NovelToon NovelToon
Sol De La Bahía

Sol De La Bahía

Status: Terminada
Genre:Romance / Yaoi / Completas
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Skay P.

⚠️🔞✅️Miles Stone, un rígido contador de la ciudad, huye hacia el pueblo costero de Bahía Centinela tras una devastadora traición familiar. Destrozado y buscando aislamiento, llega al viejo Hostal Morrow, administrado por Ezra, un lugareño libre, magnético y un tanto excéntrico. Mientras Miles intenta ordenar el adorable caos financiero del negocio, Ezra lo desafía a mirar el mundo a través de su lente analógica, enseñándole a abrazar las imperfecciones de la vida. Bajo el cálido sol de agosto, una cercanía eléctrica e ineludible florece entre ambos, transformando un verano melancólico en el refugio de amor más puro de sus vidas.✅️🔞⚠️

NovelToon tiene autorización de Skay P. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Lo único que nos queda al final

El trabajo con los papeles del hostal resultó ser un alivio temporal para Miles. Sentado detrás del mostrador de madera de roble, se concentró en ordenar las facturas de agua, luz y los recibos de los proveedores locales. Sin embargo, el silencio de la tarde en Bahía Centinela era traicionero. El sonido rítmico de las olas afuera actuaba como un metrónomo que, poco a poco, fue ralentizando sus pensamientos hasta arrastrarlo de vuelta al día en que su vida se hizo pedazos.

Sucedió apenas una semana antes de su huida.

Miles recordaba el olor a café caro en la sala de la casa de sus padres. Había sido citado a una "reunión familiar urgente". Cuando entró, la atmósfera era tan densa que se podía cortar con un cuchillo. Sentados en el sillón principal estaban Sara, su prometida, y Billy, su hermano menor. Sus padres permanecían de pie al fondo, con los rostros pálidos y los brazos cruzados, evitando mirarlo a los ojos.

Fue Billy quien habló primero, con esa voz temblorosa de quien sabe que ha cometido un crimen pero busca clemencia.

—Miles, por favor, hermano, perdónanos... No queríamos que pasara así —había dicho, extendiendo una mano temblorosa hacia la mesa de centro.

Sobre el cristal de la mesa, Sara colocó un trozo de papel fotográfico satinado y oscuro. Miles se inclinó, con el corazón latiendo con una fuerza sorda en sus oídos. Era una ecografía. Una pequeña mancha grisácea en el centro del papel revelaba un embarazo de pocas semanas.

—Tiene un mes y medio, Miles —susurró Sara, con los ojos llenos de lágrimas que a él le parecieron completamente falsas—. Billy y yo... empezamos a vernos hace unos meses. Íbamos a decírtelo, de verdad, pero todo se complicó. Nos vamos a casar. Mis padres y los tuyos están de acuerdo en que es lo mejor para el bebé.

En ese milisegundo exacto, una serie de piezas encajaron en la mente de Miles con una crueldad matemática. Entendió las llamadas nocturnas que Sara no respondía. Entendió por qué, durante los últimos tres meses, ella siempre tenía una excusa perfecta para no pasar la noche juntos en el departamento que estaban decorando: un dolor de cabeza, el cansancio del trabajo, una cena familiar a la que él no estaba invitado. No era estrés por los preparativos de la boda; era que ya estaba en la cama de su hermano.

Su madre se había acercado, intentando tocarle el hombro con condescendencia.

—Hijo, tienes que ser fuerte. Tu hermano cometió un error, pero un niño viene en camino. No podemos armar un escándalo. Tienes que apoyarlos por el bien de la familia.

El recuerdo se cortó de golpe cuando un fuerte golpe sobre el mostrador de la recepción hizo que Miles diera un salto en la silla. El aire de la sala de sus padres desapareció, reemplazado instantáneamente por el olor a sal y madera vieja del hostal.

Ezra estaba parado frente a él, con una sonrisa amplia y sosteniendo dos manzanas rojas en las manos.

—Estás flotando en el limbo otra vez, contador —dijo Ezra, lanzando una de las manzanas al aire y atrapándola con agilidad—. Llevas diez minutos mirando fijamente un recibo de la carnicería de hace dos años. Si sigues así, el desorden va a ganar la batalla.

