Un joven sufre un accidente automovilístico después de una noche Que se borracha porque pierde la mujer que amaba y queda en coma durante dos años. En el hospital, una doctora se encarga de su cuidado diario y nunca pierde la esperanza de que despierte.
Con el tiempo, su dedicación crea un vínculo especial entre ambos, más allá de lo médico. Cuando el chico finalmente despierta, comienza una nueva etapa de recuperación donde poco a poco ambos descubren que lo que los une se convierte en amor.
NovelToon tiene autorización de Yulexi De Fernández para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 18: Edwin no dejaba de llorar
Habían pasado tres meses desde que me descubrieron la anemia.
Y sinceramente…
yo ya no me sentía bien casi nunca.
Al principio pensé que con las vitaminas y obligándome a comer un poquito más todo iba a mejorar.
Pero no.
Cada semana me sentía peor.
Más cansada.
Más débil.
Ya casi no salía.
A veces Edwin me invitaba a caminar y yo inventaba excusas porque el cuerpo simplemente no me daba.
Y lo peor era que yo seguía ocultando muchas cosas.
Porque no quería preocuparlo.
Pero llegó un punto donde ya era imposible esconderlo.
Ese día amanecí sintiéndome horrible.
Ni siquiera fui capaz de levantarme de la cama.
El cuerpo me pesaba demasiado.
La cabeza me daba vueltas.
Y sentía un dolor raro en el pecho y el estómago.
Mi mamá había salido temprano y yo estaba sola en la habitación.
Intenté sentarme despacio…
pero apenas me levanté un poquito sentí unas náuseas horribles.
Corrí como pude al baño.
Y ahí pasó.
Vomité sangre.
Mucha.
Yo me quedé congelada mirando el lavamanos.
Sentí el corazón acelerarse horrible.
Las manos me comenzaron a temblar.
—“No… no…”
Intenté respirar profundo.
Pero de repente sentí algo caliente bajándome por la nariz.
Sangre.
También me estaba saliendo sangre por la nariz.
Ahí sí me asusté de verdad.
Muchísimo.
Me senté en el piso del baño temblando.
Porque una cosa era sentirse débil…
y otra muy diferente era ver sangre así.
Yo respiraba rápido intentando no llorar.
Pero ya no podía seguir fingiendo que no era grave.
No podía.
Después de unos minutos logré volver a la cama como pude.
Sentía el cuerpo demasiado débil.
Agarré el celular con las manos temblando.
Y solo pensé en una persona.
Edwin.
Lo llamé.
Contestó rápido.
—“Hola princesa.”
Apenas escuché su voz…
comencé a llorar.
Él se quedó en silencio un segundo.
Y luego habló preocupado.
—“¿Valeria?”
Yo intenté hablar normal.
Pero la voz me salía quebrada.
—“Edwin…”
—“¿Qué pasó?”
Ahí ya no fui capaz de aguantarme.
—“No me siento bien…”
Escuché cómo inmediatamente cambió el tono de voz.
—“¿Qué tiene? ¿Qué pasó?”
Yo respiraba mal.
—“Vomité sangre…”
Silencio.
Completo.
Y luego escuché su respiración acelerarse.
—“¿Qué?”
Yo seguí llorando bajito.
—“Y me salió sangre por la nariz…”
Escuché un golpe al otro lado del teléfono, como si hubiera agarrado las llaves rápido.
—“No se mueva de ahí.”
Yo me limpié la cara llorando.
—“Edwin…”
Y ahí fue cuando escuché algo que jamás pensé escuchar.
Él comenzó a llorar.
De verdad.
No fuerte.
Pero sí ese llanto que uno intenta aguantar y no puede.
Su voz se quebró horrible.
—“¿Por qué no me dijo que estaba tan mal?”
Eso me rompió más.
Porque se escuchaba demasiado asustado.
—“No quería preocuparte…”
Él respiró profundo intentando calmarse.
Pero seguía llorando.
—“Valeria, usted no entiende el susto que me está haciendo pasar.”
Yo cerré los ojos sintiendo culpa.
—“Perdón…”
—“No me pida perdón, princesa… solo dígame que está bien.”
Pero ni yo sabía si estaba bien.
Y creo que él también lo sabía.
Escuchaba el carro arrancar mientras hablábamos.
Seguro venía manejando rápido como loco.
—“Ya voy para allá.”
Yo respiré lento.
Sentía el cuerpo demasiado cansado.
—“Edwin…”
—“¿Sí?”
—“Tengo miedo.”
Y esa frase lo quebró más.
Escuché cómo intentó respirar profundo.
—“No diga eso…”
Su voz sonaba destruida.
Como si estuviera intentando mantenerse fuerte por mí.
—“No le va a pasar nada, ¿sí me escucha?”
Yo me limpié las lágrimas.
—“Mmm…”
—“Míreme…”
Yo solté una risa triste.
—“¿Cómo te miro si estamos por llamada?”
Él soltó una pequeña risa llorando.
Y eso me partió el alma.
Porque Edwin casi nunca lloraba.
Nunca.
Y ahora estaba completamente asustado por mí.
—“Escúcheme bien” —dijo intentando sonar firme— “usted no se me va a rendir.”
Yo cerré los ojos.
—“Estoy cansada…”
Silencio.
Y luego escuché cómo lloró otra vez bajito.
—“No diga eso, por favor.”
Yo sentía el pecho pesado.
Muy pesado.
No solo físicamente.
También emocionalmente.
Porque en ese momento entendí cuánto me amaba Edwin realmente.
Él seguía hablando mientras manejaba.
Tratando de tranquilizarme.
Preguntándome cómo estaba respirando, si seguía sangrando, si estaba sola.
Y yo solo quería que llegara rápido.
Porque sinceramente…
nunca me había sentido tan débil en toda mi vida.
Después de unos minutos escuché el carro frenar duro afuera de la casa.
La puerta abrirse de golpe.
Y pasos rápidos subiendo las escaleras.
Hasta que la puerta de mi cuarto se abrió.
Edwin entró desesperado.
Con los ojos rojos.
La respiración acelerada.
Y apenas me vio acostada en la cama…
se le llenaron otra vez los ojos de lágrimas.
—“Ay no, princesa…”
Corrió hacia mí inmediatamente.
Y ahí fue cuando entendí algo que jamás voy a olvidar:
a veces uno no se da cuenta de cuánto lo aman…
hasta que ve a alguien romperse del miedo por perderlo.