Camila Fuentes solo quería sobrevivir: pagar sus deudas, conservar su empleo y olvidar la noche en que despertó en la suite de un desconocido.
Pero aquel desconocido era Maximiliano Alcázar, heredero de uno de los imperios empresariales más poderosos de México. Frío, arrogante y acostumbrado a conseguir todo lo que desea, Max no está dispuesto a dejar escapar a la única mujer que logró alterar su mundo.
Para mantenerlo lejos, Camila inventa un novio. La mentira, sin embargo, desata una persecución de celos, secretos y deseos imposibles de ocultar. Mientras un amor del pasado intenta recuperarla y la familia Alcázar se niega a aceptarla, Camila deberá enfrentarse también a la herida que ha cargado desde niña: la certeza de que su propia madre la abandonó porque nunca fue digna de ser amada.
Max puede ofrecerle dinero, protección y hasta su apellido. Pero para convertirla en su esposa tendrá que demostrarle algo mucho más difícil: que esta vez, cuando todos los secretos salgan a la luz, él será el hombre que decida quedarse.
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Capítulo 10
Fuiste la primera, serás la única
En el coche, todavía con el corazón desbocado, Camila se dio cuenta de que temblaba, y no supo si de frío o de todo lo demás. Max se quitó el saco sin apartar los ojos del camino y se lo tendió.
—Póntelo.
Olía a él, a madera y a algo limpio, y le tapaba los brazos desnudos y la espalda al aire. Camila se envolvió en la prenda sin protestar, porque a esas alturas le faltaban fuerzas para pelear con nada. La dejó en la esquina de siempre, tres cuadras antes de su casa, y cuando ella hizo el gesto de devolverle el saco él negó con la cabeza.
—Lávalo. Me lo regresas después.
Y así, con esa frase, dejó el hilo en la mano de ella y una razón para volver a verse en la del él.
Camila lavó el saco a mano esa semana, lo tendió con cuidado, lo planchó como si fuera de ella. Se dijo que se lo dejaría con el portero, que no tenía por qué verlo. Se lo dijo tantas veces que la noche que él le mandó la dirección, ella ya estaba vestida y lista, con la prenda doblada en una bolsa, jurándose que sería un minuto.
La dirección la llevó a un fraccionamiento de casas que ella solo había visto en las telenovelas. Residencial Montebello, un guardia que le abrió sin preguntar, calles anchas y en silencio, y al fondo la Casa 8: tres pisos, una fuente encendida en la entrada, un estanque con peces de colores que se movían despacio bajo el agua iluminada. Camila se quedó parada en el umbral con la bolsa apretada, sintiéndose más fuera de lugar que nunca en su vida.
—Le traje su saco —dijo, tendiéndoselo apenas él abrió—. Ya está. Yo me voy.
—Pasa. —Max se hizo a un lado—. Está lloviendo otra vez.
No estaba lloviendo. Pero Camila entró, porque le costaba encontrar la manera de decirle que no a ese hombre, y esa era, tal vez, su verdadera debilidad. Adentro todo era grande, callado, caro. Él tomó el saco de sus manos, lo dejó sobre un sillón sin mirarlo, y se volvió hacia ella. Camila retrocedió un paso. Él avanzó uno.
—No tengo novio —dijo ella de pronto, sin saber por qué lo decía, con la espalda pegada al respaldo del sillón—. Lo del restaurante... fue para que un tipo me dejara en paz. No tengo a nadie.
Algo cambió en la cara de Max. Fue apenas un instante, una tensión que se le soltó de los hombros, pero Camila lo vio.
—Entonces no hay a quién debas nada. —Se acercó más, hasta que ella tuvo que levantar la cara para sostenerle la mirada—. Solo a mí.
Estaba tan cerca que Camila podía sentir su calor, ese mismo olor a madera del saco pero más vivo, más suyo. El corazón le golpeaba en la garganta. Todo en su cabeza le decía que se fuera, que ese mundo no era el suyo, que un hombre así no podía terminar en nada bueno para una muchacha como ella. Y sin embargo no se movió.
Max levantó una mano y le apartó el pelo de la cara, despacio, dándole todo el tiempo del mundo para apartarse.
—¿Quieres esto? —Su voz había bajado a un tono ronco que ella no le conocía—. Dime que sí. Si no, me detengo aquí y te llevo a tu casa. Ahorita.
Camila lo miró. Esta vez no había mezcal en su sangre, ni cuartos equivocados, ni oscuridad que la protegiera de sus propias decisiones. Estaba despierta, entera, sabiendo exactamente lo que hacía y con quién. Y quizás por eso, porque no había nada que echarle la culpa, tardó tanto en contestar. Después subió una mano temblorosa y la apoyó en el pecho de él, no para empujarlo, sino para sostenerse.
—Sí —susurró.
Él la besó como si llevara semanas conteniéndose, y tal vez las llevaba. La levantó en brazos, ahora sin público, y Camila se aferró a sus hombros. La risa que le provocó el primer tropiezo de Max contra un mueble se le volvió suspiro cuando él hundió la cara en su cuello.
En el dormitorio, la dejó de pie frente a la cama y la miró como si quisiera memorizarla antes de tocarla. Camila sostuvo esa mirada mientras le desabrochaba la camisa, botón por botón. En el último, Max le atrapó la mano y besó el centro de su palma.
—Todavía puedes pedirme que pare.
—Y tú todavía puedes dejar de hablar.
Lo atrajo por la camisa abierta. El beso siguiente tuvo menos paciencia. La ropa fue quedando en el suelo entre pausas, sonrisas ahogadas y bocas que volvían a encontrarse antes de recuperar el aliento. Max descubrió qué caricias le arqueaban la espalda; Camila aprendió dónde besarlo para quebrarle aquel control impecable. Él seguía buscando sus ojos, preguntando sin palabras, y ella respondía acercándolo más, guiándole las manos, negándose a dejar espacio entre los dos.
Fue lento, fue de los dos, fue calor extendiéndose bajo las sábanas y nombres dichos contra la piel. Una confirmación que ninguno supo nombrar todavía pero que ambos sintieron: esto ya no era un accidente. Lo estaban eligiendo.
Después, cuando la respiración se les fue calmando, Camila apoyó la mejilla sobre el pecho de Max. Él trazó círculos lentos en su espalda desnuda hasta que ella se quedó dormida, vencida por la semana entera, por el susto del bar, por el peso de todo. Max no.
Se quedó despierto en la penumbra, con ella acurrucada contra su costado, y por primera vez en su vida ordenada y medida no supo qué hacer con lo que sentía. Debería estar molesto. Se había acostado con una mujer que días atrás juraba tener novio, había roto todas sus reglas dos veces por la misma persona, había perdido el control delante de medio bar. Nada de eso era propio de él. Y sin embargo, mirándola dormir, con el pelo revuelto sobre su brazo y esa cara que en sueños parecía todavía más chica, lo único que sentía era una certeza terca y peligrosa: que no quería que se fuera. Que si tenía que romper más reglas para quedársela, las iba a romper.
La acomodó mejor contra él, con un cuidado que habría sorprendido a cualquiera que lo conociera. Le apartó un mechón de la frente. Y en voz muy baja, para que ella no lo oyera, o quizás con la esperanza secreta de que en algún rincón del sueño lo oyera, dijo lo que llevaba callado desde la primera noche.
—Fuiste la primera. —Su pulgar le rozó la mejilla—. Deja al novio ese que ni existe. Y quédate conmigo.
Camila, dormida, no contestó. Pero algo en ella, muy adentro, se movió como se mueven los peces en el agua iluminada, sin ruido, sin decidirlo.