente y decirle "hola, soy el premio de consolación"? No, tío. Qué falta de ética. Te quieres librar de esa intensa y me quieres aventar al fuego.

Santiago cerró los ojos un segundo.

No iba a discutir con alguien recién despertado.

—Sólo piénsalo.

—Lo voy a pensar cuando me vuelva loco.

Santiago colgó.

Luego llamó a don Ignacio para pedirle el hospital.

El lugar resultó ser el mismo donde estaba internada mi mamá.

Santiago le mandó la dirección a Mateo.

Cuando volvió al comedor, yo ya había tomado una decisión por dentro.

—Señor —dije—, más tarde quiero ir al hospital a ver a mi mamá.

Tenía que hablar con ella.

Tenía que explicarle.

Después de la operación, su estado estaba mucho más estable. Quizá podía entender que debíamos volver con mi abuela.

Santiago me miró.

Quiso leerme.

Yo bajé la mirada demasiado rápido.

—Está bien —dijo al final—. Vamos juntos.

Nos cambiamos.

Salimos hacia el hospital.

En el hospital, don Ignacio terminó de enviarle la dirección a Santiago y entró con Mariana a hacer el registro.

Don Ernesto se sentó en la sala de espera de la planta baja.

Tenía el pañuelo aún presionado en la frente y la cara oscura.

No quería que nadie lo reconociera.

Había gente entrando y saliendo. Algunos lo miraban con duda, como si su cara les sonara de noticias de negocios. Otros sólo veían a un anciano elegante con una herida en la frente.

Don Ernesto bajó un poco la cabeza.

Después del suicidio de su hijo, pasó mucho tiempo odiando los lugares públicos.

Cada mirada le parecía un susurro sobre la familia Fuentes.

Cada gesto le parecía burla.

Ahora, por una herida pequeña, tampoco quería armar un espectáculo ni usar influencias para saltarse turnos.

Detestaba ese tipo de privilegio vulgar.

Si podía esperar, esperaría.

Jimena despertó después de dormir unas horas y fue al hospital con Fabiola.

El pretexto era visitar a Gina Gálvez, la señora rica a la que Fabiola seguía intentando quedar bien.

La verdad era otra:

querían ver mi desgracia.

Jimena le había contado todo a su madre apenas llegó a casa. Las dos habían ido al hospital con la esperanza de encontrarme hundida.

No esperaban ver a don Ernesto en la sala de espera.

Jimena y Fabiola se miraron.

La misma malicia les brilló al mismo tiempo.

Para Jimena, aquello era una señal del destino.

Dios, el universo o quien fuera le estaba poniendo otra oportunidad en las manos.

Se acercaron con sonrisas medidas.

Don Ernesto levantó la vista cuando las tuvo enfrente.

Reconoció a Jimena.

No le agradaba.

Le agradecía que le hubiera informado lo de Santiago, sí.

Pero no le gustaba la gente que iba por la vida acusando con una sonrisa.

—Don Ernesto —saludó Jimena en voz baja—. Qué casualidad encontrarlo aquí.

—Sí. Casualidad.

Su tono fue frío.

Jimena fingió no notarlo.

—¿La herida de la frente está bien?

—Es poca cosa.

La herida visible era poca cosa.

La otra no.

La relación con Santiago acababa de romperse de una forma que quizá no tendría arreglo.

Jimena bajó la voz un poco más:

—¿Ya conoció a Dulce?

Lo dijo como quien deja caer una aguja justo sobre una vena.

Don Ernesto sintió que la rabia volvía a moverse.

—Sí.

—Ella se llama Dulce Muñoz —añadió Jimena—. Compartimos el mismo padre, así que la conozco bien.

Mentira a medias.

La conocía lo suficiente para odiarla.

No para entenderla.

—Su mamá está internada en este hospital —continuó—. Yo sé en qué habitación. Si quiere, puedo llevarlo.

La intención era transparente.

Quería golpear cuando yo estuviera más débil.

Don Ernesto pensó en Santiago.

Con la terquedad de su nieto, obligarlo a soltarme sería casi imposible.

Entonces había que hacer otra cosa.

Que yo me fuera sola.

Y para eso, hablar con mi madre podía ser más efectivo.

Don Ernesto se levantó.

—Llévame.

Jimena escondió una sonrisa.

Fabiola caminó a un lado, callada, pero con los ojos muy atentos.

Don Ernesto era mayor, sí.

Pero seguía siendo un hombre atractivo para su edad: porte recto, cabello apenas canoso, piel cuidada, cuerpo fuerte. Y, sobre todo, tenía el encanto que Fabiola más respetaba:

dinero.

Un hombre rico podía tener arrugas y seguir siendo deseable para muchas mujeres.

Un hombre sin dinero, por guapo que fuera, se volvía adorno barato.

Fabiola había seducido a Norberto cuando su negocio iba bien.

Ahora la empresa estaba medio muerta.

Ella necesitaba encontrar otra salida antes de que el barco se hundiera.

Al entrar al elevador, se colocó demasiado cerca de don Ernesto.

Jimena, entendiendo de inmediato, se quedó atrás.

Mariana, desde la fila del registro, vio a las tres figuras meterse al elevador.

Se fijó en Jimena.

¿Otra vez ella?

Algo no le gustó.

Le pidió a don Ignacio que terminara el trámite y corrió hacia el elevador justo antes de que las puertas se cerraran.

Entró con tanta prisa que empujó a Fabiola hacia un lado.

—Perdón —dijo Mariana, educada pero sin una gota de arrepentimiento.

Fabiola casi chocó contra la pared metálica.

Mariana se acomodó junto a don Ernesto, tomando el lugar que Fabiola había querido ocupar.

La miró de reojo.

Labial rojo demasiado intenso.

