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El Juego De Las Apariencias

El Juego De Las Apariencias

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Matrimonio arreglado / Enfermizo
Popularitas:322
Nilai: 5
nombre de autor: E.white Verdun

​¿Hasta dónde llegarías para sobrevivir en un mundo de mentiras?
​Elara Varela ha perdido su herencia y su dignidad a manos de su propia familia, pero tiene una última carta que jugar, un matrimonio arreglado con el hombre más poderoso y enigmático de la región. Damian Montecristo vive confinado a una silla de ruedas, rodeado de enemigos que acechan su imperio.
​Lo que nadie sospecha es que ambos guardan secretos letales. Elara oculta una mente brillante tras su fragilidad, y Damian esconde una fortaleza que desafía a la parálisis que todos creen real. En esta red de engaños, traiciones y ambición, lo único prohibido es confiar... y, sin embargo, es lo único que podría salvarlos.
​Bajo una misma máscara, la verdad es el arma más peligrosa.

NovelToon tiene autorización de E.white Verdun para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1: Cenizas de un compromiso

La lluvia caía con furia sobre las ventanas del salón principal de la antigua mansión Varela, golpeando los cristales con una fuerza que parecía el reflejo exacto del caos que se estaba formando dentro del pecho de Elara. Sentada en el borde del sofá de terciopelo desgastado, con las manos entrelazadas sobre su regazo, observaba cómo las gotas resbalaban por el vidrio dibujando caminos torcidos, iguales a los que había tomado su vida en apenas unos años.

No hacía tanto tiempo, esta misma casa rebosaba de luz, fiestas y riqueza. Ella había sido la niña mimada, caprichosa y segura de sí misma, dueña de cada rincón, de cada moneda y de cada mirada. Hasta que la enfermedad se llevó a su padre, y la mujer que él había traído al hogar poco después, su madrastra, Adelaida, tomó las riendas de todo, desvaneciendo la fortuna como si fuera humo entre los dedos. Ahora, el lujo era solo una sombra polvorienta, y las deudas pesaban más que los muros de piedra que sostenían la construcción.

—Elara, querida… por favor, no te hagas la tonta. Ya lo sabes todo —la voz aguda y melosa de Adelaida cortó el silencio, venida desde el umbral de la puerta.

La mujer entró con pasos lentos, vestida con ropas que, aunque intentaban parecer modestas, dejaban ver que se había gastado lo poco que quedaba en telas costosas. Detrás de ella, con la cabeza gacha y la mirada esquiva, apareció el hombre que debía ser su futuro esposo, Lorenzo. El mismo que le había jurado amor eterno, que le había dado un anillo de promesa y que, hasta hacía unas horas, ella creía su refugio seguro.

Elara se puso de pie con dificultad; su pierna izquierda, la que había quedado dañada tras aquella misteriosa caída por las escaleras poco después de la muerte de su padre, siempre le dolía más cuando el clima se volvía húmedo y frío. Apoyándose apenas en el respaldo del mueble, alzó la vista hacia él, con los ojos llenos de esa mezcla de orgullo herido y tristeza profunda que se había convertido en su compañera diaria.

—¿Qué es lo que debería saber, Lorenzo? —preguntó ella, con voz firme aunque temblorosa —¿Acaso que amas a otra mujer? ¿Que has estado usando el nombre de mi familia para conseguir favores mientras me dejabas creer que pronto nos casaríamos?

El hombre dio un paso atrás, incómodo, mientras Adelaida soltaba una risa seca y sin alegría.

—Ves qué lista es, aunque ande cojeando y sin un centavo —se burló la madrastra, acercándose más —La verdad es que Lorenzo se ha dado cuenta de lo obvio: casarse contigo ya no le sirve de nada. No tienes dote, ni influencia, ni belleza que valga la pena si no hay riqueza detrás. Él ha elegido a alguien mucho más conveniente: la hija de un comerciante rico que sí puede darle el estatus que busca.

El corazón de Elara se rompió en mil pedazos, pero se mantuvo erguida, apretando los dientes para no dejar salir el llanto. Miró directamente a su prometido, a quien había entregado su confianza y sus esperanzas.

—¿Es verdad todo lo que dice? ¿Todo este tiempo no fuiste más que un mentiroso esperando a que cayéramos por completo para abandonarme?

Lorenzo por fin levantó la mirada, con una expresión que mezclaba descaro y lástima, pero sin rastro de arrepentimiento.

—Lo siento, Elara… de verdad. Pero la vida es así. Yo necesito progresar, y estar contigo solo me hundiría más. No tienes nada que ofrecer. Ni siquiera puedes caminar bien sin ayuda.

Esas palabras fueron como un golpe directo al alma. No solo la traición, sino el desprecio hacia su cuerpo, hacia esa lesión que la había dejado marcada y que todos parecían recordarle para hacerla sentir menos valiosa. Elara sintió cómo el calor de la ira reemplazaba al dolor agudo en su pecho. Con la mandíbula tensa, señaló la puerta con un gesto decidido.

—Entonces sal de aquí. Vete con tu riqueza barata y tu amor interesado. No te necesito a ti ni a tus falsas promesas.

Cuando él desapareció tras el marco de la puerta, dejando tras de sí solo el eco de sus pasos, Elara sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Se dejó caer de nuevo sobre el sofá, sosteniéndose la frente con ambas manos, mientras la lluvia seguía golpeando afuera. Pensó en su padre, en todo lo perdido, en su propia debilidad física… y una sensación de despecho y amargura creció fuerte dentro de ella.