Miles se frotó la frente, tratando de disipar el dolor de cabeza que el recuerdo le había dejado. Miró a Ezra, notando que el dueño del hostal parecía estar de muy buen humor, aunque sus ojos oscuros tenían un brillo febril y sus labios se veían sutilmente resecos.

—Estaba haciendo memoria de unas cuentas, nada importante —mintió Miles, cerrando el libro de registro con más fuerza de la necesaria.

—Menos pantallas y más acción —dijo Ezra, guardándose la manzana en el bolsillo de su camisa de lino—. El sol está bajando y la luz en el muelle es perfecta. Trae tu cámara. Vamos afuera.

—Tengo que terminar de clasificar las facturas del año pasado —protestó Miles, aferrándose a su rutina como a un escudo.

—Las facturas del año pasado no se van a mover de ahí, pero el atardecer dura apenas veinte minutos —replicó Ezra, rodeando el mostrador y tomando a Miles del brazo para obligarlo a levantarse.

Al sentir el contacto, Miles volvió a notar la extraña calidez de la piel de Ezra. Estaba ardiendo. Además, al ponerse de pie, Ezra tuvo un pequeño tropiezo, un leve balanceo que corrigió de inmediato apoyándose con firmeza en el borde del mueble. Miles frunció el ceño.

—¿Te encuentras bien? Estás muy caliente. ¿Tienes fiebre?

Ezra soltó una carcajada despectiva, aunque por dentro su corazón dio un vuelco. El dolor en su costado derecho seguía allí, como un animal dormido que despertaba ante cualquier movimiento brusco.

—Es el verano de la costa, Stone. Aquí todos estamos a punto de hervir —respondió Ezra con ligereza. Acto seguido, metió la mano en su bolsillo, sacó un pequeño frasco cilíndrico de plástico blanco sin etiqueta y extrajo tres pastillas grandes y de color amarillo brillante. Se las metió a la boca juntas y las masticó sin agua, haciendo una mueca rápida ante el sabor amargo.

—¿Qué es eso? —preguntó Miles, señalando el frasco—. Tomas demasiadas pastillas desde que llegué.

—Vitaminas concentradas —mintió Ezra sin parpadear, guardando el frasco con rapidez—. Para la fatiga del verano. Administrar este palacio flotante consume mucha energía. Deja de hacer preguntas de médico y busca tu cámara. Te espero en el porche.

Miles dudó un segundo. Sabía que las vitaminas no solían tomarse de esa manera ni provocaban esa palidez instantánea que Ezra intentaba ocultar con su sonrisa burlona, pero decidió no insistir. Al fin y al cabo, solo era un huésped temporal y no tenía derecho a meterse en la vida de un extraño. Entró a su habitación, tomó la funda de la cámara réflex y bajó los escalones hacia el muelle.

El muelle viejo de Bahía Centinela se extendía unos cincuenta metros hacia el interior del mar. Las maderas del suelo estaban gastadas, astilladas y carcomidas por la sal, dejando ver el agua oscura que se movía perezosamente abajo. El sol comenzaba a ocultarse detrás de las colinas del pueblo, tiñendo las nubes de un color naranja encendido y violeta. Era la estética exacta de una tarde de verano melancólica.

Miles se colocó la cámara en el ojo. Se arrodilló en el muelle, buscando el ángulo perfecto. Ajustó el diafragma, midió la luz con precisión y esperó a que una gaviota se posara exactamente en el extremo de un pilar de madera para que la composición cumpliera con la regla de los tercios. Quería una línea limpia, una simetría impecable.

—Eso es una porquería —dijo la voz de Ezra a sus espaldas.

Miles bajó la cámara, molesto, y miró hacia arriba. Ezra estaba sentado en el borde del muelle, con las piernas colgando hacia el agua, balanceándolas de forma descuidada.

—¿Qué dijiste? —preguntó Miles, a la defensiva.

