Me vendí a un mafioso por un año para salvar la librería de mi madre, pero él decidió que si soy su esposa, soy suya para siempre.
NovelToon tiene autorización de Maria Luisa Soto Rios para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El Embarazo
Elena supo que estaba embarazada porque el olor a café le dio asco.
Llevaba 3 años tomando café como si fuera agua. Café malo, café instantáneo quemado, café de la máquina nueva de 5 mil dólares que Lorenzo le había comprado para la librería y que ella amaba más que al propio Lorenzo algunas mañanas.
Pero esa mañana, martes, 6:47 am, bajó a la cocina en la mansión que ya no era mansión sino "casa con búnker" como ella le decía, con la camiseta gris de Lorenzo que ya era oficialmente suya porque él se había comprado 10 iguales para que ella tuviera para toda la semana, y Agata le sirvió su café con una de azúcar como siempre, y Elena sintió que el estómago se le daba vuelta y corrió al baño a vomitar.
Vomitó 3 veces. Con fuerza. Como si hubiera tomado tequila barato, que no había tomado.
Agata entró detrás de ella sin tocar la puerta, con una toalla, con agua, con cara de "yo ya vi esto antes".
"Señora...", dijo Agata, sosteniéndole el pelo que ya no era largo suelto sino recogido en un moño desordenado porque Lorenzo le había dicho que con moño se veía más como su esposa y menos como su prisionera. "¿Cuándo fue su última regla?"
Elena, pálida, sentada en el suelo frío del baño de mármol, con la camiseta gris subida y con el collar de diamantes que chocaba contra el inodoro, se quedó pensando.
No se acordaba. Había sido... ¿hace 3 semanas? ¿Hace 5? Con todo lo de Suiza, lo de los 67 millones, lo de aprender a disparar, lo de que Dmitri había desaparecido de Chicago después de que Irina lo amenazara con desheredarlo si tocaba a Elena, se le había olvidado.
"¿No se acuerda?", preguntó Agata, con una sonrisa pequeña que Elena nunca le había visto.
"No. ¿Por qué? ¿Estoy enferma? ¿Es el estrés? ¿Es...?"
Agata salió del baño y volvió con una caja. Una caja pequeña de farmacia. Que Elena supo que Agata tenía guardada desde hacía tiempo porque Agata guarda todo, desde hilos quirúrgicos hasta pruebas de embarazo, por si las Volkov las necesitan.
"Tome. Haga. Yo espero afuera. Y no le digo al señor hasta que usted me diga. Pero apúrese porque el señor baja a las 7 en punto y si la ve en el suelo del baño vomitando se va a volver loco y va a llamar a un doctor, a un helicóptero, a un exorcista y a su madre. En ese orden."
Elena tomó la caja. Era una prueba de embarazo digital, de esas caras que dicen "Embarazada" o "No Embarazada" sin líneas confusas.
Se encerró en el baño. Hizo pis con manos temblorosas. Puso la prueba sobre el lavabo y esperó 3 minutos que se sintieron como 3 años.
3 minutos mirando su cara pálida en el espejo, con el collar de diamantes, con la camiseta de Lorenzo, con el pelo recogido, con la cicatriz invisible de ser hija de un Volkov adoptado y esposa de un Volkov de sangre.
El reloj marcó 6:51 am.
La prueba dijo: EMBARAZADA - 3+ semanas.
Elena se sentó en el suelo otra vez. Con la prueba en la mano. Llorando y riéndose a la vez, como siempre que algo muy grande le pasaba.
Embarazada. De Lorenzo. Del mafioso que la compró por 487 mil dólares. Del hombre que le puso estanterías de roble. Del hombre que la dejó disparar al corazón de papel y que lloró con ella en un banco suizo.
Estaba embarazada de 3 semanas. Eso significaba... eso significaba que fue la noche del búnker. La noche que le dijo te amo. La noche que él la besó con olor a pólvora y ella le dijo que lo amaba aunque fuera un mafioso con búnker.
"Agata...", susurró.
Agata entró, vio la prueba, vio la cara de Elena y se llevó las manos a la boca, llorando también, porque Agata había criado a Lorenzo desde que tenía 5 años y nunca lo había visto feliz hasta que llegó Elena, y ahora iba a haber un bebé Volkov que no iba a tener que ver cómo mataban a alguien a los 14.
"¿Se lo digo?", preguntó Agata.
"No. Se lo digo yo. Pero... ¿cómo se lo digo? ¿Le envuelvo la prueba en papel regalo? ¿Le digo 'felicidades, vas a ser papá y vas a tener que cambiar pañales con esas manos que rompen rodillas'?"
"Usted es Volkov ahora. Las Volkov no envuelven en papel regalo. Dicen directo. Como cuando le dijo a Irina que su vestido rojo era de mujer que no tiene miedo."
Elena se levantó, se lavó la cara, se puso una bata encima de la camiseta gris, guardó la prueba en el bolsillo de la bata y bajó a la cocina. Justo a las 7 en punto.
Lorenzo bajaba las escaleras. Con traje gris oscuro, camisa blanca, sin corbata, con el pelo peinado, con la herida del costado ya casi curada con la cicatriz nueva que se unía a las viejas, con cara de jefe que va a comerse Chicago.
La vio en la cocina, pálida, con la bata, con el pelo recogido, con una mano en el bolsillo de la bata apretando algo.
"Buenos días, esposa. ¿Por qué estás pálida? ¿No dormiste? ¿Te duele algo? ¿Quieres que llame al doctor? ¿A Viktor? ¿A mi madre?"
