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INERCIA

INERCIA

Status: Terminada
Genre:Amante arrepentido / Padre soltero / Autosuperación / Completas
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: SherlyBlanco

INERCIA
(Dinastía Fontane — Libro II)
Por: Sherly Blanco
Un corazón roto por el luto y un alma blindada por el pasado están a punto de descubrir que hay fuerzas que ni el tiempo ni la culpa pueden detener.
A sus treinta años, Juliana ha logrado construir una vida perfecta sobre los cimientos del orden, la danza y la entrega absoluta a su hija Athenea. Tras las tormentas que sacudieron a la dinastía Fontane, su academia de ballet es su refugio y su escudo. Ella tiene una regla clara: su corazón no volverá a arriesgarse, y aunque la presencia de Andrés le acelera el pulso, se repite a sí misma que aún no es el momento.
Por su parte, Andrés ha caminado entre las sombras del dolor desde la trágica partida de Juliette. Convertido en un hombre maduro, disciplinado y protector, su único faro ha sido la crianza del pequeño Andreis Julián. Sin embargo, su devoción por Juliana no ha hecho más que crecer con los años. Ya no es el joven inmaduro de antes; ahora es un hombre dispuesto a luchar día

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Capítulo 2: Un Pastel y un Deseo Contenido

La música infantil y el bullicio de casi una docena de niños de la academia llenaban el gran jardín de la casa de Juliana. El sol de la tarde iluminaba los globos de tonos pastel y la gran mesa de dulces. Athenea corría de un lado a otro con un vestido rosa que giraba con cada uno de sus pasos, contagiando a todos con su risa. Estaba cumpliendo nueve años, y para ella, el mundo era un lugar perfecto porque tenía a sus dos personas favoritas en un mismo lugar.

Juliana observaba la escena desde el porche, sosteniendo una bandeja con bocadillos. A sus treinta años, ver a su hija tan feliz era su mayor recompensa. Sin embargo, su mirada se desvió inevitablemente hacia el centro del jardín.

Allí estaba Andrés. Llevaba al pequeño Andreis Julián, de cinco años, sentado sobre sus hombros mientras ayudaba a Athenea a organizar un juego de carreras. Andrés vestía una camisa de lino azul con las mangas remangadas hasta los antebrazos, luciendo esa presencia madura y magnética que el tiempo le había otorgado. Al ver la paciencia y el amor con el que trataba a ambos niños, a Juliana se le oprimió el pecho. Andrés era un padre extraordinario, y aunque la distancia de sus casas separadas seguía siendo su escudo, en días como este, la ilusión de una vida juntos golpeaba con fuerza sus defensas.

—¡Mamá, papá, miren! —gritó Athenea, corriendo hacia ellos y tomándolos de la mano a ambos para arrastrarlos hacia la mesa principal—. ¡Ya es hora del pastel!

Andrés bajó a Andreis de sus hombros y miró a Juliana con una sonrisa cálida que le iluminó los ojos oscuros.

—Parece que la jefa ya dio la orden —dijo él con esa voz grave que siempre lograba desarmarla.

—No la hagamos esperar —respondió Juliana, intentando ignorar la descarga eléctrica que sintió cuando las manos de ambos se rozaron al acomodar a la niña frente al gran pastel de cumpleaños.

Todos los invitados se reunieron alrededor de la mesa. El pastel era una obra de arte, decorado con sutiles detalles de zapatillas de ballet y destellos brillantes, reflejando el amor de la niña por la danza. Andrés sacó su encendedor y, con cuidado, encendió la vela con el número 9.

—¡Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz! —comenzaron a cantar todos a coro.

Juliana aplaudía, mirando el rostro iluminado de su hija. Andrés, de pie justo al lado de ella, comenzó a cantar también, y su voz, profunda y cercana, envolvía a Juliana en una burbuja de intimidad en medio de la multitud. En un momento de la canción, Andrés inclinó ligeramente la cabeza hacia ella, obligándola a mirarlo. Sus ojos se encontraron, y la intensidad de la mirada de él le dijo todo lo que las palabras no podían en ese momento: Esta es nuestra familia. Esto es lo que podríamos tener todos los días.

El corazón de Juliana dio un vuelco salvaje. La inercia de ese sentimiento la empujaba a querer acercarse más, a recostar su cabeza en el hombro de Andrés y disfrutar de ese instante de felicidad compartida.

—¡Pide un deseo, Athenea! —gritaron los niños.

La pequeña cerró los ojos con fuerza, juntó sus manitas y, tras unos segundos de concentración, sopló la vela con entusiasmo entre los aplausos y vítores de todos.

—¿Qué pediste, princesa? —le preguntó Andrés, agachándose para quedar a su altura y dándole un tierno beso en la mejilla.

—Si lo digo, no se cumple, papá —respondió la niña con picardía, abrazándolo por el cuello—. Pero tiene que ver con nosotros.

