Para sellar un acuerdo diplomático, un imponente emperador galáctico acepta comprometerse con un omega del salvaje planeta de las bestias. Sin embargo, un inesperado error en los registros altera los planes: en su lugar, recibe a un dulce e inocente gamma. A pesar de la confusión y el choque cultural, este tierno e inesperado compañero empezará a derretir el frío corazón del soberano.
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Cap 10
El aire en el puerto espacial del planeta de las bestias era denso y pesado, cargado con el rugido de los motores de las naves locales que aguardaban inútilmente. El líder del clan caminaba de un lado a otro sobre el metal de la pista, con su imponente capa de pieles ondeando con agresividad y sus garras marcando la superficie con cada paso. Kala permanecía a su lado, con la barbilla en alto y su traje de gala intacto, pero con una sombra de duda oscureciendo sus ojos de guerrera. Ya eran más de las once de la mañana y ninguna nave imperial con el escudo de Astris había surcado el cielo salvaje de su sector. El presentimiento del padre se había transformado en una certeza dolorosa: algo andaba terriblemente mal.
El sonido de unas botas corriendo a toda prisa rompió la tensa espera. Bane, el hijo mayor y protector del clan, llegó a la plataforma de aterrizaje sin aliento. Su semblante, habitualmente inquebrantable, estaba completamente pálido y sus ojos reflejaban un pánico que su padre jamás le había visto. El alfa mayor se detuvo ante ellos, apoyando las manos en sus rodillas para recuperar el aire antes de hablar con una voz cargada de un profundo nerviosismo.
—Padre… —logró articular Bane, tragando saliva con dificultad—. Registramos cada rincón, cada pasillo y los establos. No está. No encuentro a Nesta por ningún lado. Su mascota tampoco está en su madriguera.
El líder del clan sintió que la sangre se le congelaba en las venas. Antes de que pudiera emitir un rugido de furia, la tableta de comunicación diplomática en el cinturón de Rul comenzó a emitir un pitido estridente, parpadeando con una luz dorada que indicaba un mensaje global proveniente de la capital del imperio. Rul activó el proyector con dedos temblorosos y la voz automatizada de Astris resonó en el puerto: “El Imperio de Astris celebra el éxito del tratado de paz. La futura emperatriz procedente del planeta de las bestias ha arribado con bien a la plataforma central de la capital. El compromiso ha sido sellado”.
—¿Qué…? —susurró Kala, dando un paso atrás, mirando su propio vestido de novia—. Si yo estoy aquí… ¿a quién se llevaron?
—¡Mi bebé! —rugió el padre, el instinto de alfa despertando con una fuerza descomunal—. ¡Nesta! ¡Se han llevado a mi pequeño Nesta!
En ese mismo instante, la disciplina del clan se quebró. La familia y los guardias reales se lanzaron a buscar al pequeño gamma como locos por todas partes. Movilizaron patrullas enteras por los distritos colindantes, interrumpiendo las actividades del pueblo y registrando los caminos floridos que Nesta solía frecuentar. El pánico se extendió por el pueblo como la pólvora: el tierno felino consentido de la comunidad, la criatura más dulce y dependiente que requería custodia las veinticuatro horas del día, se había desvanecido en el aire. El padre corría por los senderos llamando a su hijo menor con desesperación, temiendo que alguna facción rebelde o cazadores de recompensas se hubieran aprovechado de su inocencia infantil para secuestrarlo.
Pasaron tres agónicas horas de búsqueda infructuosa en las que el sol comenzó a descender, tiñendo el cielo de un rojo sangre que aumentaba la angustia familiar. Los hermanos regresaron a la mansión con las cabezas bajas y las manos vacías, temblando ante la idea de que su hermanito estuviera asustado y solo en algún lugar oscuro.
Fue entonces cuando la puerta de la oficina se abrió de golpe. Kala entró a la sala con pasos rápidos, sosteniendo su tableta digital con ambas manos. Su rostro reflejaba una mezcla de absoluta incredulidad y horror absoluto.
—¡Padre! ¡Hermanos! Tienen que ver esto ahora mismo —exclamó Kala, su voz quebrándose mientras colocaba el dispositivo sobre el escritorio de roble, expandiendo la pantalla holográfica—. Conseguí las grabaciones de seguridad de las cámaras de vigilancia del puesto periférico del bosque. Las que registran los límites del territorio.
El padre y los tres alfas se amontonaron alrededor de la mesa, conteniendo el aliento. En el video, con una claridad impecable, se observaba el sendero de flores silvestres a las nueve de la mañana en punto. Ahí estaba Nesta, caminando tranquilamente con su pequeña mascota esponjosa en brazos, moviendo su colita felina con total despreocupación. La escena mostró el momento exacto en que la imponente nave de Astris descendió del cielo, desplegando a los soldados de armadura reluciente y al canciller despistado.
La familia observó, con el corazón en la garganta, cómo el canciller se inclinaba ante el tierno gamma y le hablaba. Lo peor vino después: La nave cerraba sus compuertas y se elevaba hacia el hiperespacio, llevándose al consentido de la casa directo al cubil del lobo.
El silencio que cayó en la habitación fue sepulcral. El líder del clan se dejó caer en su pesada silla de roble, completamente estupefacto, con la mirada fija en el holograma que se repetía en bucle. Su pequeño y dulce hijo, el gamma que lloraba si lo dejaban solo en una habitación por una hora, que requería que le cortaran la comida y que adoraba que lo mimaran en el regazo, se encontraba ahora mismo en el planeta más frío y peligroso de la galaxia, comprometido por error con Zarek, el emperador con el carácter más horrible y despiadado del universo conocido. El rudo líder del clan no sabía qué hacer en ese momento; la impotencia y el miedo por el bienestar de su pequeño felino lo dejaron completamente helado.