En el oscuro y despiadado submundo de Chicago, la dinastía criminal de los Rossi-Richi gobierna las calles con mano de hierro a través de la Santísima Trinidad: los jóvenes herederos Camilo, Franco y Elena.
Sin embargo, el tranquilo equilibrio familiar tambalea cuando Camilo, el gélido estratega del imperio, se obsesiona con Isabella Vance, una brillante restauradora de arte a quien secuestra en Nueva York tras borrar su identidad del mapa. Confinada en la mansión familiar, la profunda depresión inicial de Isabella da paso a una fría madurez. Tras comprender que la piedad no existe entre sus captores, Isabella comienza a utilizar la asfixiante fijación de Camilo a su favor para volverse indispensable en los negocios financieros.
En medio de guerras territoriales, peligrosas rebeliones y los feroces celos de Elena por mantener su lugar sagrado en el clan, se desata un letal juego de ajedrez donde la supervivencia depende de manipular la obsesión.
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Capitulo 20
Dos semanas después, ya estaban en New York, el viaje se había retrasado una semana por inconvenientes que habían tenido con sus cargamentos estos últimos días. Sabían perfectamente que detrás de todo eso estaban los viejos de la comisión, pero pronto dejarían de existir
Esa mañana la lluvia de Nueva York caía con una fuerza inclemente, golpeando los cristales polarizados de la camioneta blindada que avanzaba por las avenidas de Manhattan. En el asiento trasero, el silencio entre Camilo e Isabella no era el de antes, cargado de hostilidad y miedo, era una calma tensa, una tregua tejida con hilos de necesidad mutua. Desde que habían salido de Chicago junto a Franco y Elena, el viaje de negocios para auditar la galería de Chelsea se había transformado en un escenario donde la cercanía forzada había empezado a limar las asperezas más duras de su cautiverio
Camilo la observaba de reojo, notando cómo la palidez de sus mejillas se encendía levemente con el reflejo de las luces de su antigua ciudad. Isabella ya no llevaba las ropas holgadas de su encierro en el ala este, vestía un abrigo largo oscuro de corte elegante que Camilo mismo había seleccionado para ella. Su madurez y su fría aceptación del tablero habían despertado en el joven estratega algo más profundo que una simple obsesión posesiva: había un respeto genuino hacia su intelecto, una fascinación que iba más allá del control de sus armas
— Estamos llegando a los almacenes de Queens, Isabella — dijo Camilo, su voz baja y desprovista de esa cadencia gélida que usaba con sus hombres — Franco y Elena ya están en la galería principal coordinando el papeleo. Tú solo tendrás que certificar las piezas del inventario que marcaste en la biblioteca. No te apartes de mi lado
Isabella se volvió hacia él, clavando sus ojos castaños en la mirada oscura del líder. Por primera vez, no sintió el impulso de escupirle un reproche
— No tengo intenciones de apartarme, Camilo. Sé perfectamente que las calles de Nueva York ya no son mi hogar, sino el territorio de tus enemigos. Solo quiero terminar con esto y asegurar el valor de tu colección
Camilo sintió un vuelco sutil en el pecho. Ver que ella se incluía en el destino de la familia, aunque fuera por pura lógica de supervivencia, era la victoria más grande que había alcanzado en su tablero personal. Le tomó la mano con suavidad, un gesto imprevisto que hizo que Isabella contuviera el aliento pero no retirara los dedos. En ese cruce de miradas en la penumbra del vehículo, una chispa invisible comenzó a reescribir las reglas de su relación, un acercamiento silencioso que ninguno de los dos se atrevía a admitir en voz alta.
La camioneta frenó en seco frente a la entrada de un inmenso almacén industrial de ladrillo visto, cerca de los muelles de Queens. El lugar estaba rodeado por una neblina densa que subía del río East. Dos guardias de confianza de los Rossi abrieron las puertas del vehículo, protegiendo a la pareja con paraguas negros mientras avanzaban hacia el interior del almacén
El almacén albergaba docenas de cajas de madera que contenían las pinturas y esculturas que la organización utilizaba para el blanqueo de capitales. Isabella se acercó a la primera mesa de trabajo, abriendo su maletín de Nueva York con una rapidez profesional que Camilo observaba con un orgullo mal disimulado. Durante las primeras dos horas, la joven desglosó los barnices y analizó las firmas de los cuadros con una concentración admirable, ganándose las miradas de aprobación de los hombres de seguridad
Camilo permanecía a su lado, actuando no como un captor, sino como un custodio devoto, alcanzándole las herramientas y escuchando sus explicaciones técnicas con una fijeza absoluta. La distancia física entre ellos se redujo a la nada, cada roce de hombros, cada cruce de manos al pasar un disolvente, se sentía cargado de una intimidad nueva que empezaba a quebrar la armadura de Isabella
Sin embargo, la paz de la tregua duró poco.
