Traicionada por el Emperador en el campo de batalla, la temible y soberbia soberana de la dinastía del norte jura venganza antes de morir. Pero el destino tiene un sentido del humor retorcido: despierta en el futuro, atrapada en el cuerpo de Valentina, una brillante pero insegura abogada con talle XL que acaba de colapsar por culpa del bullying de su oficina.
¿Sin carruajes, sin guardias reales y con una bata de hospital barata que no le cierra atrás? No importa. Con una mente de acero y una dignidad inquebrantable, la Emperatriz usará el código penal como su nueva espada. ¡Pobre de aquel que intente humillarla por su físico! Desde el rival arrogante de su buffet hasta el CEO más frío de la ciudad, todos aprenderán que sus curvas imponen respeto y que Su Majestad ha dictado su sentencia. ¡Una comedia romántica con una venganza de talle grande!
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Capítulo 20: El rugido del León y el nuevo pacto
La tormenta no había amainado cuando las primeras luces de la mañana comenzaron a filtrarse por los ventanales de la mansión, pero en el despacho de Alexander el tiempo parecía haberse congelado en una medianoche perpetua. El capo de la mafia seguía de pie junto al ventanal, observando cómo las gotas de lluvia estallaban contra el cristal con la misma violencia que los pensamientos que le retorcían las entrañas. Sobre el escritorio de vidrio negro, el dossier abierto con el historial de humillaciones de la antigua Valentina descansaba como una herida abierta en su propio territorio.
Algo se había quebrado definitivamente dentro del León de Oro. A lo largo de su ascenso al trono del submundo criminal, Alexander había visto y ordenado actos de una crueldad descomunal; entendía la violencia como una moneda de cambio, un recurso estratégico para mantener el orden y el respeto. Pero el contenido de esas páginas —el sadismo corporativo de oficina, las risas cobardes en los pasillos de la facultad y, por sobre todo, la manipulación psicológica de ese infeliz llamado Federico— le despertaba un tipo de furia negra, densa y primitiva que jamás había experimentado.
No era simple empatía. Era su instinto territorial y protector de macho alfa, la fiera salvaje que no podía tolerar que el mundo exterior hubiera osado tocar, romper y hacer llorar a la mujer que ahora ocupaba el centro de sus pensamientos. Le resultaba inconcebible que esa misma silueta imponente, la que entraba a sus aposentos desbordando una soberbia imperial que lo obligaba a debatirse entre el deseo de someterla o hincar la rodilla, hubiera sido alguna vez una criatura rota que pedía disculpas por existir en un cuerpo de talle grande. El solo pensamiento de esos idiotas de cuello blanco burlándose de sus curvas XL o escondiéndole los expedientes le hacía hervir la sangre con una intensidad letal.
—Se acabó el juego de la paciencia —murmuró Alexander, apretando los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos sobre la piel tatuada.
Tomó el teléfono satelital y digitó el número directo de la nueva oficina presidencial de Valentina en el buffet. Cuando la llamada conectó, su voz fluyó pastosa, autoritaria, pero con una sutil vibración de urgencia que intentó camuflar bajo un pretexto corporativo.
—Valentina. Necesito que vengas a la mansión de inmediato —ordenó el capo, sin preámbulos—. Surgió una complicación de urgencia con un nuevo caso de inversiones en el extranjero. Los frentes legales se están abriendo y necesito a mi socia principal acá ahora mismo.
Al otro lado de la línea, la respuesta de Valentina no se hizo esperar, manteniendo esa cadencia pausada, gélida y segura que ya se había vuelto su marca registrada.
—Estaré allí en la próxima hora, León de Oro. Espero que la urgencia justifique el desorden que dejas en mi agenda.
Cincuenta minutos más tarde, las pesadas puertas dobles del salón principal de la mansión se abrieron de par en par. Alexander, que la esperaba sentado en su sillón de cuero con un vaso de whisky intacto entre las manos, levantó la mirada lentamente.
Valentina cruzó el umbral desbordando un magnetismo que paralizó el aire del cuarto. Para esa ocasión, Thiago le había seleccionado un conjunto de dos piezas de sastre en un tono gris topo profundo, de una tela pesada y firme que moldeaba sus curvas con una precisión casi militar, combinado con una blusa de seda blanca de cuello alto. Caminaba con una parsimonia majestuosa, balanceando su silueta con una gracia imponente sobre unos tacones negros que hacían sonar el mármol con el impacto de un decreto real.
