Camila nunca imaginó que el hombre que marcó su adolescencia regresaría a su vida de la forma más inesperada. Leví, ahora un hombre poderoso y rodeado de sombras, no solo reclama su atención, sino que la arrastra a un mundo donde el peligro y la pasión caminan de la mano. Entre secretos familiares y una red de poder, Camila deberá decidir si proteger su corazón o entregarse al hombre que siempre fue su destino.
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CAPÍTULO 3 – SU PRESENCIA
Al día siguiente, Camila llegó puntual, con la barbilla en alto pese al cansancio. Llevaba bajo el brazo los informes que Leví había solicitado en un correo electrónico enviado a medianoche; un mensaje breve, frío y carente de cualquier cortesía básica. La oficina de la planta alta estaba fresca, el aire acondicionado zumbaba suavemente, pero el nudo en el estómago de Camila la hacía sudar.
Se detuvo frente a la imponente puerta de madera oscura. Tomó aire, ajustó su saco y tocó.
—Pasa —ordenó la voz de él desde el interior. Sonaba más profunda de lo que recordaba.
Camila entró e intentó mantener una expresión neutral. Caminó hacia el escritorio de mármol y dejó los papeles con precisión profesional. Dio un paso atrás de inmediato, sintiendo cómo su corazón golpeaba contra sus costillas con una fuerza desmedida. No tuvo tiempo de articular palabra alguna.
La puerta se abrió bruscamente a sus espaldas, sin previo aviso.
—Leví, te estuve esperando toda la noche —dijo una mujer que parecía haber salido de la portada de una revista. Era alta, rubia y llevaba un vestido rojo que gritaba que estaba acostumbrada a ser el centro de atención. Su voz era sedosa, resbalaba por el aire como un perfume caro y empalagoso—. ¿No ibas a pasar por mi apartamento para terminar lo que empezamos?
Camila se congeló en su sitio. Un frío repentino le recorrió la espalda.
—Dije que estaba ocupado —respondió él sin siquiera levantar la vista hacia la recién llegada.
—¿Y estás ocupado ahora? —insistió Bianca, acercándose al escritorio con una familiaridad que hizo que a Camila se le apretaran los puños.
—Sí. —En ese momento, Leví levantó la mirada, pero no hacia Bianca, sino hacia Camila—. Quédate, Morales. No hemos terminado de revisar estos informes.
La orden no fue una petición; fue un anclaje que la obligó a clavar los talones en la alfombra. Bianca, por su parte, giró el rostro hacia Camila, midiéndola de arriba abajo como si fuera un mueble fuera de lugar, o peor, como una mota de polvo en una superficie pulcra que necesitaba ser limpiada.
—¿Y ella quién es? —preguntó la rubia con un desdén que no se molestó en ocultar.
—Mi asistente —sentenció Leví, tajante y definitivo—. Y no suelo repetir las cosas dos veces, Bianca. Cierra la puerta al salir.
El silencio que siguió fue sepulcral. Bianca lo miró con el aire herido de quien no está acostumbrada a ser ignorada, pero finalmente dio media vuelta y salió, haciendo que sus tacones resonaran como disparos en el pasillo.
Cuando por fin estuvieron solos, Camila lo miró, incapaz de contener una mezcla de ironía y molestia que le quemaba la garganta.
—¿Siempre eres tan "encantador" con tus visitas nocturnas, señor Leví?
Él no respondió de inmediato. Se levantó de su silla y rodeó el escritorio lentamente, como un depredador acorralando a su presa. Su sombra, larga y pesada, la envolvió por completo. El aire entre ellos cambió de repente; se volvió denso, cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de los brazos de Camila se erizara.
—¿Te molesta que sea así? —preguntó él, deteniéndose a escasos centímetros de ella.
—No. No es asunto mío quién entre o salga de tu apartamento —respondió ella con firmeza, aunque por dentro se preguntaba por qué sentía ese sabor amargo en la boca.
—Exacto. No lo es —su voz bajó de volumen, volviéndose un susurro peligroso—. Aunque... si tú fueras ese asunto, te aseguro que no tendría tiempo para nadie más. Ni siquiera lo intentaría.
Camila sostuvo su mirada gris, desafiante. Por un momento, el ruido de la ciudad y el resto del mundo se volvieron irrelevantes. La proximidad la quemaba, y pudo ver en los ojos de Leví que él parecía tan atrapado en ese hechizo como ella.
—¿Puedo retirarme ya, señor? —preguntó al fin, rompiendo la tensión antes de que algo más sucediera.
—Puedes —dijo él, sin apartar la mirada ni un milímetro.
Camila se giró y caminó hacia la salida, pero sintió la mirada de Leví grabada en su espalda hasta que cruzó el umbral.
Cuando la puerta se cerró, Leví se quedó inmóvil, mirando el espacio vacío donde ella había estado. Por dentro, maldijo esa sensación extraña que le oprimía el pecho. Deseaba verla de nuevo. Sentirla. Tenerla cerca… mucho más de lo que su propia cordura le permitía.