A las cinco de la tarde, justo cuando Isabella se disponía a sellar el informe de la última pieza renacentista, un estruendo ensordecedor sacudió las paredes del almacén. La puerta de entrada fue derribada por el impacto de un camión de carga, y en cuestión de segundos, el silencio del lugar fue devorado por el estrépito de los disparos de armas automáticas
— ¡Emboscada! — gritó el sargento de los Rossi, cayendo al suelo abatido antes de que pudiera sacar su arma
Camilo reaccionó con la velocidad del rayo. Agarró a Isabella de la cintura y la arrastró detrás de una hilera de cajas de madera blindadas, cubriéndola con su propio cuerpo mientras extraía su pistola del abrigo
— ¡Quédate abajo, Isabella! ¡No te muevas por nada del mundo!
Hombres armados con los rostros cubiertos y los distintivos de los Moretti sobrevivientes del norte irrumpieron en el local, abriendo fuego indiscriminado contra los guardias de los Rossi. El tiroteo se volvió un caos de astillas de madera, polvo de ladrillo y gritos de dolor. Camilo disparaba con una precisión, derribando a dos de los atacantes que intentaban flanquear su posición, pero la superioridad numérica de los enemigos comenzó a imponerse
— ¡Busquen a la mujer! — gritó una voz áspera desde el fondo del pasillo — ¡El viejo Moretti quiere a la protegida del estratega para cobrar las deudas de Chicago!
Isabella, paralizada por el terror, se encogió contra el suelo mojado. Vio cómo Camilo cambiaba el cargador de su arma con los dedos manchados de pólvora, con el rostro encendido por una furia sorda que nunca antes le había visto. El hombre frío e imperturbable que manejaba los hilos de la ciudad había desaparecido, en su lugar había un lobo acorralado dispuesto a despedazar a cualquiera que osara acercarse a su posesión más sagrada
Un grupo de tres atacantes avanzó por el flanco izquierdo, lanzando una granada de humo que cegó la visibilidad del pasillo. Camilo se lanzó hacia delante para interceptarlos, abriendo fuego en la penumbra, pero el humo espeso distorsionó los sonidos. En mitad de la confusión, dos hombres aparecieron por la espalda de Isabella. Antes de que la joven pudiera gritar, un paño impregnado de cloroformo cubrió su rostro, apagando sus sentidos en un segundo de oscuridad absoluta
Cuando Camilo logró despejar el humo y derribar al último de sus oponentes, se volvió hacia las cajas de seguridad. El espacio estaba vacío. Solo el maletín de herramientas de Isabella permanecía tirado en el suelo, con los pinceles esparcidos entre los casquillos de las balas
— ¡ISABELLA! — el grito de Camilo resonó en el vacío del almacén con una desesperación desgarradora, un sonido salvaje que heló la sangre de los pocos guardias que habían sobrevivido al asalto
El estratega gélido de Chicago se volvió loco en ese instante. Salió al patio de grava bajo la lluvia torrencial, disparando al aire con los ojos inyectados en sangre, viendo cómo una camioneta oscura de los Moretti se alejaba a toda velocidad hacia los muelles del sur de Queens
El pánico real, ese que nunca se había permitido sentir por ningún negocio o territorio, le oprimía el pecho como una garra de hierro. Saber que ella estaba en manos de los hombres que él mismo había jurado exterminar lo sumió en un estado de furia destructiva que no admitía razones
Veinte minutos más tarde, Franco y Elena llegaron al almacén tras recibir la alerta de seguridad. Encontraron a su primo en mitad del patio, con el traje empapado por el agua y destrozando los cristales de su propio coche blindado a golpes de culata, con una expresión de demencia contenida que aterrorizaba a sus propios hombres
— ¡Camilo, detente! — gritó Franco, sujetándolo por los hombros con todas sus fuerzas junto a dos guardias — ¡Así no vas a resolver nada! ¡Tenemos que rastrear la camioneta!
— ¡La tienen ellos, Franco! — rugió Camilo, zafándose del agarre con una fuerza descomunal y agarrando a su primo por la solapa de la chaqueta — ¡Se llevaron a Isabella! ¡Si le ponen una sola mano encima, voy a quemar cada club, cada casino y cada muelle de este maldito estado! ¡No va a quedar un solo Moretti vivo para contar la historia!
