—¿Si pudieras volver atrás... te enamorarías otra vez de mí? —le pregunté.
Dante no respondió enseguida.
Solo me miró con esa calma que siempre lograba desarmarme.
—La verdadera pregunta, Valeria... es si tú volverías a alejarte de mí.
No contesté.
Porque los dos conocíamos la respuesta.
Mi nombre es Valeria.
Durante mucho tiempo creí que las historias de amor estaban hechas para mujeres distintas a mí. Mujeres bonitas. Seguras de sí mismas. Mujeres que no tenían que vender su cuerpo para pagar el alquiler de un pequeño apartamento en Nueva York.
Entonces apareció Dante De Luca.
Un hombre del que todos hablaban, pero al que muy pocos conocían de verdad.
Yo pensaba que él sería el mayor problema de mi vida.
Qué equivocada estaba.
Porque enamorarme de Dante fue fácil.
Lo difícil fue sobrevivir a todo lo que llegó después.
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Capítulo 8 : Gracias por mi tiempo
Nunca imaginé que dos palabras pudieran perseguirme durante tanto tiempo.
Gracias por tu tiempo.
Había escuchado de todo a lo largo de los años halagos vacíos o comentarios sobre mi cuerpo.
Órdenes.
Mentiras.
Promesas que jamás pensaban cumplir.
Pero nunca un agradecimiento.
Mucho menos uno que sonara sincero.
Salí del baño después de lavarme el rostro con agua fría. Las lágrimas habían desaparecido, aunque mis ojos seguían ligeramente enrojecidos. Permanecí unos segundos frente al espejo, respirando despacio.
—No te ilusiones, Valeria —me dije en voz baja.
Como si escuchar aquellas palabras pudiera convencerme.
No era la primera vez que un hombre era amable conmigo.
O quizá sí.
No...
Más bien era la primera vez que alguien me trataba como si yo fuera una persona antes que un servicio y eso era precisamente lo peligroso.
Recogí el cabello detrás de mis orejas, respiré una última vez y salí del baño intentando recuperar la compostura.
El club seguía lleno de música, risas y conversaciones que parecían importantes.
Para mí, todo sonaba lejano.
Como si una parte de mí hubiera decidido quedarse en aquella habitación.
—¡Valeria!
Giré la cabeza.
Camila caminaba hacia mí con una sonrisa enorme.
—¿Ya terminaste?
Asentí.
—Sí.
Me observó durante unos segundos.
Demasiados.
Frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Mentira.
Suspiré.
—Estoy cansada.
Camila cruzó los brazos.
—No.
Estás diferente.
Intenté reír.
—¿Diferente cómo?
Se quedó pensativa antes de responder con una ternura que me desarmó.
—Te brillan los ojos.
Sentí un vuelco en el pecho.
Aparté la mirada antes de que pudiera descubrir todo lo que ni yo misma entendía.
No estaba enamorada.
Eso sería absurdo.
Solo había compartido una cena con un desconocido.
Pero, por primera vez en muchos años, alguien me había mirado sin juzgarme y de alguna manera, ese gesto había despertado una parte de mí que creía perdida para siempre.
Cuando el último cliente abandonó el club, Nora comenzó a despedir a las chicas.
Yo ya estaba guardando mis cosas cuando escuché mi nombre.
—Valeria.
Me acerqué.
—¿Sí?
Cerró una carpeta y levantó la vista.
—¿Todo salió bien con el cliente VIP?
Guardé silencio unos segundos.
¿Cómo podía explicarle una noche que no se parecía a ninguna otra?
Al final encontré una única respuesta.
—Fue... amable.
Nora permaneció callada, como si aquella palabra no perteneciera a un lugar como ese.
Finalmente sonrió apenas.
—Me alegra.
No hizo más preguntas.
Y, por alguna razón, se lo agradecí.
Había recuerdos demasiado frágiles para compartirlos con alguien más.
Cuando el amanecer comenzaba a teñir el cielo, llegué a mi apartamento.
Todo seguía exactamente igual.
El refrigerador continuaba haciendo ese ruido insoportable.
La pintura del techo seguía desprendiéndose poco a poco.
Y el silencio...
El silencio seguía esperándome.
Saqué la pequeña margarita de mi bolso.
La misma que había recogido del suelo el día anterior.
Busqué un vaso de vidrio, lo llené con un poco de agua y la coloqué junto a la ventana.
Sonreí sin darme cuenta. Después abrí el sobre que Dante me había entregado.
Había dinero.
Más del que normalmente recibía.
Fruncí el ceño.
Entre los billetes apareció una servilleta doblada con cuidado.
La abrí lentamente.
No tenía ningún mensaje.Solo cuatro títulos escritos con una letra elegante.
Libros.
Leí cada uno dos veces.
No entendía cómo aquella servilleta había terminado allí.
Probablemente había sido un descuido para cualquier otra persona no significaría nada.
Para mí...
Era el primer recuerdo bonito que conservaba de un hombre.
La doblé con el mismo cuidado con el que se guarda una fotografía antigua y la escondí entre las páginas de uno de mis libros favoritos.
No sabía por qué lo hacía.
Solo tenía la certeza de que no quería perderla.
A la mañana siguiente pasé frente al pequeño puesto de libros usados que visitaba de vez en cuando.Busqué uno de los títulos escritos en la servilleta.
El vendedor lo encontró enseguida.
Lo sostuvo frente a mí.
—Cinco dólares.
Sonreí con tristeza.
—Quizá otro día.
Lo devolví con cuidado.
memoricé la portada y seguí caminando.
Hacía mucho tiempo había aprendido que desear algo no siempre significaba poder tenerlo.
...DANTE...
Lorenzo permanecía de pie frente a mi escritorio desde hacía casi un minuto.Solo hacía eso cuando tenía algo importante que decir.
Dejé el documento que estaba revisando.
—Habla.
Colocó una carpeta sobre el escritorio.
—Señor... anoche hubo un error con la reserva.
Levanté la vista.
—¿Qué clase de error?
Abrió la carpeta y deslizó una fotografía hacia mí.
La observé.
No era la mujer que había cenado conmigo.
—Esta fue la acompañante que solicitamos.
Volví a mirar la imagen.
Después, casi sin querer, otro rostro ocupó mi memoria.Una mujer de ojos cansados. Cabello difícil de domesticar y una sonrisa tímida... como si llevara toda la vida pidiendo permiso para existir.
Me recosté lentamente sobre el respaldo del sillón.
—Entonces...
Tomé nuevamente la fotografía.
—¿Quién era la mujer que estuvo conmigo anoche?
Lorenzo bajó la mirada.
—Estamos averiguándolo.
Guardé silencio.
En mi organización los errores no existían.
Los evitábamos antes de que ocurrieran.
Sin embargo, por primera vez en muchos años, descubrí que alguien había logrado burlar un sistema que yo mismo había construido y lo más inquietante no era el error.Lo más inquietante era que, por alguna razón que todavía no comprendía...
Quería volver a verla.