Katerina lo tenía todo: una mente matemática brillante, el imperio de superdeportivos Vanguard Atelier y un prometido ideal. Pero el día de su coronación como CEO, su mundo se derrumba. Traicionada por su novio y una enemiga oculta, es narcotizada y expuesta en un falso montaje de infidelidad. Humillada públicamente y al borde del colapso, la obligan a firmar la renuncia que le arrebata el negocio familiar.
En la ruina absoluta, Katerina encuentra un aliado inesperado: Luke, el implacable y magnético CEO de la firma legal más poderosa del país. Conocido como el "tiburón de los negocios", Luke no cree en la compasión, pero la brillantez y dignidad de Katerina despiertan en él una obsesión incontrolable.
Entre noches de pasión salvaje y una complicidad peligrosa, ambos diseñan un algoritmo de venganza implacable. Sin embargo, una red de secuestros, atentados armados y secretos oscuros amenazará con destruirlos antes del juicio final. ¿Podrán recuperar el imperio automotriz, o las cicatrices del pasado los consumirán a ambos? Una historia adictiva de traición, mafia corporativa y un amor indomable.
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CAPITULO 4. EL PRECIO DEL EXITO
El reloj del salpicadero del Vanguard V-8 marcaba las once de la noche. Katerina aparcó el flamante deportivo plateado en el garaje de su mansión, pero no se bajó de inmediato. Apoyó la cabeza contra el volante de cuero, suspirando con pesadez.
Aquel había sido un año increíble para Vanguard Atelier. Bajo su mando como CEO, las ventas internacionales habían subido un 20% y el nuevo motor híbrido diseñado por Brandon era un éxito rotundo en las ferias europeas. Profesionalmente, era intocable. El mundo de los negocios se rendía a sus pies.
Pero al cruzar el umbral de su casa, el éxito se evaporaba.
Katerina entró en el enorme y silencioso vestíbulo de la casa. Las luces estaban apagadas, a excepción de una pequeña lámpara en el salón. Caminó hacia la cocina para servirse un vaso de agua y vio la mesa del comedor: intacta. La cena que la empleada del hogar había dejado preparada se había enfriado tres horas atrás.
El sonido de la puerta principal rompió el silencio. Leo entró arrastrando los pies, aflojándose la corbata con gesto fastidiado. Olería a alcohol caro y al humo de los puros de los clubes ejecutivos.
—¿Otra vez tarde? —preguntó Katerina con suavidad, saliendo a su encuentro.
Leo dio un respingo, claramente molesto por encontrarla despierta.
—Tuve una cena con los inversores del fondo asiático, Katerina. Te lo dije por mensaje —respondió él con tono cortante, sin mirarla a los ojos—. No empieces con tus reclamos. Estoy agotado.
—No te estoy reclamando, Leo. Solo que... llevamos semanas así. Casi no nos vemos —Katerina dio un paso hacia él, intentando acortar la distancia física y emocional que los separaba—. Mañana es fin de semana. Pensé que podríamos ir a pasar el día al campo, desconectar de las empresas...
—Es imposible —la interrumpió Leo con frialdad, esquivando el brazo que ella intentaba poner sobre sus hombros—. Mañana tengo un torneo de golf benéfico con el director del banco principal. No puedo faltar. Katerina, tú eres la CEO de una multinacional, deberías entender mejor que nadie cómo funciona esto. El estatus requiere sacrificios.
—¿Sacrificar nuestro matrimonio? —la voz de Katerina tembló levemente.
En el último año, la intimidad entre ellos se había vuelto prácticamente inexistente. Cada vez que ella intentaba acercarse en la cama, Leo fingía un dolor de cabeza, cansancio extremo o simplemente se daba la vuelta. Katerina había empezado a sentirse indeseada, cuestionándose si el estrés de su propio trabajo la estaba transformando en alguien fría, sin darse cuenta de que cada rechazo de Leo era un castigo psicológico minuciosamente calculado para minar su seguridad.
Leo suspiró con una paciencia exagerada y falsa, mirándola por fin.
—No seas dramática. Estamos bien. Simplemente estamos construyendo nuestro futuro —Leo le dio una palmadita condescendiente en la mejilla, un gesto desprovisto de cualquier rastro de pasión—. Ve a dormir. Yo me quedaré un rato en el despacho revisando unos informes para la gala de Navidad de la próxima semana.
Katerina asintió, tragándose el nudo de frustración en su garganta. Subió las escaleras hacia la habitación vacía, sintiéndose extrañamente sola en su propia casa.
Mientras tanto, Leo entró en su despacho y cerró la puerta con llave. Se desplomó en la silla de piel y sacó un segundo teléfono móvil del cajón oculto de su escritorio. Marcó un número de memoria. No pasaron ni dos tonos antes de que respondieran.
—¿Ya estás libre? —la voz de Laya sonó al otro lado de la línea, cargada de una familiaridad íntima y ansiosa.
—Sí. Acabo de llegar a casa. Tuve que soportar otra de sus patéticas escenas de esposa abandonada —se burló Leo, estirando las piernas sobre el escritorio—. Está completamente desarmada, Laya. Su autoestima está por los suelos. Cree que la culpa de nuestra distancia es de su trabajo.
Al otro lado del teléfono, Laya soltó una risa maliciosa desde su apartamento, rodeada de las fotografías impresas de la vida de Katerina.
—Perfecto. Que siga creyendo eso —dijo Laya, acariciando con el dedo índice un frasco de vidrio ámbar muy pequeño que tenía sobre la mesa—. Todo está listo para la fiesta de Navidad de la empresa del próximo viernes. Ya contraté al fotógrafo y al hombre que se encargará de "acompañarla" en la habitación del hotel. El químico que conseguí es infalible; no recordará nada, pero las fotos serán devastadoras.
Leo sonrió en la oscuridad del despacho, sintiendo la adrenalina del final del juego.
—Un año de fingir que la quería, Laya. Un año entero de soportar su maldito orgullo de herendera brillante. No veo la hora de que llegue el viernes.
—Yo tampoco, mi amor —susurró Laya con una mirada desorbitada y llena de un odio enfermizo—. El viernes por la noche, la perfecta Katerina caerá del pedestal para siempre. Y Vanguard Atelier será nuestra.