Andrea Miller jamás imaginó que una simple noche en una discoteca cambiaría por completo su vida. Después de semanas sintiéndose atrapada en la rutina, acepta salir con su mejor amiga, Viviana Lewis, sin saber que entre las luces, la música y el alcohol cruzaría miradas con el hombre que terminaría destruyendo su corazón.
Sebastián Foster es atractivo, elegante y demasiado encantador para ser real. Desde el instante en que se acerca a Andrea para ofrecerle una copa, la conexión entre ambos se vuelve imposible de ignorar. Las conversaciones fluyen, las miradas arden y el deseo termina convirtiéndose en algo mucho más peligroso: amor.
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Capitulo 6
Mientras Andrea seguía soñando despierta con un futuro juntos, en otra parte de la ciudad, la realidad de Sebastián se mantenía oculta tras muros altos y puertas cerradas. Un día, él tuvo que asistir a una cena de gala en la que su presencia era obligatoria, y cuando entró al salón, todos los ojos se volvieron hacia él. Junto a él estaba Renata Dawson, una mujer de belleza impresionante, vestida con trajes de diseñador, joyas que brillaban bajo las luces y una elegancia que hacía que cualquier persona que la viera pensara que estaba ante la pareja más perfecta del mundo.
Ambos caminaban juntos, sonriendo, saludando a conocidos, respondiendo a los cumplidos y manteniendo una postura impecable. Por fuera, eran el ejemplo de pareja exitosa: él un hombre de negocios respetado, ella una mujer refinada que representaba a la familia con dignidad. En todas las reuniones, en las fiestas, en las presentaciones sociales, aparecían siempre juntos, hablando con educación, mostrándose respetuosos y formando un equipo que todo el mundo admiraba y hasta envidiaba.
—¡Qué pareja tan maravillosa hacen! —decían los conocidos, acercándose a felicitarlos—. Nunca se separan, siempre están tan bien juntos. Es lo que todos desearíamos tener.
—Gracias —respondía Renata con una sonrisa educada, manteniendo la distancia adecuada—. Hacemos lo que debemos, ¿verdad, Sebastián?
—Así es —respondía él, con una voz que sonaba natural pero que a quien lo conociera bien le parecería vacía de sentimiento.
Pero nada de lo que veían los demás se parecía en lo más mínimo a lo que pasaba realmente dentro de su casa. Detrás de esas puertas de madera maciza y paredes decoradas con obras de arte y muebles de lujo, la vida de Sebastián y Renata era totalmente distinta. Su relación no tenía nada que ver con el amor, ni con la pasión, ni siquiera con la amistad. Todo estaba construido sobre una base sólida pero fría: intereses económicos, acuerdos familiares y la necesidad imperiosa de mantener las apariencias ante la sociedad.
Una noche, después de regresar de una cena, se encontraron en el gran salón de su casa, sin ninguna otra persona alrededor. La atmósfera se volvió tensa de inmediato, como si el ambiente mismo se enfriara al estar los dos solos. Renata se quitó el abrigo con movimientos secos y lo dejó sobre el respaldo de un sillón, sin mirarlo siquiera. Sebastián se sentó en un sofá, encendiendo un cigarro y mirando hacia la ventana, como si estuviera hablando con el vacío.
—¿Ya terminamos con todos los compromisos? —preguntó ella, rompiendo el silencio con voz neutra, sin ni siquiera intentar sonar amable.
—Sí —respondió él, sin volverse a mirarla—. Mañana por la mañana tendré que viajar a la oficina temprano.
—Como siempre —dijo ella, con un tono que mezclaba indiferencia y molestia—. Parece que tu trabajo es lo único que te importa en esta casa.
—Es mi trabajo, Renata. Y es lo que nos permite mantener este nivel de vida, ¿lo olvidas? —le respondió él, girándose un poco para mirarla por primera vez—. Si no fuera por eso, no tendríamos lo que tenemos.
—Claro —replicó ella, acercándose un poco pero sin acercarse lo suficiente para que sus cuerpos se tocaran—. Eso es lo único que importa, ¿verdad? El dinero, la posición, lo que digan los demás.
