Huyó para escapar de un matrimonio arreglado, pero el destino tenía preparados cinco caminos que cambiarían su vida para siempre.
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Capítulo 14: El hombre del traje
El corazón de Nica comenzó a latir con fuerza.
Aquella voz...
La conocía.
No era una voz cualquiera.
Era una voz que pertenecía a una vida que había jurado dejar atrás.
Giró lentamente.
Entre la multitud había decenas de personas caminando de un lado a otro.
Niños corriendo.
Parejas riendo.
Músicos tocando sobre el escenario principal.
Pero el hombre del traje ya no estaba.
—¿Qué pasa? —preguntó el hombre de los ojos grises al notar el cambio en su expresión.
Nica recorrió la plaza con la mirada.
—Creo... creo que escuché a alguien llamarme.
—¿Un conocido?
Ella tardó unos segundos en responder.
—No lo sé.
Era mentira.
Sí lo sabía.
Lo que no sabía era si realmente había escuchado esa voz o si el miedo estaba empezando a jugar con su cabeza.
Respiró profundamente.
—Debe haber sido mi imaginación.
Él no pareció convencido.
Sin embargo, respetó su silencio.
—Si querés, puedo acompañarte hasta la pensión.
Nica sonrió con amabilidad.
—Gracias, pero estoy con Marta.
Como si hubiera escuchado su nombre, Marta apareció unos metros más allá cargando dos bolsas de artesanías.
—¡Nica! Mirá todo lo que compré.
La joven soltó una pequeña risa.
—Creo que vaciaste medio festival.
—Las ofertas eran irresistibles.
El hombre de los ojos grises observó la escena con una sonrisa.
—Parece que ya no me necesitás.
—Nos vemos mañana en el café.
—Como siempre.
Antes de irse, él hizo un pequeño gesto con la mano y desapareció entre la multitud.
Nica lo siguió con la mirada hasta perderlo de vista.
No entendía por qué, pero cada vez que hablaba con él sentía una tranquilidad difícil de explicar.
Como si pudiera confiar en alguien otra vez.
Mientras tanto...
A unas cuadras del festival, el investigador privado observaba las fotografías que había tomado durante toda la noche.
Había más de cien imágenes.
Nica riendo.
Nica bailando.
Nica comiendo con Marta.
Nica hablando con el hombre desconocido.
Se detuvo especialmente en esa última fotografía.
Amplió la imagen.
El rostro del hombre aparecía parcialmente de perfil.
Frunció el ceño.
—¿Dónde te vi antes...?
Buscó entre varios archivos digitales guardados en su computadora portátil.
Empresarios.
Directores.
Conferencias internacionales.
Nada.
Pero estaba seguro de conocerlo.
—No puede ser una casualidad.
Tomó otra fotografía.
Volvió a observarla.
Entonces algo llamó su atención.
El pequeño símbolo plateado grabado en el reloj del hombre.
Era exactamente el mismo símbolo que había visto en una antigua carpeta de investigación.
—No...
Sus ojos se abrieron lentamente.
—¿Qué hace alguien como él en Puerto Azul?
Por primera vez desde que aceptó el trabajo, sintió que aquella búsqueda era mucho más grande de lo que imaginaba.
Esa misma noche...
Nica y Marta regresaban caminando hacia la pensión.
Las calles seguían llenas de música y luces.
—Gracias por traerme.
—¿La pasaste bien?
—Fue una de las noches más lindas de mi vida.
Marta sonrió emocionada.
—¿En serio?
—Sí.
Nunca había podido caminar sin guardaespaldas.
Nunca había bailado en una plaza.
Nunca había comido en un puesto callejero.
Nunca había sentido que podía hacer lo que quisiera.
Marta la miró de reojo.
—A veces la felicidad está en las cosas más simples.
Nica asintió.
—Creo que recién ahora estoy empezando a entender eso.
Cuando llegaron a la pensión, Marta la abrazó con cariño.
—Descansá.
Mañana nos espera otro día largo.
—Buenas noches.
Nica subió lentamente las escaleras.
Sacó la llave de su habitación.
La introdujo en la cerradura.
Pero antes de abrir la puerta...
Notó algo extraño.
Había un sobre blanco apoyado en el suelo.
Exactamente igual a los anteriores.
Su respiración se aceleró.
Miró hacia ambos lados del pasillo.
No había nadie.
Con manos temblorosas levantó el sobre.
Esta vez era un poco más pesado.
Lo abrió lentamente.
Dentro había una fotografía.
Pero no era una fotografía de ella.
Era una imagen de la Mansión Beaumont.
Y en la parte de atrás solo había una frase escrita con tinta negra.
"El tiempo se está acabando, Nica."
Ella sintió que el mundo se detenía.
Porque esa fotografía...
Solo podía haber sido enviada por alguien que conocía perfectamente su pasado.
Las manos de Nica comenzaron a temblar.
La fotografía de la Mansión Beaumont parecía pesar una tonelada.
Aquel lugar había sido su hogar durante veintidós años.
También había sido la jaula de la que tanto había luchado por escapar.
Cerró los ojos unos segundos.
—No...
Retrocedió un paso y volvió a mirar el pasillo.
Seguía completamente vacío.
Abrió la puerta de la habitación, entró rápidamente y giró la llave dos veces.
