El juzgado de guardia huele a café frío y a desinfectante, son las diez y cuarenta de la noche. Hay un juez con la corbata torcida, dos custodios, una abogada de oficio con tres claveles muertos en sus manos, y un novio culpable.
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La cama del enemigo.
Piso franco, Calle Betis. Custodia policial.
El piso huele a lejía y a miedo viejo. Dos habitaciones, una cocina sin café, cámaras en las esquinas y un colchón tirado en el suelo del salón.
Reglas de Asuntos Internos: una sola cama, vigilancia 24h, contacto prohibido salvo fuerza mayor.
Fuerza mayor es un concepto amplio cuando te han disparado tres veces en un día.
Elena deja caer el bolso. Dentro, solo la Glock requisada y el acta matrimonial que Marco le tiró en el coche. Está manchada de su sangre. Felicidades por el décimo aniversario, dice ella.
Marco se cambia la gasa de la ceja frente al espejo. Siete puntos. Los mismos que le dieron al cadáver que quemaron.
Técnicamente seguimos casados. No hay divorcio. No hay viudez si el muerto respira.
Técnicamente eres un fraude con placa, escupe Elena. Me usaste de cebo diez años.
Él se gira. La camiseta se le pega al chaleco antibalas que aún no se quitó. Te usé para sacarte viva. Varela lavaba para los Marín. Tu padre firmó por 800.000. Cuando lo maté…
No lo mataste.
No apreté yo. Pero estaba allí. Con la billetera. Con las deudas de tu padre. Alguien tenía que caer. Me ofrecieron tumba o talego. Elegí tumba.
Elena se sienta en el colchón. Descalza. Tiene un corte en el pie, vendas. ¿Y el seguro de vida?
Lo firmé yo. Por si no salía. Para que tuvieras con qué enterrar a tu padre de verdad. Y a ti.
Silencio. Solo la nevera vieja y el pitido de la cámara del techo.
Llaman a la puerta. Tres golpes. Contraseña. Marco mira por la mirilla. Es Gómez.
Malas noticias, dice Gómez entrando. El cojo del parking cantó. Los Marín saben dónde están. El piso está quemado. Tienen que moverse ya.
¿A dónde?, pregunta Elena.
A ningún sitio, dice Marco. Si nos movemos, nos cazan. Si nos quedamos, aguantamos.
Gómez le tira un petate. Hay dos chalecos más. Y esto.
Es un anillo. Simple. De acero. Para que digan que somos Marido y mujer. ¿Entendido?
Elena lo coge. Pesa. No me entra.
Marco le agarra la mano. Fría. Le pone el anillo en el anular. Le queda grande. Mentirosos hasta el final, dice él.
Gómez se va. Cierra con tres vueltas.
Se va la luz. De golpe. Todo queda en silencio. Las cámaras mueren. La radio de Marco escupe estática y calla.
¿Gómez?, llama Marco a oscuras. Nada.
Elena ya tiene la Glock en la mano. La reconoce por el tacto. Nos vendieron.
Cristal roto. En la cocina.
Marco le pasa su chaleco. Póntelo.
¿Y tú?
Yo ya tengo agujeros. Uno más no se nota.
Se pegan a la pared. Respiran al mismo ritmo. Diez años sin verse y el cuerpo recuerda.
Linterna. Pasillo. Botas. Dos siluetas.
Marco dispara primero. Dos tiros. Alguien grita. Cae. El otro devuelve. Yeso, polvo, gritos.
Elena se tira al suelo, rueda, dispara desde abajo. Le da en la rodilla al segundo. Aúlla y se arrastra.
¡Elena Duarte!, grita el del suelo. ¡Tenemos a tu madre! ¡El pagaré o la matamos!
A Elena se le hiela la sangre. Marco la mira. Niega con la cabeza. No negocies.
¡Pruebas!, grita ella.
Suena su teléfono en el suelo. Video. Su madre, atada a una silla en su casa de Triana. Amordazada. Viva. Por ahora.
Marco cierra los ojos un segundo. Cuando los abre, ya decidió. El pagaré está en mi tumba, miente. Cementerio de San Fernando. Nicho 341. Bajo la lápida. Danos una hora.
El herido ríe, escupe sangre. Tu tumba está vacía, policía.
La lápida no, dice Marco.
Se oyen sirenas fuera. Tarde. Los de abajo huyen cojeando.
Marco patea el móvil. Lo revienta. Mira a Elena. Tu madre está en el chalé de Mairena. No en Triana. El video es viejo. Ese cuadro lo tiraste hace tres años.
Elena baja la pistola. Temblando. ¿Cómo…?
Diez años vigilándote, Elena. Sé qué desayunas. Sé que no perdonas. Sé que sigues durmiendo con el acta bajo la almohada.
Ella le cruza la cara. Fuerte. Los puntos sangran. Hijo de puta.
Él no se defiende. Lo soy.
Pero hoy no dejas que la maten.
Y mañana me matas tú si quieres.
No hay luz. No hay refuerzos. Gómez no contesta. Solo ellos, dos pistolas, un colchón y un anillo que no encaja.
Elena se sienta en el borde. Marco en el otro. Entre los dos, la Glock y el acta.
Si vamos a morir, dice ella, al menos dime una verdad.
Te besé en el juzgado porque tenía miedo, dice él sin mirarla. Y te besé hoy porque sigo teniéndolo.
Elena se quita el chaleco. Lo tira al suelo. Ponte algo. Estás sangrando.
Él se quita la camiseta. Cicatrices nuevas sobre las viejas. Una en el costado: bala. Otra en el hombro: navaja. Historia escrita en piel.
Ella saca gasas del petate. Se acerca. Le limpia la ceja. Cerca. Demasiado. Huele a él. A sangre, a sudor, a mentira que lleva diez años madurando.
No te muevas, susurra. O te abro otro punto.
No me movería aunque ardiera el piso, susurra él.
El dedo de Elena roza la cicatriz de la ceja. Baja sin querer. Pómulo. Mandíbula. Boca.
Marco no respira.
Esto es fuerza mayor, dice ella. Y lo besa.
No es el beso del juzgado. No es contrato. Es rabia. Es diez años de tumba. Es si voy a morir, que sea sin deberte nada.
Él le devuelve el beso como si le arrancaran los puntos. Le muerde el labio. Le agarra la nuca. La tumba en el colchón.
Las pistolas caen al suelo. El acta se mancha más.
No hay amor. Hay pólvora en la lengua y una orden de protección hecha trizas.
Se separan cuando oyen el clic.
Seguro de la Glock. Gómez, en la puerta, apuntándoles. Vivo. Con la linterna en la otra mano.
Vaya, dice Gómez. Al final sí era verdad lo de marido y mujer.
Baja el arma. Sonríe sin gracia. Los Marín van al cementerio. Tienen 20 minutos de ventaja. ¿Van a intimar o a enterrar sus fantasmas?
Elena se levanta. Se ajusta la camisa. Mira a Marco. Él se limpia la boca. Sangra otra vez.
Las dos cosas, dice Elena. Coge la Glock. Primero los fantasmas. Después, si sobrevivimos… hablamos de la cama.
Marco se pone la camiseta. Se cuelga la placa. Le da el anillo de acero a Elena. Para que no se te caiga.
Esta vez le entra.
Salen. A la noche. Al cementerio. A desenterrar diez años de mentiras.
Y la cámara del techo, que sí tenía batería de emergencia, lo graba todo.