—¿Y qué más hay? —preguntó él, con una frialdad que igualaba la de ella—. Tú sabes perfectamente cómo es esto. Nos casamos por conveniencia, por lo que aporta cada uno a esta unión. Yo necesitaba el apoyo de tu familia para mis negocios, y tú necesitabas la estabilidad y el nombre que yo puedo darte. Nadie nos engañó, nadie prometió nada que no pudiéramos cumplir.
—Así es —confirmó ella, asintiendo con la cabeza, como si estuviera repitiendo un discurso que ya había dicho cientos de veces—. Y ha funcionado, ¿no? Tenemos la casa más bonita de la ciudad, vamos a todas partes como se debe, nadie nos puede decir nada. Eso es lo que queríamos, ¿verdad?
—Eso es lo que acordamos —dijo Sebastián, apagando el cigarro con fuerza en el cenicero—. Pero no esperes más de lo que te dije, Renata. Yo no te amo, tú no me amas, y eso no va a cambiar nunca. Lo único que nos une es lo que construimos juntos. Y eso es suficiente para todos, ¿no crees?
—Suficiente para lo que nos importa —respondió ella, cruzándose de brazos—. No necesito amor, Sebastián. Necesito seguridad, estatus y que mi vida transcurra como siempre ha sido. Y tú tampoco necesitas más de lo que yo te doy.
Ninguno de los dos sentía nada por el otro. No había cariño, ni ternura, ni deseo. Eran dos personas que compartían techo y apellido, pero que vivían vidas totalmente separadas. Los únicos momentos en que se veían eran cuando tenían que asistir a eventos juntos, o cuando la familia o los socios de negocios los obligaban a aparecer como pareja. En casa, casi no se hablaban, se movían por los pasillos como si fueran extraños que comparten el mismo espacio, y cada uno tenía sus propias habitaciones, sus propios horarios y sus propias actividades.
A veces, cuando pasaba mucho tiempo sin hablarse, se encontraban en el comedor, sentados en extremos opuestos de la larga mesa, comiendo en silencio. Ninguno hacía preguntas sobre el día del otro, ni contaba lo que había hecho, ni mostraba interés por lo que le pasaba a su supuesto esposo o esposa. Eran dos desconocidos que habían decidido caminar juntos por la vida, pero que lo hacían solo por lo que ganaban con esa alianza, sin sentir ni una pizca de afecto verdadero.
Sebastián sabía que esta situación era vacía, que no tenía sentido, pero se había acostumbrado a ella durante años. Para él, era lo normal, lo que esperaba de la vida. Hasta que llegó Andrea, y todo cambió. Por primera vez en mucho tiempo, sintió algo que no tenía nada que ver con acuerdos o intereses, algo que venía de lo más profundo de su ser. Y esa sensación, que él creía olvidada, lo llevó a tomar una decisión que rompería por completo el equilibrio que había mantenido durante tanto tiempo. Pero en ese momento, mientras hablaba con Renata, solo pensaba en lo que ocultaba, en la mujer que amaba, y en la mentira que seguía sosteniendo su vida.
—Bueno, ya que hemos terminado de hablar de lo que nos toca —dijo Renata, levantándose de su asiento y estirándose como quien está lista para irse a descansar—, creo que es hora de que cada uno vaya a su habitación. Mañana tenemos mucho que hacer.
—Como tú digas —respondió Sebastián, también levantándose, y sin darle ninguna muestra de cariño ni de despedida, se dirigió hacia la puerta, dejando a Renata sola en el salón.
Ambos sabían que lo que tenían era solo una apariencia, una máscara que se ponían cada vez que salían a la calle o recibían visitas. Y mientras seguían manteniendo esa fachada, Sebastián seguía viviendo una doble vida, sin imaginar que esa mentira, que parecía tan segura y tan estable, estaba a punto de romperse y de destruir todo lo que había construido, incluyendo el corazón de la mujer que ahora era lo más importante para él.