En el mundo de la Fórmula 1 no existen los amigos, solo rivales. Gael Rainer es la promesa de Mercedes: frío, calculador, imparable. Mara Varela es el orgullo de Ferrari: brillante, valiente y dueña de cada secreto de su equipo.
Se encontraron en una noche donde no existían los colores ni las reglas. Una noche de pasión que lo cambió todo. Pero cuando amaneció y se reveló la verdad, comprendieron que su amor es una traición para todos: para sus equipos, para sus familias, para el mundo entero.
Entre la velocidad de la pista y el silencio de los escondites, deberán elegir: ¿obedecer las leyes que los separan o arriesgarlo todo por una vuelta que nunca debió existir?
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CAPITULO 2 NOMBRE EN LA OSCURIDAD
—Ven, vamos —dije entrelazando mis dedos con los suyos al caminar despacio hacia el estacionamiento. El aire fresco de Mónaco golpeaba suavemente mi rostro, trayendo consigo el olor salado del mar cercano, el rastro lejano de gasolina y caucho, y esa vibra especial que solo tiene la noche en este rincón del mundo. El bullicio de la fiesta, la música retumbante y las risas ajenas se habían quedado muy atrás, y ahora solo escuchábamos el ritmo parejo de nuestros pasos sobre el pavimento oscuro y el calor firme, seguro, de su mano grande sosteniendo la mía como si no quisiera soltarme nunca más.
—¿Cómo te llamas? —pregunté al alzar la vista hacia él, admirando lo alto que era, la forma en que sus hombros anchos se movían con una elegancia natural, sin esfuerzo. Me devolvió una mirada serena, una media sonrisa que no llegaba a ablandar del todo la seriedad de sus ojos oscuros, pero que guardaba un brillo curioso, intenso, que me recorría entera desde la punta de los pies hasta el último cabello.
—Gael Rainer —dijo despacio, con esa voz profunda y pausada que parecía medir cada palabra antes de soltarla—. Y tú, princesa…
—Mara —respondí sintiendo cómo se me aceleraba el pecho sin querer—. Mucho gusto, Gael. La verdad es que… me haces conocido, como si te hubiera visto en algún lado sin darme cuenta, como si esa mirada ya la hubiera cruzado antes por mi cabeza.
Soltó una risa baja, contenida, sin perder esa compostura de quien siempre lleva el control de todo lo que hace.
—Aquí en Mónaco todos parecemos igual —dijo, moviendo la cabeza levemente—. Ojos oscuros, sangre italiana corriendo por las venas, prisa por vivir cada segundo. Y tú no te quedas atrás, no eres como las demás que pasan por aquí.
Me reí con él, y esa risa compartida rompió la última distancia invisible que quedaba entre nosotros. Seguimos caminando hasta llegar al final del pasillo techado, y cuando mis ojos cayeron sobre el auto estacionado allí me detuve en seco, sin poder dar un paso más. Era un Mercedes negro azabache, de líneas impecables y curvas perfectas, sin placas, sin anuncios, sin ninguna marca visible que no fuera el emblema plateado en el volante; un modelo que nadie había visto en las calles, algo exclusivo, hecho a medida.
—¿Qué es esto? —susurré sin poder apartar la mirada—. Este modelo no está a la venta, ¿verdad? Nadie lo tiene.
Gael abrió la puerta del copiloto sin inmutarse lo más mínimo, apoyó una mano en el techo del auto y me miró con esa mezcla de firmeza y desafío que ya empezaba a gustarme demasiado, a meterse bajo mi piel sin que pudiera evitarlo.
—Sin preguntas personales por ahora. Entra.
No hubo arrogancia innecesaria, ni palabras vacías para impresionarme. Solo esa forma directa, sincera y segura que me llamaba la atención como nada antes en mi vida. Me subí, acomodándome en el asiento de cuero suave que olía a él, a perfume caro y a limpieza absoluta, y cuando él tomó el volante el motor rugió con una fuerza profunda que sentí hasta en los huesos, vibrando en todo mi cuerpo. Condujo despacio, disfrutando de la calma que rara vez encontraba en su día a día, y yo a su lado no hice más preguntas, solo lo observé de reojo, estudiando la forma en que sus manos se movían con precisión sobre el volante, la concentración tranquila en su rostro, preguntándome qué clase de hombre era este que había aparecido de la nada para cambiarme todo en una sola noche.
Llegamos a un hotel pequeño, discreto, alejado de las luces llamativas y la gente curiosa, escondido entre calles estrechas y edificios antiguos. Fue a la recepción, pidió la llave con voz corta y profesional, sin dar explicaciones ni detalles, y regresó a mi lado tomándome de la mano de nuevo sin decir una palabra más. Subimos al elevador, y en cuanto las puertas se cerraron detrás de nosotros se acercó a mí despacio, paso a paso, hasta que mi espalda chocó contra el espejo trasero de la cabina. Sentí su respiración cálida en mi oreja, el roce leve de sus labios contra mi piel.
—Estás helada —susurró con esa voz que se me metía en la sangre.
Lo empujé suavemente en el pecho con la palma de la mano, aunque no di ni un paso atrás, ni quise alejarme de él ni un centímetro.
