Roxana murió en su época original —el siglo XXI— en un accidente durante una expedición arqueológica, justo mientras estudiaba documentos antiguos sobre la Dinastía Tang. Su último pensamiento fue: “Ojalá hubiera podido ver cómo vivían realmente aquí”. Al abrir los ojos, se encontró en un jardín lleno de flores de loto, vestida con sedas finas y rodeada de personas que la llamaban “señorita Wén”. Había renacido, conservando todos sus recuerdos, conocimientos científicos, habilidades y su personalidad intacta: terca, inteligente, caprichosa y nada dispuesta a someterse a las normas estrictas de la antigüedad.
En esta nueva vida, creció rodeada de amor: sus padres le permitían estudiar, viajar y decir lo que pensaba; sus hermanos la seguían a todas partes como sus fieles escuderos. Pero al cumplir dieciséis años, fue invitada a la fiesta del Palacio Imperial, donde conoció al Emperador Li Longjun: un hombre hermoso, frío y poderoso, al que todos temían y respetaban.
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Capítulo 2: La señorita Wén: caprichosa, inteligente y muy amada
El sol de la mañana bañaba el amplio jardín de la mansión Wén, tiñendo de dorado las hojas de los árboles de té y las flores de loto que flotaban en el estanque. Roxana caminaba despacio, descalza sobre el césped fresco, con una túnica de seda azul celeste que se movía con la brisa, el cabello recogido solo a medias con una cinta de seda. A sus dieciséis años, en esta nueva vida, tenía una belleza serena, pero con un brillo en los ojos que la hacía diferente a cualquier otra joven de su edad: era el brillo de quien ha vivido ya, de quien sabe más de lo que debería saber, y de quien no tenía ninguna intención de someterse a las reglas estrictas que obligaban a las mujeres de la época a ser calladas, sumisas y discretas.
Detrás de ella, como tres sombras fieles, venían sus hermanos menores: Wén Hào, de catorce años, de porte serio y responsable, que ya empezaba a entrenarse en artes marciales; Wén Lín, de doce, curioso y siempre con un libro en la mano; y Wén Yǔ, el más pequeño, de nueve años, inquieto y cariñoso, que no se separaba nunca del borde de su túnica.
—¡Hermana mayor, espera! —gritó Yǔ, corriendo para alcanzarla y agarrándose de su brazo—. ¡Papá dijo que hoy traerían nuevos pergaminos de la biblioteca imperial! ¿Irás a verlos?
Roxana se detuvo, se agachó a su altura y le acomodó un mechón de cabello rebelde que le caía sobre la frente.
—¿Acaso hay algo que me pueda impedir verlos, pequeño? —respondió con una sonrisa desafiante—. Ya sabes que si quiero algo, lo consigo.
Hào se acercó, con una media sonrisa en los labios.
—Eso es verdad. La última vez que dijiste que querías montar el caballo salvaje que nadie podía domar, papá dijo que era demasiado peligroso… y terminó cediendo después de que te negaras a comer durante todo un día.
—No me negué a comer por capricho —se defendió ella, poniéndose de pie y caminando de nuevo hacia el pabellón de descanso—. Lo hice porque sabía que podía hacerlo, y no me gusta que me digan “no” solo porque soy mujer. Ese caballo no era peligroso, solo necesitaba que alguien le hablara con inteligencia, no con fuerza bruta.
Lín, que había estado escuchando con atención, habló con su voz suave:
—Y lo lograste. Y ahora, ese caballo solo obedece tus órdenes. Todos en la ciudad dicen que tienes magia… pero nosotros sabemos que es porque eres más lista que cualquiera.
Roxana se detuvo bajo el gran árbol de ginkgo que estaba en el centro del jardín y miró a sus tres hermanos. En su vida anterior, nunca había tenido hermanos, ni siquiera familia cercana. Había crecido sola, dependiendo solo de sí misma. Pero aquí, en esta vida, estos tres niños la adoraban, la seguían, la defendían contra cualquiera, y para ellos, ella no era solo su hermana mayor: era su heroína, su guía, la persona más maravillosa del mundo. Y sus padres… sus padres eran aún más sorprendentes.
