Valeria, una exitosa empresaria, se aleja de todo para descansar y encuentra a un hombre herido sin memoria. Al cuidarlo, surge un amor profundo entre ellos. Pero cuando él recupera su identidad, regresa con su esposa e hijo y descubre una traición peligrosa: su esposa solo lo quiere por dinero y planeó matarlo. Ahora debe elegir entre su pasado o el amor verdadero.
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Entre silencios y miradas
El amanecer llegó envuelto en neblina.
Valeria despertó en el sillón, con el cuerpo ligeramente entumecido y la mente confusa por unos segundos. No era su rutina, no era su mundo… hasta que lo recordó.
Giró la mirada.
Él seguía allí.
Adrián.
Dormía más tranquilo que la noche anterior. Su respiración era constante, su rostro menos tenso. La luz suave del amanecer se filtraba por el ventanal, iluminando sus facciones con una calma casi irreal.
Valeria se levantó despacio, estirando los brazos. Caminó hacia la cocina sin hacer ruido y comenzó a preparar algo de comer. Huevos, pan, café. Algo sencillo, pero suficiente.
Mientras cortaba el pan, se sorprendió a sí misma pensando en él.
En quién sería.
En qué tipo de vida habría llevado antes de perderlo todo.
Y en por qué… le importaba tanto.
—No te acostumbres —murmuró para sí misma.
Pero ya era tarde para advertencias.
Cuando regresó a la sala con una bandeja, lo encontró despierto.
Estaba sentado, mirando por la ventana, como si intentara entender el mundo desde ese punto. Su postura era más firme, aunque el dolor aún se reflejaba en sus movimientos.
—Buenos días —dijo Valeria.
Él giró la cabeza lentamente.
—Buenos días… —respondió, con una leve duda en la voz— Valeria, ¿verdad?
Ella asintió, dejando la bandeja sobre la mesa.
—Veo que la memoria a corto plazo funciona.
Él esbozó una pequeña sonrisa.
—Parece que sí… pero lo demás sigue en blanco.
Valeria se sentó frente a él.
—No vamos a forzarlo. El cerebro necesita tiempo.
Adrián observó la comida como si fuera un lujo inesperado.
—Gracias… por todo.
—No tienes muchas opciones —respondió ella con naturalidad—. Estás atrapado conmigo.
Esa vez, él sonrió de verdad.
Un gesto sencillo… pero suficiente para cambiar algo en el ambiente.
Comieron en silencio durante unos minutos. No era incómodo, sino distinto. Un silencio compartido, ligero.
—¿Siempre vives aquí? —preguntó él finalmente.
Valeria negó.
—No. Estoy… de paso.
—¿Huyendo?
La pregunta la tomó por sorpresa.
Lo miró fijamente.
—¿Siempre haces preguntas así?
—No lo sé —respondió él, sincero—. Supongo que es lo único que me queda.
Valeria bajó la mirada un segundo, pensativa.
—Sí… algo así.
No explicó más.
Y él no insistió.
Después de comer, Valeria le ayudó a cambiar el vendaje. Sus manos eran firmes, pero cuidadosas. Adrián la observaba en silencio, como si cada gesto de ella fuera una pista.
—No pareces alguien que no sabe lo que hace —dijo él.
—No lo sé todo —respondió ella—, pero sí lo suficiente para no dejarte morir.
Él sostuvo su mirada.
—Me alegra que hayas sido tú quien me encontró.
Valeria sintió algo extraño en el pecho.
No respondió.
Terminó de ajustar el vendaje y se apartó ligeramente, pero la cercanía había dejado una marca invisible.
El día avanzó entre pequeñas conversaciones.
Descubrieron gustos básicos, reacciones, detalles. Él aprendía de sí mismo a través de lo que sentía. Y Valeria… empezaba a descubrir una versión de ella que no conocía.
Más tranquila.
Más humana.
Por la tarde, salieron al exterior.
El aire fresco golpeó sus rostros. Adrián caminaba despacio, apoyándose ligeramente en ella. Cada paso era un esfuerzo, pero también una victoria.
—Es hermoso aquí —dijo él, mirando el paisaje.
—Por eso vine.
Se quedaron en silencio, observando las montañas.
Y entonces, sin pensarlo demasiado, sus manos se rozaron.
Un contacto leve.
Pero suficiente.
Ambos se quedaron quietos por un segundo.
No se apartaron de inmediato.
Porque en medio de la incertidumbre… ese pequeño gesto se sentía seguro.
Y peligroso al mismo tiempo.
Valeria lo supo en ese instante.
Esto no era solo compasión.
Era el inicio de algo que no podría controlar.