Romance en Playa Varadero ( Cuba)
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Bajo la piel del mar.
El despertador de Álix sonó a las cuatro y media de la madrugada, pero él ya estaba despierto. Apenas había dormido. Cada vez que cerraba los ojos, el rostro de Marina aparecía proyectado en el reverso de sus párpados como una película que se negaba a terminar. Sus ojos turquesa, su sonrisa franca, la aspereza de sus dedos contra la suavidad de los suyos. El recuerdo lo mantenía en un estado de alerta dulce, una vigilia enamorada que no necesitaba cafeína para mantenerse en pie.
Se puso el bañador, una camiseta ligera y se colgó la Leica al hombro por pura inercia. Al salir del bungalow, el mundo era otro. Varadero a las cinco de la mañana no pertenecía a los turistas, sino a la naturaleza y a los trabajadores silenciosos que preparaban el hotel para el nuevo día. Un jardinero regaba las buganvilias con una manguera que silbaba suavemente, y el aroma a tierra mojada y a flores recién despiertas llenaba el aire. El cielo, aún salpicado de estrellas tímidas, comenzaba a teñirse de un azul profundo en el horizonte, como si el mar hubiera empezado a evaporarse hacia el firmamento.
El muelle estaba desierto cuando llegó, pero no por mucho tiempo. Apenas cinco minutos después, escuchó el motor de un carrito eléctrico y las voces animadas de dos hombres que llegaban cargando equipos de buceo. Eran Javier y Ernesto, los biólogos del equipo de Marina. Javier era un mulato corpulento de risa fácil y brazos como troncos; Ernesto, más delgado y silencioso, llevaba gafas de pasta y una libreta de campo que parecía su posesión más preciada.
—¿El francés? —preguntó Javier, con una sonrisa de oreja a oreja—. Marina nos dijo que vendrías. Bienvenido al club de los locos que se levantan antes que el sol.
—No soy francés —respondió Álix, devolviéndole la sonrisa—. Bueno, sí, pero no soy un francés cualquiera.
—Eso lo decidirá Marina —bromeó Javier, mientras empezaba a preparar los tanques de oxígeno—. Ella es la jefa. Lo que ella dice, va a misa.
—¿Y qué dice ella de mí?
La pregunta escapó de sus labios antes de que pudiera detenerla, y el rubor le subió por el cuello. Javier soltó una carcajada que resonó en la quietud del amanecer.
—Eso, amigo, tendrás que preguntárselo tú mismo. Pero por la forma en que nos pidió que te tratáramos bien... yo diría que algo bueno.
El ruido de una bicicleta sobre la arena interrumpió la conversación. Y entonces apareció Marina.
Álix sintió que el corazón le daba un vuelco y se le instalaba en la garganta. Ella llegaba pedaleando con una gracia despreocupada, el cabello aún húmedo recogido en una trenza floja que caía sobre un hombro. Llevaba un traje de baño de dos piezas de un azul oscuro que hacía que sus ojos parecieran brillar con luz propia incluso en la penumbra del alba, y una camiseta blanca semi transparente que se ceñía a sus curvas con la brisa marina. Sus piernas, largas y bronceadas, se movían con la fuerza elegante de quien ha crecido pedaleando contra el viento del Caribe.
—Veo que eres hombre de palabra —dijo Marina al llegar, apoyando la bicicleta contra una palmera. Su sonrisa era fresca y sincera, pero en sus ojos había un brillo especial, como si ella también hubiera pasado la noche en vela.
—Siempre —respondió Álix, y la palabra sonó a promesa.
Marina le lanzó un chaleco salvavidas y unas aletas de buceo.
—Ponte esto. Y la cámara, mejor déjala. El arrecife no se fotografía. Se vive.
Álix obedeció sin rechistar, algo inusual en él. Dejó su amada Leica sobre una mesa de madera, sintiendo que por primera vez en años, sus ojos iban a ser más importantes que el objetivo de una cámara.
La expedición partió en una pequeña lancha de motor que Javier pilotaba con la destreza de un capitán experimentado. El mar, en calma absoluta, parecía un espejo de aceite líquido. A medida que se alejaban de la costa, el sol comenzó a despuntar en el horizonte, un disco de fuego anaranjado que incendiaba el cielo y convertía el agua en un mosaico de oro, rosa y, en el centro de todo, el inconfundible azul turquesa que tanto obsesionaba a Álix.
Llegaron a una zona delimitada por boyas ecológicas, donde el arrecife de coral se extendía bajo la superficie como una ciudad sumergida. Marina se puso las gafas y el esnórquel, y antes de lanzarse al agua, se giró hacia Álix.