Justo en ese momento, escuchó una voz dulce y cariñosa que la llamaba desde la terraza:
—¡Roxana, hija mía! ¿Dónde estás?
Era su madre, Lǐ Mèi. Una mujer hermosa, de ojos cálidos y sonrisa tierna, vestida con sedas de color rosa pálido, con peinetas de jade en el cabello. Caminaba con elegancia, pero con esa sencillez de quien no necesita demostrar nada para ser respetada. Detrás de ella venía su padre, Wén Chen: alto, distinguido, con ropas de funcionario de la corte, bordadas con hilos de plata que indicaban su alto rango. Era un hombre respetado por todos, justo, sabio… y completamente rendido a los pies de su hija mayor.
—Aquí estamos, madre —respondió Roxana, acercándose con paso firme, sin la menor señal de reverencia o timidez, tal como se le había enseñado desde niña—. Los niños querían que les contara historias de lugares lejanos.
Su madre le tomó la cara entre las manos, con amor infinito en la mirada, y le dio un beso en la frente.
—Tú y tus historias… siempre inventando cosas maravillosas —dijo con ternura, sin saber que esas historias no eran invenciones, sino recuerdos de otro mundo—. ¿Quieres que preparen tu comida favorita hoy? O si prefieres, podemos ir a pasear en carroza por el puente de la ciudad, como te gusta.
—También puedes pedir que traigan músicos, o que preparen el jardín para ver las estrellas esta noche —añadió su padre, acercándose y pasándole una mano por el hombro con orgullo—. Lo que tú quieras, Roxana. Solo tienes que decirlo, y se hará.
Para cualquier otra joven de la época, estas palabras habrían sido impensables. En la Dinastía Tang, aunque las mujeres tenían más libertad que en otras épocas, seguían estando sujetas a reglas estrictas: debían ser recatadas, hablar poco, caminar con pasos cortos, no llamar la atención, dedicarse solo a las labores del hogar y la familia. Pero en la mansión Wén, las reglas eran distintas. Y todo porque Roxana, desde que era muy pequeña, había demostrado tener un carácter fuerte, una inteligencia desbordante y una capacidad de convicción que dejaba a todos sin palabras.
Cuando tenía ocho años, había dicho que quería aprender a leer y escribir, no solo textos básicos, sino tratados de historia, geografía, matemáticas y estrategia militar. Las matronas le habían dicho a su madre que “esas cosas no son para mujeres”, que solo llenarían su cabeza de ideas extrañas. Pero Roxana había mirado a su padre a los ojos y le había dicho: “¿Por qué mi mente vale menos que la de un hombre? ¿Acaso mis preguntas son menos importantes? Si soy capaz de entenderlo, ¿por qué no puedo aprenderlo?”.
Su padre, un hombre de mente abierta, había quedado tan impresionado por su lógica que no solo le permitió estudiar, sino que contrató a los mejores maestros para ella. Y cuando los maestros se quejaron de que la niña los corregía, que hacía preguntas que ellos no podían responder, Wén Chen simplemente se había encogido de hombros y había dicho: “Entonces aprendan ustedes de ella. Mi hija tiene una luz especial, y no voy a ser yo quien la apague”.
Así había crecido Roxana: con total libertad. Podía vestirse como quisiera, caminar por los jardines sin compañía, hablar con cualquier persona, expresar sus opiniones en voz alta, montar a caballo, escalar árboles, pasar las noches leyendo o escribiendo cosas que nadie más entendía. Y si alguien fuera de la familia se atrevía a criticarla o a decir que su comportamiento era “indecente” o “poco femenino”, se encontraba con la defensa feroz de toda la familia.
