Con solo 23 años, un joven profesor llegó al colegio con una carpeta llena de sueños y el corazón nervioso por conseguir trabajo. No imaginaba que aquel lugar cambiaría su vida para siempre. Entre pasillos, sonrisas y nuevas oportunidades, conocería a una persona que le enseñaría que el verdadero éxito no solo está en alcanzar metas, sino también en encontrar a alguien con quien compartir cada logro, cada caída y cada felicidad. Lo que comenzó como una simple búsqueda de empleo terminó convirtiéndose en la historia de amor más importante de su vida.
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Capítulo 3: “El puesto es suyo, profesor”
”
Habían pasado tres días desde la entrevista en el Instituto Nuevo Horizonte y sinceramente, parce… yo ya estaba perdiendo la paciencia de tanto esperar.
Esos tres días se sintieron eternos.
Cada vez que sonaba el celular, el corazón se me aceleraba horrible pensando que podían ser ellos. Pero casi siempre eran mensajes bobos, llamadas equivocadas o promociones de operadores.
Y aunque trataba de verme tranquilo delante de mi mamá, por dentro estaba lleno de miedo. Porque necesitaba ese trabajo con toda el alma.
No era solamente por mí.
Era por Daniela
Por sus pañales.
Por su leche.
Por su ropa.
Por darle un futuro mejor.
Esa mañana me desperté temprano porque Daniela ya estaba despierta haciendo sonidos raros desde la cuna. El ventilador daba vueltas haciendo ruido mientras el calor de Cúcuta ya se sentía fuerte aunque apenas eran las siete de la mañana.
Yo me levanté medio dormido y fui a cargarla.
—Buenos días, princesa —le dije dándole un beso en la frente.
La niña soltó una risita y me agarró la nariz con esas manitos pequeñas.
Parce… esa niña tenía mis mismos ojos cafés oscuros y cada vez se parecía más a mí.
La llevé cargada hasta la cocina donde mi mamá ya estaba preparando desayuno.
—Mire quién amaneció con hambre otra vez —dijo ella riéndose al ver a Daniela intentando agarrar el pan.
—Uy no, esta niña come más que yo.
Mi mamá soltó una carcajada mientras servía chocolate caliente.
Pero sinceramente yo no estaba tan tranquilo como aparentaba.
Tenía la cabeza llena de pensamientos.
“¿Y si no me llaman?”
“¿Y si escogieron otro profesor?”
“¿Y si nunca consigo trabajo?”
Esas preguntas me daban vueltas todos los días.
Después del desayuno me puse a lavar unos platos mientras Daniela estaba sentada en el piso jugando con unos juguetes viejos que mi mamá le había comprado en el centro.
Cada rato ella hacía reguero y yo tenía que ir detrás acomodando todo.
—Ay Daniela, usted sí es terremoto —le dije mientras le quitaba una cuchara de la boca.
Ella soltó una carcajada y empezó a gatear rapidísimo por toda la sala.
Mi mamá salió un rato a comprar unas cosas donde la vecina y yo me quedé solo con la niña.
En ese momento estaba doblando ropa limpia sentado en el sofá mientras veía a Daniela jugar cuando el celular empezó a sonar encima de la mesa.
Parce… apenas escuché el timbre sentí que el corazón me brincó horrible.
Miré la pantalla.
Número desconocido.
Tragué saliva nervioso antes de contestar.
—¿Aló?
—Buenos días, ¿hablo con el profesor Rafael Araujo?
Uy no… ahí mismo sentí que las manos me empezaron a sudar.
—Sí señor, con él habla.
—Mucho gusto. Le hablamos del Instituto Nuevo Horizonte.
Parce, yo dejé de respirar unos segundos.
Miré a Daniela que seguía jugando tranquila en el piso sin imaginarse que esa llamada podía cambiarnos la vida.
—Sí señor… dígame.
El hombre habló tranquilo desde el otro lado de la llamada.
—Profesor Rafael, estuvimos revisando cuidadosamente su entrevista y queremos informarle que nos gustó mucho su perfil profesional.
Yo sentía el corazón latiéndome durísimo en el pecho.
—Muchas gracias, señor…
—Además, creemos que usted tiene muy buena conexión con jóvenes y eso es algo importante para nuestra institución.