—No te confundas —le dije bajito, mirándolo fijamente a los ojos—. No soy de las que se dejan llevar así nada más por una cara bonita.
Las puertas del elevador se abrieron justo en ese momento. Le tomé la mano con fuerza y lo arrastré hacia el pasillo alfombrado, sin dejar de mirarlo ni un segundo. Él abrió la puerta de la habitación con una sola vuelta de llave, y al entrar todo cambió por completo: luces tenues de color ámbar, cortinas gruesas de terciopelo que nos separaban por completo del mundo exterior, el olor a madera fina, flores frescas y un perfume suave que combinaba perfecto con el suyo. Antes de que pudiera decir nada, ni siquiera cerrar la puerta tras de sí, me tomó por la cintura y me levantó contra su torso con una facilidad que me dejó sin aire, como si yo no pesara nada. Me besó al principio muy despacio, lento y cuidadoso, como si quisiera aprenderse cada rincón de mi boca, cada sabor, cada respiro, y luego el deseo nos tomó a los dos de golpe, arrasando con cualquier duda o miedo que pudiéramos tener. Me empujó suavemente contra la pared más cercana, y sus dedos buscaron con calma y destreza el cierre de mi vestido tinto; la tela resbaló despacio por mis hombros, por mi espalda y mis caderas hasta caer al suelo en un montón de seda, y me quedé solo en ropa interior sintiendo cómo su mirada me recorría entera sin prisa, admirándome como si fuera algo valioso.
Se detuvo un instante, me sostuvo la mandíbula con una mano grande y cálida, y vi por primera vez una grieta en esa dureza suya, una duda real.
—¿Estás segura? —repitió bajito—. ¿De verdad lo quieres conmigo?
Lo miré fijamente a esos ojos oscuros que parecían ver hasta lo más profundo de mi alma, y asentí con toda la firmeza y la verdad que tenía en el pecho.
—Sí. Quiero. Con todo lo que soy.
Me llevó hasta la cama grande con cuidado, aunque el fuego que sentíamos por dentro nos pedía ir mucho más rápido, perdernos sin mirar atrás. Me besó en el cuello, en los hombros, bajando despacio por mi vientre y mis caderas, y yo me aferraba a su espalda con las manos, sintiendo cómo el miedo desaparecía por completo para dejar paso a algo más grande, algo que no sabía nombrar pero que sabía que era real. Se desnudó despacio frente a mí, sin ocultarse, y se puso el condón con la misma calma y responsabilidad; cuando se acercó a mí de nuevo me miró una última vez a los ojos y me advirtió con voz ronca y llena de deseo:
—Iré despacio al principio, para que no te duela. Después… no sé si podré detenerme.
—No te detengas —le pedí entre suspiros—. No quiero que te detengas nunca.
Entró en mí poco a poco, dándome tiempo a acostumbrarme a él, a sentirlo llenarme por completo, y luego el ritmo se nos escapó de las manos: empujadas firmes, profundas y rápidas, pero siempre cuidando de no hacerme daño, siempre atento a cómo respiraba, a mis gemidos, a lo que yo necesitaba en cada instante. Nos besamos sin parar, mezclando nuestros alientos y nuestros deseos, perdiendo la noción de las horas y de todo lo demás, hasta que el placer nos golpeó con fuerza al mismo tiempo y nos dejamos caer juntos sobre las sábanas revueltas, recuperando el aliento entre abrazos apretados y caricias lentas. Después se sentó en el borde de la cama, y yo me arrodillé frente a él tomándolo con suavidad su pene en mí boca y decisión, haciendo círculos lentos con la lengua, dejando que disfrutara tanto como yo lo había hecho, bajando hasta el fondo y dejándolo salir y entrar despacio de mi boca, hasta que terminó en mis pechos temblando y apretando mis hombros, perdido por completo como nunca lo había visto a nadie. Nos quedamos abrazados el resto de la noche, hablando muy poco, solo sintiéndonos el uno al otro, sabiendo que esto no podía ser casualidad aunque ninguno de los dos se atreviera a decirlo en voz alta todavía.
A la mañana siguiente me desperté cuando la luz del sol empezaba a colarse por los bordes de las cortinas, iluminando el polvo que flotaba en el aire. Me dolía el cuerpo en lugares que no sabía que tenía, pero me sentía más viva, más completa que nunca. Me giré despacio y lo vi dormido a mi lado: el pelo revuelto sobre la almohada, las pestañas largas y oscuras descansando sobre sus mejillas, esa serenidad tranquila que no mostraba cuando estaba despierto ni frente a nadie más. Me pasé una mano por la cara despeinándome, y entonces escuché su voz ronca y recién despierta, suave y sin esa dureza que usaba con el resto del mundo:
—¿Cómo amaneciste?
Lo seguí mirando fijamente sin esconderme, sin apartar la vista ni un segundo.
—Bien —dije con una media sonrisa cansada pero feliz—. Con hambre… y con una cruda que no me esperaba para nada.
Soltó una risa baja y sincera, se apoyó en un codo para mirarme con esa curiosidad constante que parecía estudiar cada detalle mío.
—No quiero ofenderte —dijo despacio, eligiendo bien sus palabras—, pero eres una mujer muy… rara. Tienes una personalidad propia, fuerte, no eres como las demás que se acercan a mí por interés o por fama.