Adelaida se sentó frente a ella, con una sonrisa astuta pintada en los labios, como si todo aquello hubiera sido exactamente lo que planeaba desde el principio.

—Muy valiente respuesta, hijastra mía… pero la valentía no paga las deudas que nos ahogan. Si no encontramos una solución rápido, nos echarán de esta casa y terminaremos pidiendo limosna en la calle. Y eso sería muy humillante para una que alguna vez fue una señorita de sociedad.

Elara alzó la vista, con los ojos brillantes por las lágrimas contenidas y la desconfianza instalada en cada rincón de su mirada.

—¿Y qué solución propones tú? Seguro ya tienes todo pensado, tal como sueles hacer.

—Claro que sí —respondió la mujer, inclinándose hacia adelante con tono confidencial —Hay una propuesta. Un matrimonio, un acuerdo ventajoso para todos... con Damian Montecristo.

Elara parpadeó sorprendida; el nombre le resonó en la cabeza como un trueno. Todo el mundo conocía a los Montecristo, la familia más rica, poderosa y temida de toda la región. Su imperio abarcaba negocios, tierras, industrias… pero el heredero único, Damian, era una figura envuelta en misterio y lástima. Decían que era un hombre brillante, de una belleza impactante, pero que tras un terrible accidente años atrás había quedado totalmente paralizado de la cintura para abajo, condenado a vivir en una silla de ruedas para siempre. Amargado, solitario, frío y distante, nadie quería acercarse a él, mucho menos compartir su vida.

—¿Casarme con él? —repitió Elara incrédula — ¿El hombre al que todos llaman “el inválido rico”? Dicen que nadie lo soporta, que vive encerrado en su mansión inmensa y que trata mal a cuantos se le acercan. ¿Por qué querría él casarse conmigo? No tengo nada.

—Precisamente por eso —explicó Adelaida con satisfacción —Necesita una esposa que venga de buena familia, con apellido antiguo, pero que no tenga poder ni influencia propia. Alguien que no le cause problemas, que esté dispuesta a cumplir el papel y nada más. Y tú encajas perfectamente. Además… a cambio de tu mano, ellos saldarán todas nuestras deudas y nos darán lo suficiente para vivir con dignidad. Tú tendrás techo, comida y seguridad para siempre, aunque sea al lado de alguien que… bueno, ya sabes. No podrá exigirte mucho en ningún aspecto.

Las palabras flotaron en el aire pesadas y crueles. Elara pensó en lo que le esperaba si rechazaba, miseria, vergüenza, quizás perder hasta su libertad. Pensó en Lorenzo, en cómo la habían despreciado por su condición y su falta de bienes. Pensó en su pierna, en su orgullo herido… y de repente, el despecho se apoderó de ella con fuerza.

¿Por qué no hacerlo? ¿Acaso el amor no le había traído más que dolor y abandono? Si el mundo la veía como alguien débil, rota, sin valor… entonces jugaría ese juego hasta el final. Si ese hombre creía que ella era solo una muñeca rota y rica por fuera, se equivocaría tanto como todos los demás. Y si él también estaba marcado por la desgracia y la soledad… quizás ambos podrían entenderse, aunque fuera bajo máscaras.

Se puso de pie lentamente, apretando los puños con determinación, con una chispa nueva y peligrosa encendiéndose en su mirada oscura.

—Está bien —dijo con voz serena pero firme, sorprendiendo incluso a su madrastra —Acepto. Me casaré con Damian Montecristo. Que piensen lo que quieran de mí, que crean que solo soy una mujer superficial y sin valor… ya veremos quién termina ganando al final.

Adelaida sonrió satisfecha, creyendo haber salido ganando por completo, sin imaginar que acababa de poner en movimiento algo mucho más grande y peligroso de lo que jamás podría imaginar.

Elara miró de nuevo hacia la ventana; la lluvia empezaba a amainar, dejando ver los primeros indicios de una noche oscura y larga. No sabía nada del hombre con el que pronto compartiría su vida, solo lo que decían las habladurías. Pero una cosa tenía clara, ya no volvería a dejar que nadie la pisoteara. Y si Damian Montecristo creía que tenerla a su lado era tener a alguien sumisa e inútil… pronto descubriría que se había equivocado de medio a medio.

Mientras tanto, a kilómetros de distancia, en la imponente mansión que se alzaba sobre una colina dominando todo el valle, un hombre de rasgos perfectos y mirada profunda y calculadora observaba también la tormenta desde su ventana. Sentado en su silla de ruedas, con el semblante serio y una sonrisa apenas perceptible en los labios, Damian Montecristo repasaba el informe que acababan de entregarle sobre su futura esposa: Elara Varela. Caída de fortuna, lesión en la pierna, carácter terco… y mucho más inteligente de lo que aparenta.

—Bienvenida seas, pequeña máscara —susurró para sí mismo con voz grave y baja —Creo que tendremos mucho en común.

Y así, bajo el mismo cielo nublado y lleno de secretos, dos personas destinadas a encontrarse preparaban sus mejores disfraces, sin saber aún que al quitarse las capas de mentira, encontrarían lo que más necesitaban en este mundo, a alguien capaz de ver realmente quiénes eran.

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