Sin embargo, lo que verdaderamente hizo que a Alexander se le acelerara el pulso a mil por hora fue notar los sutiles frutos del entrenamiento lingüístico que la abogada había tenido con su estilista. Valentina ya no arrastraba las palabras como si estuviera leyendo un pergamino del medioevo, sino que había comenzado a camuflar su linaje con el dialecto de este siglo, logrando una combinación letal de jerga corporativa moderna y un aura de soberanía absoluta que la volvía el ser más peligroso de la ciudad.
—Tu oficina del buffet es un espanto de burocracia esta mañana, Alexander —declaró Valentina, cruzando los brazos sobre su imponente pecho mientras se plantaba frente al escritorio—. Mis asociados andan como locos con el papeleo. Así que dime de una vez cuál es ese drama financiero que requiere mi presencia en tus aposentos privados. Espero que no sea otro grupo de rebeldes ineptos intentando jugar a los soldados en tus muelles, porque esta semana no tengo paciencia para los fracasos absolutos.
Alexander permaneció en silencio unos segundos, devorándola con la mirada. La mezcla del vocabulario urbano que Thiago le había inculcado con esa soberbia ancestral, esa espalda recta y esa mirada felina que demandaba obediencia lo dejó completamente desarmado. Sintió una oleada abrumadora de deseo ardiente mezclado con un respeto absoluto, un magnetismo primitivo que lo empujaba a querer encerrarla en esa fortaleza para que nadie nunca más pudiera rozar su dignidad.
Con un movimiento lento, Alexander extendió la mano, tomó el grueso dossier de manila que contenía las sombras de la antigua Valentina y lo cerró de golpe, guardándolo en el cajón más profundo de su escritorio bajo llave. Borró el pasado con un solo gesto.
Se puso de pie, rodeando la madera negra hasta quedar a escasos centímetros de ella. Valentina no dio un solo paso atrás; elevó la barbilla, sosteniéndole la mirada con una fijeza gélida que desafiaba su estatura y su musculatura de mafioso.
—No hay ninguna complicación con las inversiones, Valentina —confesó el León de Oro, bajando la voz a un susurro rasposo que vibró con una promesa de sangre—. Te cité porque el nuevo caso que vamos a abrir es de carácter personal. Es hora de hacer limpieza en esta ciudad.
Valentina arqueó una ceja perfecta, evaluando la intensidad salvaje que brillaba en los ojos del capo.
—¿Una limpieza? Hablas con el misterio de los cobardes, León de Oro. Sé claro.
Alexander esbozó una sonrisa fría, calculadora y sumamente peligrosa, una sonrisa de cazador que acaba de diseñar la emboscada perfecta. Recordó el nombre de Federico, recordó a los socios que la basureaban y a los compañeros que la hacían ocultarse en ropas oscuras. Quienquiera que fuera el alma que habitaba ese cuerpo majestuoso de talle grande en este siglo, el capo de la mafia estaba dispuesto a transformarse en su brazo armado.
—Hablo de que hay cierta gente en el ambiente legal, ciertos ineptos corporativos que cometieron el error de cruzarse en nuestro camino en el pasado —sentenció Alexander, acortando la distancia y fijando sus ojos oscuros en los de ella con una devoción salvaje—. Gente que necesita aprender una lección definitiva de modales y respeto. Tú pon las leyes, Valentina. Diseña las trampas financieras, congela sus cuentas y destruye sus prestigios en los tribunales con tu poesía legal. Yo me voy a encargar de que sientan el verdadero terror de la mafia en las calles si intentan levantar la cabeza.
Alexander se inclinó ligeramente hacia su oído, sellando el pacto definitivo en su mente. *"Quienquiera que seas ahora, mi reina del fucsia, te voy a ayudar a destruir a cada uno de los que te hicieron llorar"*, pensó con una furia implacable.
Valentina lo miró de reojo, detectando la lealtad de fuego que emanaba del mafioso, y una sonrisa maquiavélica, gélida y sumamente complacida se dibujó en sus labios carmín. La alianza definitiva entre la ley de la Reina y la pólvora del León estaba sellada. La venganza real contra los fantasmas de la antigua Valentina acababa de comenzar.
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