En la Academia Real Arcana, la misteriosa Yoselin despierta el poder oculto de cinco princesas y enseña a los orgullosos príncipes que la unión y el amor son su mayor fuerza para enfrentar al Rey del Vacío.
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Capítulo 11: La sangre de la guardiana
Una luz cegadora envolvió todo el bosque.
El choque entre la magia de Yoselin y la enorme esfera de oscuridad hizo que el suelo se partiera y que los árboles fueran arrancados de raíz. El estruendo fue tan intenso que incluso las montañas cercanas comenzaron a temblar.
Durante varios segundos...
Nadie pudo ver nada.
Solo existía una inmensa luz.
Después...
Llegó el silencio.
La barrera negra desapareció por completo.
Daniel fue el primero en reaccionar.
—¡Yoselin!
Sin esperar órdenes, corrió hacia el lugar donde había ocurrido la explosión.
Los demás príncipes lo siguieron.
Luis también echó a correr, buscando desesperadamente a León.
Los reyes y las reinas avanzaron detrás de ellos.
Cuando el humo comenzó a disiparse, todos quedaron paralizados.
El bosque había desaparecido.
Donde antes había árboles ahora solo quedaba un enorme cráter.
En el centro...
Había una sola figura de rodillas.
Era Yoselin.
Su espada seguía clavada en la tierra.
Su respiración era débil.
Su uniforme estaba completamente rasgado y cubierto de sangre.
Pequeñas heridas recorrían sus brazos, su rostro y sus piernas.
Sus manos temblaban sin control.
Pero seguía viva.
Daniel sintió que el aire volvía a sus pulmones.
—Está viva...
Corrió hasta ella.
Antes de que pudiera alcanzarla, Yoselin levantó una mano.
—No... te acerques...
Su voz apenas podía escucharse.
Daniel se detuvo.
—Estás herida.
Ella sonrió con dificultad.
—Lo sé...
Detrás de ella, el enemigo también permanecía de pie.
Su armadura estaba llena de grietas y una parte de su máscara se había roto.
Observó a Yoselin durante unos segundos.
Después comenzó a reír.
—Impresionante...
Aun después de utilizar esa técnica...
Sigues respirando.
Yoselin se apoyó en su espada para no caer.
—Te dije...
Que no tocarías a ninguno de ellos.
El hombre dio un paso atrás.
—Hoy no.
Pero volveré.
Y cuando lo haga...
No podrás protegerlos para siempre.
Una sombra envolvió su cuerpo.
En cuestión de segundos, desapareció junto con las criaturas oscuras que aún quedaban con vida.
La batalla había terminado.
Pero la guerra apenas comenzaba.
En cuanto el enemigo desapareció, Daniel corrió hasta Yoselin.
Esta vez ella no tuvo fuerzas para detenerlo.
Justo cuando iba a caer al suelo, él logró sostenerla entre sus brazos.
—¡Yoselin!
Ella respiraba con dificultad.
—No... te preocupes...
Solo...
Estoy cansada...
Daniel sintió que su corazón se encogía.
Nunca la había visto tan vulnerable.
Las princesas también llegaron corriendo.
Aurora fue la primera en arrodillarse.
—¿Por qué hiciste eso?
Maya tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Pudiste haber muerto.
Flora sujetó una de sus manos con cuidado.
Brisa no dejaba de llorar.
León permanecía inmóvil.
Sentía un enorme peso sobre el pecho.
Si hubiera sido más fuerte...
Tal vez Yoselin no habría tenido que enfrentarse sola al enemigo.
Elisabeth se acercó lentamente.
Se arrodilló frente a ella.
—Perdón...
Yoselin levantó la mirada.
—¿Por qué te disculpas?
—Porque nos protegiste...
Y nosotros no pudimos hacer nada.
Con el poco esfuerzo que le quedaba, Yoselin acarició el rostro de Elisabeth.
—Hicieron exactamente lo que les pedí.
Y eso...
Me permitió luchar sin preocuparme por ustedes.
No tienen nada que lamentar.
De repente, una luz dorada comenzó a salir de las heridas de Yoselin.
Todos retrocedieron sorprendidos.
Las profundas cortadas comenzaron a cerrarse lentamente.
La sangre dejó de brotar.
Los huesos fracturados recuperaron su lugar.
Las marcas desaparecían una tras otra.
Las princesas observaron maravilladas.
—¿Se está curando sola...? —preguntó Aurora.
Los reyes bajaron la mirada.
Ya no podían seguir ocultando aquel secreto.
El rey del Reino Supremo habló con voz grave.
—Ese es el poder de su sangre.
Todos lo observaron.
—La sangre de Yoselin posee una antigua bendición.
Puede sanar cualquier herida.
Pero el dolor...
Nunca desaparece.
Daniel levantó la vista.
—¿Qué significa eso?
La reina del Reino del Agua respondió con tristeza.
—Aunque su cuerpo sane...
Ella siente cada una de esas heridas como si siguieran abiertas.
El silencio volvió a reinar.
Daniel observó las manos de Yoselin.
Seguían temblando.
Ahora comprendía por qué.
Después de unos minutos, Yoselin consiguió abrir nuevamente los ojos.
Intentó incorporarse.
Pero el dolor recorrió todo su cuerpo.
Daniel la sostuvo con cuidado.
—No te muevas.
Ella sonrió débilmente.
—Sabía...
Que al final terminarías dándome órdenes.
Daniel dejó escapar una pequeña risa entre las lágrimas.
—Y tú sigues haciendo bromas incluso después de casi morir.
—Es una mala costumbre.
Por primera vez, ambos sonrieron al mismo tiempo.
Sin darse cuenta, las princesas intercambiaron miradas.
Era la primera vez que veían a Daniel mirar a alguien con tanta preocupación.
A unos metros de distancia, Luis finalmente encontró a León.
Sin pensarlo, lo abrazó con fuerza.
León se quedó completamente inmóvil.
—¿Estás bien? —preguntó Luis con la voz temblorosa.
El joven asintió lentamente.
—Sí...
Luis suspiró aliviado antes de separarse.
—No vuelvas a hacerme pasar un susto así.
León sonrió por primera vez desde que comenzó la batalla.
—Lo intentaré.
Mientras todos se concentraban en atender a Yoselin, nadie notó que, en la profundidad del enorme cráter, una pequeña grieta negra seguía abierta.
De ella escapaba una débil niebla oscura.
Una voz apenas audible susurró entre las sombras:
—La sangre de la Heredera...
Es exactamente la llave que necesitamos...
La oscuridad volvió a esconderse.
Y, sin que nadie lo supiera, el verdadero plan del enemigo acababa de comenzar.