Elena se acercó a él. Le acomodó la corbata que no traía, solo para tocarlo.
"Lorenzo, ¿te acuerdas de la regla número quince?"
"¿La del chocolate? Sí, ¿por qué? ¿Quieres más chocolate? Te lo compré todo..."
"No. La parte que dice 'aunque me cueste la vida'. ¿Te acuerdas que prometiste no esconderme nada aunque te cueste la vida?"
Lorenzo se tensó al instante. Su mano fue a su cintura, donde tenía la pistola aunque estuviera en su casa.
"¿Qué pasó? ¿Qué te dijo Viktor? ¿Dmitri...?"
"Nada. Nadie. Solo... solo que yo también tengo que cumplir la regla quince. No esconderte nada."
Sacó la prueba del bolsillo y se la puso en la mano.
Lorenzo la miró. Vio la pantallita azul. Leyó "EMBARAZADA". Leyó "3+ semanas". Leyó dos veces. Tres veces.
Se quedó quieto. Completamente quieto. Como si le hubieran disparado.
"¿Qué es esto?", preguntó con voz ronca, que no era de jefe, era de niño.
"Es una prueba de embarazo, Lorenzo. No es un contrato. No es un acta de banco. Es... vas a ser papá. Yo voy a ser mamá. Vamos a ser... vamos a ser tres."
Silencio en la cocina. Agata contenía la respiración en la puerta. Viktor, desde afuera, miraba por la ventana sin entender por qué el señor no se movía.
Lorenzo miró la prueba, luego miró a Elena, luego otra vez la prueba, luego otra vez a Elena, con los ojos cada vez más rojos, más brillantes.
"¿Estás... estás embarazada?", preguntó, como si necesitara oírlo en voz alta.
"Sí."
"¿De mí?"
Elena se rio, llorando.
"No, de Viktor. Obviamente de ti, idiota. ¿De quién más? ¿De Kevin? ¿Kevin no sabe ni disparar ni coser?"
Lorenzo no se rio. Dejó caer la prueba sobre la isla de mármol con cuidado, como si fuera de cristal, y la tomó en brazos. La levantó, con bata y todo, con fuerza, con desesperación, con una alegría tan grande que no le cabía en el pecho de 1.92.
"¿Estás segura? ¿Fuiste al doctor? ¿Estás bien? ¿Vomitaste? ¿Te duele algo? ¿Quieres sentarte? ¿Quieres agua? ¿Quieres...?"
"¡Lorenzo! ¡Bájame! ¡Me vas a apretar al bebé!"
"¡Al bebé! ¡Hay un bebé! ¡Elena, hay un bebé Volkov! ¡Un bebé Moretti Volkov!"
La bajó pero no la soltó. La besó. En la frente, en los ojos, en la nariz, en la boca, en el cuello, en el collar de diamantes, en la panza que todavía estaba plana pero que él ya miraba como si fuera lo más sagrado del mundo.
"Te amo", dijo, con lágrimas cayéndole ahora sí, sin vergüenza, por su cara de mafioso. "Te amo, te amo, te amo. Gracias. Gracias por no dejarme. Gracias por quedarte. Gracias por ser Volkov. Gracias por darme un bebé."
Elena lloraba también, abrazada a su cuello, con las piernas en su cintura, como si fuera una niña.
"¿Sabes qué significa esto?", preguntó Lorenzo, con la frente contra la de ella, con una mano enorme sobre su vientre plano, cubriéndolo todo.
"¿Qué?"
"Que ahora sí no te dejo ir nunca. Ni en un año, ni en diez, ni en cincuenta. Que ahora eres mi esposa de verdad. No por contrato. No por 487 mil. Por esto. Por nosotros. Y que ahora tengo que matar a Dmitri de verdad, porque si alguien toca a mi bebé, lo mato. No lo asusto. Lo mato."
"Regla número dieciséis", susurró Elena.
"¿Cuál?"
"Cuando un Volkov se entera que va a ser papá, no amenaza con matar a nadie por 24 horas. Solo dice te amo y compra antojos."
"¿Qué antojo tienes?"
"Ahora mismo, de que me bajes y me hagas hotcakes. Con mucho chocolate suizo. El que me compraste."
"¿Hotcakes a las 7 am?"
"Hotcakes a las 7 am con tu bebé en mi panza. ¿Vas a discutir con una embarazada que sabe disparar al corazón?"
Lorenzo la bajó, con cuidado infinito, como si fuera de cristal, y la sentó en la isla de la cocina, y le hizo hotcakes. Mal hechos, quemados, con forma de nada, pero con mucho chocolate suizo.
Agata lloró en la cocina. Viktor, afuera, le mandó un mensaje a Irina: "Señora, la señora Elena está embarazada. 3 semanas. El señor lloró. Está haciendo hotcakes. Quemados."
Irina contestó a los 2 segundos: "¿Lloró él?"
Viktor: "Sí. Mucho."
Irina: "¿Y ella?"
Viktor: "También. Pero pide hotcakes."
Irina: "Perfecto. Voy para allá. Con regalo. Y dile a ese idiota que si quema la cocina, lo mato yo antes de que nazca mi nieto."
Y apagó el teléfono, con la mano en el corazón, por primera vez en 20 años sintiendo que la familia Volkov no era solo sangre y dinero y muerte.
Era también una chica con camiseta gris, con collar de diamantes, embarazada de 3 semanas, pidiendo hotcakes quemados a las 7 de la mañana en una cocina de mármol negro.