—Quédate cerca de mí. El arrecife es seguro, pero quiero enseñarte algo especial. Algo que casi nadie ve.
Se deslizó al agua sin hacer ruido, apenas una ondulación en la superficie. Álix la siguió, y el mundo, tal como lo conocía, desapareció.
Bajo el agua, el silencio era absoluto y, al mismo tiempo, estaba lleno de vida. Un banco de peces loro, de un verde iridiscente, pasó a su lado como una bandada de pájaros acuáticos. Más abajo, los corales cerebro desplegaban sus circunvoluciones pétreas, y las anémonas mecían sus tentáculos en una danza hipnótica. Pero Álix apenas veía nada de eso. Solo la veía a ella.
Marina nadaba con una naturalidad que parecía sobrenatural. No era una mujer en el agua; era una criatura del agua. Su cuerpo se deslizaba con una economía de movimientos perfecta, sus brazos trazaban arcos elegantes y su trenza flotaba detrás de ella como una estela de seda. De vez en cuando, giraba la cabeza para comprobar que él la seguía, y bajo la máscara de buceo, sus ojos azul turquesa se veían aún más grandes, más líquidos, más imposibles. Eran dos océanos en miniatura, dos ventanas a un mundo mágico donde Álix deseaba perderse para siempre.
Ella le hizo una seña con la mano. Ven.
Lo guió hasta una formación de coral cuerno de alce especialmente grande y frondosa, una catedral sumergida de ramas blancas y puntas púrpura. Allí, protegida entre dos columnas de coral, una pequeña morena verde asomaba su cabeza de dragón, observándolos con sus ojos diminutos y desconfiados. Marina extendió la mano lentamente, sin miedo, y la morena, tras unos segundos de duda, se deslizó entre sus dedos como una mascota que saluda a su dueña.
Álix contempló la escena sin atreverse a respirar, aunque la boquilla del esnórquel le suministraba aire. La imagen era tan pura, tan profundamente bella, que sintió un nudo en la garganta. Aquella mujer no solo trabajaba con el mar. Lo amaba. Y en ese amor había una entrega, una vulnerabilidad, que lo dejó completamente desarmado.
Marina se giró hacia él y, viendo su expresión de asombro, le sonrió bajo el agua. Una sonrisa que se veía distorsionada por la máscara pero que conservaba toda su dulzura. Luego, con un gesto juguetón, le indicó que la siguiera de nuevo.
Ascendieron juntos, lentamente, dejando que sus cuerpos flotaran hacia la superficie como dos corchos liberados. Cuando sus cabezas emergieron, el sol ya se había alzado por completo y el calor empezaba a hacerse notar. Se quitaron las máscaras y flotaron el uno frente al otro, a apenas un palmo de distancia, las piernas moviéndose lentamente bajo el agua para mantenerse a flote.
—¿Qué te ha parecido? —preguntó Marina, con la voz un poco entrecortada por el esfuerzo.
—No tengo palabras —respondió Álix, y era la verdad más absoluta. Él, que vivía de encontrar las palabras exactas para describir el mundo, se sentía mudo ante aquella experiencia.
—La mayoría de la gente solo ve la superficie —dijo Marina, mirando hacia el horizonte—. Playas bonitas, hoteles bonitos, cócteles con sombrillitas. Pero debajo del agua hay un universo entero. Un universo que está muriendo, poco a poco, y casi nadie lo sabe. O casi nadie le importa.
—A ti te importa.
—A mí me importa más que nada en el mundo. Este arrecife... —hizo una pausa, buscando las palabras—. Este arrecife me salvó la vida.
Álix la miró, intrigado. El sol brillaba sobre las gotas de agua que salpicaban sus mejillas, haciéndolas brillar como diamantes líquidos.
—¿Qué quieres decir?
Marina dudó por un instante. No solía hablar de su pasado con desconocidos, y mucho menos con un turista extranjero que en dos semanas se habría marchado para siempre. Pero algo en la mirada de Álix, en su forma de escuchar con todo el cuerpo, le hizo bajar la guardia.
—Cuando era adolescente, perdí a mi padre —dijo, con una voz tan baja que casi se la llevó la brisa—. Fue un accidente de pesca. Una tormenta repentina. Su bote volcó y nunca encontramos su cuerpo. Yo me quedé destrozada. No quería comer, no quería hablar, no quería vivir. Pero un día, mi abuelo me trajo a este mismo arrecife. Me puso una máscara y me empujó al agua sin preguntar. Y allí abajo... —sus ojos se humedecieron, aunque no llegaron a derramar lágrimas—. Allí abajo entendí que mi padre no se había ido. Se había convertido en el mar. En cada pez, en cada coral, en cada ola. Desde entonces, juré que dedicaría mi vida a protegerlo. Para protegerlo a él.