—Dije que tu foto es una porquería —repitió Ezra, mirándolo sobre el hombro—. Estás buscando la perfección de un catálogo de turismo. Todo alineado, todo limpio, todo muerto. Las fotos reales no son perfectas, Stone. Tienen que doler, o tienen que quemar, o tienen que mostrar lo que realmente está pasando.

—La fotografía tiene reglas de composición, Ezra. El orden visual es lo que le da belleza a una imagen —explicó Miles con el tono rígido de un contador.

Ezra se levantó con un suspiro dramático. Se acercó a Miles, le tomó la cámara por el lente y la apuntó directamente hacia abajo, hacia una zona del muelle donde la madera rota dejaba ver una cuerda vieja, enredada y cubierta de algas secas, iluminada de medio lado por la luz moribunda del sol.

—Mira por ahí —ordenó Ezra.

Miles se vio obligado a mirar a través del visor. El encuadre era caótico. Había sombras duras, la cuerda rota se veía sucia y no había simetría alguna.

—¿Ves eso? —susurró Ezra, muy cerca de su oído—. Eso es real. Está roto, está viejo, está abandonado, pero tiene una historia. Tu vida en la ciudad debe ser como tus fotos: un montón de líneas perfectas donde nadie tiene permitido desordenarse. Por eso tienes esa mirada tan triste, contador. Porque estás intentando encuadrar un mundo que ya se te rompió por dentro.

Las palabras de Ezra golpearon a Miles con la fuerza de una ola texturizada. El aire se le escapó de los pulmones. ¿Cómo podía este hombre, que apenas lo conocía de dos días, leer tan perfectamente el vacío que cargaba en el pecho? La mención del "mundo roto" hizo que la imagen de la ecografía de Sara volviera a cruzar por su mente.

Sintiendo una mezcla de rabia y una vulnerabilidad que lo asustaba, Miles apartó la cámara del agarre de Ezra de un tirón.

—Tú no sabes nada de mi vida —dijo Miles con la voz temblorosa, dando un paso atrás.

Ezra lo miró con una suavidad inesperada en sus ojos oscuros. La burla había desaparecido por completo, reemplazada por una comprensión profunda y madura. Ezra sabía lo que era tener el mundo roto; la diferencia era que el suyo se estaba rompiendo a nivel celular y no tenía forma de arreglarlo.

—No necesito saber los detalles para ver el daño, Miles —dijo Ezra en voz baja, dando la vuelta para mirar el horizonte dorado—. Solo te digo que dejes de buscar la perfección en este pueblo. Aquí no la vas a encontrar. El verano se acaba, las cosas se pudren y la gente se va. Aprende a fotografiar el desastre, porque eso es lo único que nos queda al final.

Miles no respondió. Se quedó de pie en el muelle, con la cámara pesándole en las manos, mirando la silueta de Ezra recortada contra el último destello del sol. El viento del mar sopló con más fuerza, agitando la camisa blanca de Ezra y revelando, por un instante, lo delgada que se estaba volviendo su silueta.

En ese momento, Miles tomó la cámara, la apuntó hacia Ezra de forma instintiva y, sin medir la luz, sin buscar la simetría y con el pulso ligeramente tembloroso, presionó el obturador.

El clic de la cámara resonó en el muelle vacío. En la pantalla digital, la foto se veía borrosa en los bordes, el rostro de Ezra estaba a medio iluminar por la sombra y el fondo estaba sobreexpuesto. Era una foto imperfecta, caótica y extraña. Pero cuando Miles la miró detalladamente, sintió un vuelco en el estómago. Era la foto más hermosa y real que había tomado en toda su vida.

1
Beisy Antunez
muy bueno gracias
Beisy Antunez
Gracias que amor tan lindo nacido del dolor de cada uno, llore mucho con esta historia 😭 pero fue hermosa
Skay P.: Gracias por la compañía, mi cielo.
Tenemos otras excelentes historias para alegrar el corazón. ¡Besitos!✨️🦋
total 1 replies
Smer
y justo escuchando la nave del olvido de José José 😭
Skay P.: ¡Uy! Disculpa, mi Chickis.
En mi perfil, encontrarás historias que sanan el corazón. Además, esta historia tiene un final alternativo muy bonito. 🫣🫰✨️
total 1 replies
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play