Cabello muy rizado.

Ropa llamativa de un modo poco elegante.

Demasiado cerca de un hombre mayor y poderoso.

Mariana no necesitó más para desconfiar.

Luego vio a Jimena detrás.

Se parecían.

Madre e hija.

Mala combinación.

Jimena apretó la sonrisa.

Qué presumida, pensó.

Creerse mejor sólo por nacer rica.

Santiago tampoco la quería, así que tanta superioridad no le servía de mucho.

Cuando Mariana volteó hacia ella, Jimena levantó una sonrisa falsa.

Mariana pensó:

Qué hipócrita.

Odiaba a la gente que actuaba como si todos los demás fueran tontos.

El elevador llegó al quinto piso.

Jimena y Fabiola salieron primero para guiar.

Mariana sostuvo a don Ernesto del brazo, curiosa e inquieta.

¿A quién iban a ver?

En la habitación, Elena acababa de despertar.

El director médico estaba revisando su evolución.

Como su ánimo había mejorado, la recuperación iba bien. Él estaba satisfecho.

Después de todo, Elena era la posible futura suegra de Santiago Fuentes. El hospital la cuidaba con especial atención.

El director médico abrió la puerta para pedirle a una enfermera que preparara suplementos nutricionales.

Entonces vio a don Ernesto acercarse.

Se sorprendió.

Y más al notar su rostro oscuro, la herida en la frente y a Jimena señalando la habitación.

No se atrevió a saludar con demasiada familiaridad.

Jimena apuntó hacia la cama.

—Don Ernesto, ella es la mamá de Dulce.

Luego sonrió hacia Elena.

Una sonrisa llena de gusto por el daño.

Elena la reconoció al instante.

Y al ver esa sonrisa, supo que nada bueno venía detrás.

Su mirada pasó a don Ernesto.

El parecido con Santiago era claro.

Debía ser su abuelo.

Pero sus ojos no eran amables.

Fabiola y Jimena, en cambio, parecían disfrutar cada segundo.

Don Ernesto miró al director médico.

—Esta habitación VIP. ¿La paga mi nieto?

El director médico se tensó.

No sabía qué había ocurrido.

Pero frente a la mirada de don Ernesto no podía mentir.

—Sí, señor.

Don Ernesto soltó una risa fría.

La rabia volvió a subirle.

Quiso decir algo hiriente.

Algo sobre madres que criaban hijas para trepar.

Algo sobre dinero ajeno.

Pero se contuvo.

No quería rebajarse frente a extraños.

Tampoco quería hacer más grande la vergüenza de Santiago en público.

Entró a la habitación.

—Necesito hablar con la señora Elena a solas.

El director médico dudó.

Miró a Elena.

Ella, pálida pero serena, asintió.

—Está bien.

Jimena quiso quedarse.

Don Ernesto la miró.

—A solas.

La sonrisa de Jimena se congeló.

Fabiola la tomó del brazo.

El director médico también salió y cerró la puerta.

Mariana se quedó en el pasillo, junto a la entrada, sin saber si debía intervenir o no.

Dentro, Elena enderezó un poco la espalda sobre la cama.

La herida de don Ernesto, su expresión y la presencia de Jimena le daban suficiente información.

Algo había pasado con Dulce.

Y el viejo venía a separarlos.

—Señor Fuentes —dijo Elena con voz tranquila—, si vino por mi hija, dígame qué ocurrió.

Don Ernesto la miró.

Esa calma lo irritó.

Y también lo obligó a medirse.

No parecía una mujer vulgar.

No parecía ambiciosa a simple vista.

Pero eso no bastaba.

La bailarina también había sabido parecer dulce cuando quiso.

—Su hija está con mi nieto —dijo—. Y esa relación no puede continuar.

Elena cerró los dedos sobre la sábana.

No respondió de inmediato.

Don Ernesto continuó:

—Santiago acaba de romper conmigo por ella. Está dispuesto a perder su familia, su puesto y su herencia. Usted es madre. Dígame si eso le parece correcto.

La cara de Elena perdió un poco más de color.

Don Ernesto vio el golpe.

Y aprovechó.

—No vine a insultarla. Tampoco vine a comprarla como si esto fuera un mercado. Vine a pedirle que piense como madre. Si su hija de verdad quiere a Santiago, no debería destruirle la vida.

Elena bajó la mirada.

Cada palabra le entró despacio.

Como aguja.

Don Ernesto respiró hondo.

—Hable con ella. Haga que se vaya por voluntad propia. Antes de que esta historia termine peor para todos.

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sonya martz
me da pena Leonardo, pero en el corazón no se manda
sonya martz
me encantó, de principio fin, gracias autora 🙏🏻
sonya martz
lloré
sonya martz
vaya! vaya! 😮
sonya martz
jajajaja jajajaja Jimena, eso te pasa por avariciosa /Facepalm/
sonya martz
cuánta maldad en ese viejo 😮
sonya martz
pobre Leonardo 🥺
sonya martz
Zaira, espero que quedes en la ruina, por cobarde, desgraciada
sonya martz
Mariana no va a quitar el dedo del renglón 😠
sonya martz
lo sabía
sonya martz
🤔🤔🤔🤔
sonya martz
exacto, son unas malditas, desgraciadas!!!😠😠😠
sonya martz
vaya! Leonardo llegó justo a tiempo 😏
sonya martz
malditas!! no se cansan de hacer daño??
sonya martz
y ahora, que va a hacer el viejo 🙄😠
sonya martz
Mariana se saldrá con la suya???🤔
sonya martz
Nooooooo! por favor nooooo!!
sonya martz
pobre Santiago 🥺
sonya martz
Dulce, la verdad no te entiendo 🤔
sonya martz
hay no!!! que no le pase nada malo a Santiago 🥺
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