Después apoyó la espalda contra la puerta mientras intentaba controlar su respiración.
—¿Quién está haciendo esto?
Colocó la fotografía sobre el escritorio, junto a las dos notas y la imagen que había recibido días atrás.
Las observó una por una.
Todo parecía formar parte de un mismo juego.
Pero ¿con qué objetivo?
Si aquella persona realmente sabía quién era, ¿por qué no se lo había dicho a todo Puerto Azul?
¿Por qué limitarse a dejar mensajes?
Tomó nuevamente la fotografía de la mansión.
Recordó el enorme jardín donde aprendió a andar en bicicleta.
Las tardes jugando con Lucas.
Las interminables reuniones de negocios de su padre.
Las estrictas clases de protocolo.
Las cenas donde nadie hablaba de sentimientos.
Una lágrima resbaló por su mejilla.
Extrañaba algunos momentos.
Pero no extrañaba la vida que había dejado atrás.
Se secó el rostro con rapidez.
—No voy a volver...
Aunque una parte de ella seguía sintiéndose culpable por haberse marchado sin despedirse.
A la misma hora, el automóvil gris permanecía estacionado frente al mar.
El investigador observaba el archivo de fotografías en la pantalla de su computadora portátil.
Amplió nuevamente la imagen del hombre que hablaba con Nica durante el festival.
No conseguía recordar de dónde lo conocía.
Abrió una antigua base de datos con fotografías de empresarios y ejecutivos internacionales.
Fue pasando una por una.
Nada.
Hasta que una imagen captó su atención.
No era la misma persona.
Pero el símbolo grabado en un reloj coincidía exactamente con el de la tarjeta que aquel hombre había entregado a Nica.
El investigador frunció el ceño.
—Esto no puede estar pasando...
Aquella marca pertenecía a un exclusivo círculo de empresarios al que muy pocas personas tenían acceso.
Un grupo conocido por negociar acuerdos millonarios con absoluta discreción.
Jamás imaginó encontrar una conexión así en un pequeño pueblo costero.
Cerró la computadora lentamente.
Ahora tenía más preguntas que respuestas.
Al día siguiente, Nica llegó al Café del Puerto con el rostro algo cansado.
Había dormido muy poco.
Apenas entró, Marta lo notó.
—Otra mala noche.
Nica intentó sonreír.
—Prometo que hoy voy a trabajar igual de bien.
Marta dejó una taza de café sobre el mostrador.
—Primero tomá esto.
Después hablamos.
Nica aceptó la taza.
El calor del café le devolvió un poco de tranquilidad.
Mientras tanto, los primeros clientes comenzaban a ocupar las mesas.
Don Ernesto apareció, como siempre.
—¡Buenos días!
—Buenos días, Don Ernesto.
—¿Hoy sí descansaste?
Nica soltó una risa.
—¿Tan evidente soy?
—Cuando una persona está preocupada, los ojos hablan antes que la boca.
Ella agradeció que el hombre no insistiera.
En ese momento, la campanita de la puerta volvió a sonar.
Sin necesidad de mirar, supo quién era.
El hombre de los ojos grises.
Pero esta vez no estaba solo.
Junto a él caminaba un señor mayor de cabello blanco, impecablemente vestido.
Ambos parecían mantener una conversación importante.
Nica tomó aire y se acercó con la libreta.
—Buenos días.
El hombre levantó la vista y sonrió.
—Buenos días, Nica.
El señor mayor la observó con atención durante unos segundos.
Después sonrió con amabilidad.
—Así que vos sos Nica.
Ella sintió una extraña incomodidad.
—Sí... mucho gusto.
—El gusto es mío.
Pidieron dos cafés y un desayuno completo.
Mientras Nica anotaba el pedido, no pudo evitar notar que el hombre de los ojos grises parecía mucho más serio que de costumbre.
Como si aquella reunión fuera realmente importante.
Cuando llevó las tazas, escuchó una frase que la hizo detenerse por un instante.
—No podés seguir ocultándolo para siempre —dijo el hombre mayor en voz baja.
—Lo sé.
Respondió el hombre de los ojos grises.
—Pero todavía no es el momento.
Nica siguió caminando sin mirar atrás.
No quería escuchar conversaciones ajenas.
Sin embargo, aquellas palabras quedaron resonando en su cabeza.
"Todavía no es el momento."
¿Por qué sintió que esa frase también hablaba de ella?
Minutos después, los dos hombres terminaron el desayuno.
El señor mayor fue el primero en levantarse.
Antes de salir, se acercó al mostrador donde estaba Nica.
—Espero volver a verla, señorita.
Ella respondió con una sonrisa educada.
—Será un gusto atenderlo nuevamente.
Cuando ambos abandonaron el café, Marta apareció a su lado.
—¿Viste quién era el señor mayor?
Nica negó con la cabeza.
—No.
Marta sonrió con misterio.
—Dicen que es uno de los empresarios más importantes del país.
Nica miró hacia la puerta, ya cerrada.
Entonces comprendió algo.
Aquel hombre de los ojos grises no era un cliente cualquiera.
Y, por alguna razón que todavía no entendía...
Había decidido entrar en su vida.
Sin saberlo, esa decisión cambiaría el destino de los dos para siempre.
Continuará...