El silencio que siguió fue profundo y respetuoso. Álix sintió una opresión en el pecho, no de tristeza, sino de una empatía tan intensa que casi le dolía físicamente. Quería abrazarla, consolarla, decirle que entendía su dolor. Pero en lugar de eso, hizo algo más sencillo y, quizás, más poderoso. Extendió la mano bajo el agua y, con la punta de los dedos, rozó suavemente los dedos de Marina.
Ella no los retiró. Al contrario. Sus dedos se entrelazaron con los de él, un contacto ligero, casi ingrávido, que sin embargo llevaba la fuerza de un ancla.
—Gracias por contármelo —susurró Álix.
—Gracias por escucharlo.
Flotaron así durante un minuto eterno, las manos entrelazadas bajo el agua, los ojos perdidos el uno en el otro. Javier y Ernesto, a lo lejos, seguían con sus mediciones, ajenos al momento mágico que se estaba produciendo. El mundo se había reducido a aquella balsa de intimidad, a aquel pedacito de mar turquesa que los sostenía como un lecho.
—¿Sabes? —dijo Marina de repente, con un tono más ligero, rompiendo la intensidad del momento—. Hay una tradición cubana que dice que si te sumerges en el mar al amanecer y pides un deseo con el corazón, el deseo se cumple.
—¿Tú lo has hecho?
—Siempre. Pero es un secreto. Si cuentas el deseo, no se cumple.
—Entonces tendré que pedir el mío sin decírtelo —sonrió Álix.
—Hazlo ahora. El sol ya ha salido. Es el momento exacto.
Marina se colocó la máscara y, con un movimiento ágil, se sumergió de nuevo. Álix la imitó. Bajo el agua, cerró los ojos y pidió un deseo. No pidió éxito para su próximo libro, ni reconocimiento, ni todas aquellas cosas que una vez le habían parecido importantes. Pidió algo mucho más simple y mucho más imposible.
Que este momento no termine nunca. Que ella no desaparezca de mi vida cuando mis vacaciones acaben. Que sus ojos turquesa me acompañen para siempre.
Cuando emergieron de nuevo, el sol ya calentaba con fuerza. Javier y Ernesto los llamaban desde la lancha, dando por terminada la expedición. De regreso a la costa, Marina se sentó junto a Álix en la proa, y sus rodillas se tocaron levemente con el balanceo de la lancha. Ninguno de los dos se apartó. Ninguno de los dos quería apartarse.
Al llegar al muelle, mientras Javier y Ernesto descargaban los equipos, Marina se acercó a Álix y le tendió una toalla.
—Has sido un buen compañero de expedición. Para ser un turista —bromeó.
—Y tú has sido una excelente guía. Para ser una sirena —respondió él.
Ella se rió, una risa cristalina que a Álix le recordó al sonido del agua al chocar contra las rocas.
—Mañana es mi día libre —dijo Marina, con una naturalidad que apenas ocultaba la invitación que estaba haciendo—. Pensaba ir a una playa que hay un poco más al este, fuera de la zona turística. No tiene hamacas ni bar, pero tiene la arena más blanca que he visto en mi vida. Y una puesta de sol que te hará olvidar cualquier otra que hayas visto.
—¿Y aceptas acompañantes?
—Depende. ¿El acompañante sabe preparar mojitos?
—No, pero estoy dispuesto a aprender.
—Entonces trato hecho. Pasa por el centro de conservación a las tres. Y trae tu cámara. Esa playa sí merece ser fotografiada. Tú... —dudó un segundo, como si estuviera a punto de decir algo importante, pero se contuvo—. Tú también lo mereces.
Antes de que Álix pudiera responder, Marina ya se había subido a su bicicleta y pedaleaba arena adentro, dejando tras de sí una estela de conchas trituradas y un corazón francés que latía más fuerte que nunca.
Esa noche, en su bungalow, Álix se sentó frente al cuaderno de viaje que siempre llevaba consigo. Lo abrió por una página en blanco y escribió una sola frase:
“Sus ojos no son azules. Son el mar mismo, concentrado en una mirada. Y yo, que he pasado la vida navegando sin rumbo, acabo de encontrar mi puerto.”
Cerró el cuaderno con una sonrisa. Por primera vez en años, las palabras habían vuelto a fluir. Y todas ellas, absolutamente todas, tenían nombre de mujer y color de mar