Elena observaba a su primo con una mezcla de asombro y un temor profundo. Nunca, en todos los años que habían crecido juntos, había visto a Camilo perder el control de esa manera. La máscara de estratega se había roto por completo, revelando que la prisionera del ala este ya no era un capricho temporal, sino el eje central de su existencia. Entendió que los celos profesionales ya no tenían espacio en ese tablero, si querían mantener a Camilo con vida, tenían que encontrar a la joven de inmediato
— Tranquilo, la voy a encontrar cueste lo que cueste — le dijo Elena acercándose a él y apoyando su mano en su hombro en muestra de afecto
Las horas comenzaron a pasar y aún no había rastros ni señales de Isabella. Camilo había mandado a todos sus hombres a rastrillar la ciudad, buscando hasta debajo de las piedras, estaba a punto de perder la cordura, por no encontrar a Isabella. Hasta que de pronto Elena gritó
— La encontré, ya tengo la ubicación, Camilo — intervino Elena, sacando su tableta con una rapidez gélida — Están en un astillero abandonado cerca de Greenpoint. Mi padre Fabián ya mandó a dos camionetas de apoyo desde Manhattan. La Trinidad se mueve ahora mismo
Camilo no respondió con palabras. Subió a la camioneta de Franco, tomó un fusil de asalto del maletero y cargó el arma con un golpe seco que sentenció el destino de sus enemigos
— Vamos. No dejen a nadie vivo en ese astillero
El asalto al complejo de Greenpoint fue una carnicería que las calles de Nueva York recordarían durante décadas. Las tres camionetas de los Rossi derribaron las vallas de seguridad del astillero sin frenar. Camilo bajó del vehículo antes de que este se detuviera por completo, abriendo fuego con el fusil de asalto en una demostración de violencia letal que barrió la primera línea de defensa de los Moretti en menos de cinco minutos. Franco y Elena lo seguían de cerca, cubriéndole los flancos, moviéndose con esa sincronización perfecta de la sangre, pero conscientes de que esta vez no estaban pacificando una ruta, estaban rescatando el corazón de su líder
Camilo derribó la puerta de la oficina principal del astillero con una patada, encontrando al viejo intermediario de los Moretti sosteniendo a Isabella del cabello, con un revólver apuntando a su cabeza. Isabella estaba semiinconsciente, con lágrimas corriendo por sus mejillas pálidas y el vestido oscuro rasgado por el forcejeo
— ¡Da un paso más, Rossi, y le vuelo los sesos! — gritó el viejo con la voz temblorosa, viendo la silueta imponente de Camilo recortada por las luces de los disparos del pasillo
Camilo no se detuvo. No hubo negociaciones ni cálculos de estratega. Su mirada fija en los ojos aterrorizados de Isabella transmitió una resolución tan absoluta que el viejo Moretti dudó un segundo de su propia posición. Ese segundo fue suficiente. Camilo disparó un solo tiro de precisión con su arma corta, impactando directamente en la frente del secuestrador antes de que este pudiera apretar el gatillo
El cuerpo del hombre cayó hacia atrás, liberando a Isabella que se desplomó en el suelo, pero antes de que tocara el cemento frío, los brazos de Camilo la rodearon con una fuerza y una ternura que la dejaron sin aliento. Camilo se dejó caer de rodillas, estrechándola contra su pecho, escondiendo su rostro en el cabello castaño de la joven mientras sus hombros temblaban levemente por el desahogo de la tensión acumulada
— Estás a salvo, Isabella... estás conmigo — susurró Camilo, su voz quebrada por una emoción humana que nunca se había permitido mostrar ante nadie — Perdóname por dejar que te llevaran. Jamás volveré a permitir que nadie te toque
Isabella se aferró a la solapa de su abrigo con todas las fuerzas que le quedaban en los dedos. El olor a pólvora, lluvia y el perfume caro de Camilo la envolvió como un escudo infranqueable. En medio del horror del rescate, al sentir los latidos acelerados del corazón del hombre que la había mantenido prisionera, algo profundo y radical cambió en el interior de su mente. Ya no veía en él, al captor despiadado ni al monstruo que había borrado su pasado en Manhattan, vio al hombre que había estado dispuesto a quemar una ciudad entera solo para devolverle el aliento
Sus ojos castaños se abrieron, encontrándose con la mirada oscura de Camilo, y por primera vez, el brillo que reflejaban no era de miedo ni fríos... Era una sombra incipiente de un afecto intenso, una entrega voluntaria que nacía del bautismo de fuego de esa noche de Nueva York. Isabella comenzó a verlo con otros ojos, los ojos de un amor complejo y oscuro que prometía unir sus destinos para siempre en el tablero de los Rossi.