—Escuché que la señora Liu comentó ayer que caminas con pasos muy largos y que hablas demasiado alto —dijo su madre, mientras caminaban todos juntos hacia el comedor, con tono despreocupado, como si hablara del clima.
Roxana soltó una risa, clara y sonora, que resonó por todo el patio.
—¡La señora Liu siempre habla de lo que no le importa! ¿Acaso mis pasos molestan el suelo de su casa? ¿Acaso mi voz entra por su ventana para despertarla? Que se ocupe de sus propios asuntos.
Su padre rio con ella, con ojos brillantes de orgullo.
—¡Esa es mi hija! —exclamó—. Que hablen lo que quieran. Mientras estés bajo mi techo, nadie te dirá cómo ser, ni cómo vivir. Eres inteligente, eres buena, eres mi mayor tesoro… y eso es lo único que importa.
Hào, que caminaba a su lado, asintió con fuerza.
—Y si alguien se atreve a decirte algo a la cara, yo me encargaré de que se callen. Ya le dije a ese joven noble que se burló de ti en el mercado que, si volvía a hablar mal de mi hermana, tendría que vérselas conmigo.
—Y yo le contaré a papá todo lo que digan —añadió Lín, muy serio—. Y Yǔ… bueno, Yǔ les tirará piedras si es necesario.
El pequeño asintió con energía, haciendo que todos rieran.
Roxana se detuvo un momento y miró a su familia: sus padres, que la adoraban sin condiciones, que veían en ella no solo a una hija, sino a una persona maravillosa a la que querían hacer feliz a toda costa; sus hermanos, que la veían como su ejemplo a seguir, que harían cualquier cosa por protegerla. En su vida anterior, nunca había tenido esto. Había tenido éxito, había tenido conocimientos, había viajado por todo el mundo… pero nunca había tenido este amor inmenso, esta seguridad de saber que, pasara lo que pasara, siempre tendría un lugar donde ser ella misma, donde nadie la juzgaría, donde todos estarían de su lado.
Y lo mejor de todo era que ellos no amaban una versión suya que se ajustara a las normas. Amaban a ella: terca, caprichosa, inteligente, difícil de convencer, que decía lo que pensaba, que hacía lo que quería, que tenía ideas que nadie más entendía. Amaban cada parte de su carácter, incluso las que otros consideraban defectos.
—¿En qué piensas, hija? —le preguntó su madre, acariciándole el brazo—. Tienes esa mirada tuya, como si estuvieras resolviendo un acertijo que nadie más conoce.
Roxana sonrió, una sonrisa llena de complicidad y de determinación. Miró hacia el horizonte, hacia la dirección donde se alzaba la gran ciudad imperial, y más allá, hacia el palacio donde vivía el hombre que, pronto, cambiaría su vida para siempre: el Emperador Li Longjun, el Dragón Dorado, que ahora mismo ni siquiera sabía que ella existía, y que cuando la conociera, pasaría de la indiferencia absoluta a una obsesión que lo consumiría todo.
—Pienso —dijo con voz suave pero firme— que tengo mucha suerte. Y en que esta vida… va a ser mucho más interesante de lo que imaginé.
Su padre le puso una mano en el hombro, con orgullo brillando en sus ojos.
—Sea lo que sea que tengas en mente, hija… sabes que cuentas con nosotros. Siempre.
Roxana asintió, mientras sus hermanos tiraban de ella para que entrara al comedor, prometiéndole que hoy le contarían todo lo que habían aprendido en sus clases. Y mientras caminaba rodeada de ese amor inmenso, supo con certeza que, aunque el mundo exterior estuviera lleno de reglas estrictas, de miradas críticas y de damas chismosas que no entenderían nunca su forma de ser, ella tenía el mejor escudo posible: su familia. Y con eso, y con su inteligencia y su carácter, estaba lista para enfrentar todo lo que viniera.
Porque ella era Roxana Wén: caprichosa, inteligente, difícil de conquistar, y muy, muy amada. Y nada ni nadie la haría cambiar.