Dos hombres, un amor inmenso y el sueño de ser papás. Él es un hombre trans, y juntos llevarán a su bebé en el corazón y en el vientre. No importa lo que digan los demás: esta familia se construye solo nosotros dos.
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Solo nosotros dos Capítulo 1: El día que todo cambió
Capítulo 1: El día que todo cambió
La lluvia caía sobre Montevideo como si quisiera borrar todo lo que había antes, lavando las calles y los corazones. Mateo caminaba rápido, con la capucha de su campera de cuero puesta y las manos hundidas en los bolsillos, intentando no mojarse demasiado. Llevaba años recorriendo ese mismo camino, pero esa tarde todo se sentía diferente: más ligero, como si por fin el aire entrara bien en sus pulmones.
Acababa de salir de su última consulta médica, la que le había dado la certeza que tanto buscaba: estaba bien, se sentía bien, y cada día se reconocía más en el espejo. Ser él mismo, ese hombre que siempre supo que era, había sido un camino largo, lleno de dudas, miradas que no entendían y palabras que dolían. Pero ahora, al menos, caminaba firme.
Al doblar la esquina, el viento le arrebató el paraguas que apenas lograba sostener. Corrió tras él hasta chocar de golpe contra un pecho firme, y unos brazos fuertes lo sostuvieron antes de que cayera al suelo.
—¡Cuidado! —dijo una voz suave pero profunda, que le hizo erizar la piel.
Mateo levantó la vista y se encontró con unos ojos marrones cálidos, que lo miraban sin juzgar, con una sonrisa tranquila. El otro hombre sostenía el paraguas de ambos, protegiéndolos de la lluvia.
—Perdón, se me escapó —dijo Mateo, recuperando el aliento y sintiendo cómo se le ponían rojas las mejillas.
—No te preocupes, yo ya lo tenía agarrado —respondió él, entregándole el paraguas—. Soy Lucas.
—Mateo —contestó, y al decir su nombre sintió una alegría extraña, como si por fin alguien lo llamara tal cual era, sin dudas ni errores.
Lucas no le preguntó nada extraño, no miró su ropa ni su rostro con confusión. Solo le ofreció caminar juntos hasta la parada de autobús, ya que iban por el mismo rumbo. Bajo el mismo paraguas, con el sonido de la lluvia de fondo, empezaron a hablar. Mateo le contó que le gustaba dibujar, que soñaba con tener su propio taller; Lucas le dijo que trabajaba en una guardería, que amaba a los niños y que le encantaba ver cómo crecían.
Hablaron de todo y de nada, como si se conocieran de toda la vida. Mateo se sentía cómodo, tan cómodo que sin darse cuenta le contó sobre su camino, sobre haber nacido en un cuerpo que no le correspondía y haber luchado hasta ser quien era hoy. Se detuvo, esperando ver esa mirada de extrañeza o rechazo que tantas veces había visto. Pero Lucas solo asintió, y luego le puso una mano suave en el hombro.
—Entonces tú eres exactamente quien quieres ser —dijo con sinceridad—. Eso es lo más valiente que he escuchado en mi vida.
Esas palabras cayeron sobre él como el sol después de la tormenta. Nadie nunca lo había dicho así, tan simple y tan cierto.
Llegaron a la parada, pero el autobús tardaba mucho. Se quedaron ahí parados, mirándose, y Mateo supo que no quería que ese momento terminara. Lucas sacó el celular y se lo entregó.
—Me gustaría volver a verte —dijo—. ¿Te parece si te escribo?
Mateo asintió, con el corazón latiéndole a mil por hora. Esa noche, cuando llegó a casa, no podía dejar de pensar en esos ojos marrones, en su voz, en la forma en que lo miraba como si fuera lo único importante. No sabía aún qué les depararía el destino, ni todo lo que iban a vivir juntos, pero en ese instante entendió que el día que chocaron bajo la lluvia, no solo se habían encontrado el uno al otro: habían encontrado el comienzo de su hogar.