Parce… yo ya sentía ganas de llorar del nerviosismo.
Entonces él finalmente dijo las palabras que me cambiaron todo.
—El puesto es suyo, profesor. Bienvenido al Instituto Nuevo Horizonte.
Uy no.
Ahí mismo sentí que las piernas me temblaron.
Me tapé la boca con la mano porque automáticamente se me aguaron los ojos.
—¿En serio, señor? —pregunté con la voz quebrada.
—Claro que sí. Nos gustaría que empezara mañana a las 7:30 AM.
Las lágrimas empezaron a salírseme solas.
—Muchísimas gracias… de verdad… muchísimas gracias…
La voz se me quebraba horrible del llanto.
El señor siguió hablando:
—Va a estar encargado de 2do de bachillerato en el área de sociales. Necesitamos que mañana llegue puntual para firmar algunos documentos y presentarse con el curso.
Parce… escuchar eso me dio todavía más emoción.
2do de bachillerato.
Mi primer curso oficial como profesor.
—Sí señor… allá estaré puntual. No los voy a decepcionar.
—Estamos seguros de eso, profesor Rafael. Bienvenido a la institución.
—Gracias señor… de verdad gracias…
Apenas colgué el teléfono me quedé quieto mirando el piso unos segundos.
Y luego… me quebré completamente.
Parce, empecé a llorar durísimo.
Sentía el pecho apretado y las lágrimas cayéndome sin poder controlarlas.
Después de tantos meses preocupado… después de tantas hojas de vida… después de tantas noches sintiendo miedo… por fin algo bueno estaba pasando.
Daniela me miró desde el piso confundida y empezó a gatear hacia mí.
Cuando llegó levantó sus manitos pa’ que la cargara.
Uy no… ahí sí lloré más duro todavía.
La levanté rápido y la abracé fuerte contra mi pecho.
—Lo logramos, mi amor… lo logramos…
La niña me tocaba la cara curiosa mientras yo lloraba y me reía al mismo tiempo.
En ese momento mi mamá entró a la casa y apenas me vio llorando se asustó.
—¿Qué pasó? ¿Qué pasó, Rafa?
Yo apenas podía hablar de la emoción.
—Mamá… el trabajo… el trabajo es mío…
Mi mamá abrió los ojos y enseguida empezó a llorar también.
—¡Ay gloria a Dios! ¡Sí ve, mijo! ¡Sí ve que sí pudo!
Ella me abrazó fuerte mientras yo seguía llorando con Daniela en brazos.
—Empiezo mañana… a las siete y media…
Mi mamá se tapó la boca emocionada.
—Ay no, Rafael… su papá debe estar orgulloso desde el cielo.
Uy no, parce… escuchar eso me rompió más.
Porque era verdad.
Mi papá siempre soñó con verme convertido en profesor y aunque ya no estaba conmigo, yo sentía que de alguna forma seguía acompañándome.
Mi mamá me agarró la cara sonriendo entre lágrimas.
—Ahora sí empezó lo bueno pa’ esta casa.
Yo respiré profundo intentando calmarme mientras veía a Daniela jugar con el cuello de mi camisa.
—Todo esto es por ella, mamá.
—Y ella algún día va a sentirse muy orgullosa del papá que tiene.
Pasamos el resto de la tarde hablando emocionados sobre el trabajo. Mi mamá me ayudó a escoger la ropa pa’l primer día y dejó la camisa blanca bien planchadita.
—Tiene que verse elegante porque ya es profesor serio —decía ella riéndose.
Yo también me reía, pero por dentro seguía sintiendo demasiada emoción.
Esa noche casi no pude dormir.
Me la pasé pensando en cómo sería conocer a los estudiantes de 2do de bachillerato. Pensaba en las clases, en el salón, en todo.
Pero sobre todo… pensaba en Daniela.
Porque gracias a ella encontré fuerzas cuando sentía que ya no podía más.
Antes de dormir me acerqué a la cuna y me quedé mirándola dormir tranquilita abrazando su mantita rosada.
Le acaricié despacito la cabecita y murmuré bajito:
—Papi va a darlo todo por usted, princesa. Siempre.
Y mientras apagaba la luz del cuarto, entendí que al día siguiente no solo iba a empezar un trabajo nuevo.
Iba a empezar una nueva vida para nosotros.