Andrés sonrió y la estrechó con fuerza, cruzando una mirada significativa con Juliana sobre el hombro de la niña. Juliana sintió una mezcla de ternura y un miedo profundo. Sabía que los niños también anhelaban verlos juntos bajo el mismo techo, que la frontera de las casas separadas no solo la protegía a ella, sino que también contenía un deseo familiar que crecía cada vez más rápido.

Más tarde, cuando los invitados comenzaron a retirarse y el jardín quedó sumido en la tranquilidad del atardecer, Juliana se quedó en la cocina organizando los platos limpios. La puerta se abrió silenciosamente y Andrés entró cargando una de las cajas vacías del decorado.

—Los niños se quedaron en la sala abriendo los regalos. Andreis la está ayudando —dijo él, rompiendo el silencio y caminando hacia ella.

—Gracias por todo lo que hiciste hoy, Andrés. La fiesta estuvo hermosa gracias a tu ayuda —dijo Juliana, dándole la espalda mientras secaba un vaso, intentando mantener la distancia emocional que tanto le costaba defender.

Andrés no se quedó en la entrada. Caminó con pasos lentos y firmes hasta detenerse justo detrás de ella, tan cerca que Juliana pudo sentir el calor de su cuerpo y el aroma de su perfume de madera. Ella dejó de secar el vaso, conteniendo el aliento.

—Juli —susurró él, y su voz pareció vibrar directamente en la piel de la bailarina—. Hoy vi en los ojos de nuestra hija el mismo deseo que yo pido cada vez que cierro los ojos. Ella quiere a sus padres juntos. Yo te quiero a ti conmigo. ¿Hasta cuándo vamos a seguir pretendiendo que esta distancia nos hace bien?

Juliana cerró los ojos, sintiendo que sus defensas flaqueaban ante la inercia de un amor que ya no cabía en dos casas separadas. Se giró lentamente, quedando atrapada entre la barra de la cocina y el pecho de Andrés.

—Andrés, las cosas no son tan fáciles... el pasado, los miedos... —comenzó a decir ella, con la voz temblorosa.

—El pasado ya no está, Juli —la interrumpió él con suavidad, levantando una mano para acunar su mejilla con una delicadeza abrumadora—. Solo estamos tú, yo y los niños. Mírame. No tengas miedo de avanzar conmigo.

El espacio entre sus labios se redujo a nada. La tensión de la tarde, el peso de los años de espera y la fuerza inevitable de su conexión estallaron en ese instante. Juliana no se alejó; esta vez, dejó caer el paño que sostenía y se aferró a los hombros de Andrés, permitiendo que la inercia del momento los arrastrara por completo en un beso contenido, profundo y lleno de una promesa que ya no podían callar.

Andrés profundizó el beso con una lentitud que denotaba la contención de todos los años que había pasado esperándola. Sus manos se aferraron con firmeza pero con una delicadeza extrema a la cintura de Juliana, pegándola a su cuerpo, mientras ella enredaba sus dedos en el cabello de él, soltando un suspiro que sonó a rendición.

Era un beso con sabor a madurez, a dos almas que ya no jugaban a enamorarse, sino que se reconocían en medio de las cicatrices del pasado.

El mundo exterior pareció desvanecerse por completo en esa cocina en penumbras. La resistencia de Juliana, ese muro de hielo que con tanto esmero había construido para protegerse tras sus desengaños, se derritió por completo bajo el calor de los labios de Andrés. La inercia los empujaba a no querer soltarse jamás, a borrar de un plumazo las paredes que los dividían por las noches.

Sin embargo, el sonido de unas risitas infantiles provenientes de la sala principal los obligó a separarse de golpe.

Juliana abrió los ojos, respirando agitada, con las mejillas encendidas y los labios húmedos. Dio un paso atrás de inmediato, llevando los dedos a su boca de manera inconsciente, como si intentara asimilar lo que acababa de permitir. Miró a Andrés, cuyos ojos oscuros brillaban con una intensidad peligrosa, fijos en ella.

—Papá, mamá, ¡miren este juguete! —se escuchó la voz de la pequeña Athenea acercándose al pasillo.

—Juliana... —susurró Andrés, con la voz notablemente ronca, dando un paso hacia ella para demostrarle que no se arrepentía de nada.

—Los niños, Andrés... van a venir —articuló ella en un hilo de voz, ordenándose apresuradamente el cabello y tratando de recuperar la compostura que la caracterizaba—. Esto... esto no debió pasar.

—Sabes perfectamente que sí debió pasar —replicó él con una firmeza inquebrantable, deteniéndose justo cuando Athenea y Andreis Julián entraron corriendo a la cocina con un juego de mesa en las manos—. Pero no te voy a presionar. Hoy es el cumpleaños de nuestra hija, y eso es lo importante.

Andrés le dedicó una última mirada cargada de una promesa silenciosa y se agachó de inmediato para recibir a los niños, transformando su expresión en la del padre amoroso y paciente de siempre.

Juliana se dio la vuelta fingiendo buscar algo en la alacena, pero su corazón latía a mil por hora contra sus costillas. Sabía que, después de ese beso, la frontera de las casas separadas ya no era un escudo protector; ahora era una cuenta regresiva que ninguno de los dos iba a poder detener.

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