Cuando la mafia y el amor se cruzan...
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Cosas que no debía oír
Habían pasado tres semanas. Tres semanas sin respuestas.
Tres semanas comiendo bien, durmiendo en sábanas suaves como suspiros, caminando sobre mármol pulido que no dejaba
huellas.
Tres semanas sin libertad.
Isabella se había habituado al silencio. A los pasillos fríos. A las rutinas impuestas. A los guardias de mirada hueca. A las palabras amables que escondían cadenas invisibles.
Pero no podía acostumbrarse a la incertidumbre.
Esa sensación de estar suspendida en el aire, como una hoja que no cae nunca.
Cada mañana despertaba esperando una señal. Una mirada distinta. Una carta, una palabra, algo. Pero todo seguía igual.
Esa noche —tibia, pesada, con un aire espeso que parecía murmurar secretos— ya no pudo más. Tenía un presentimiento que le zumbaba en el pecho.
Vestía un camisón largo de satén marfil, la bata suelta le rozaba las pantorrillas mientras caminaba. El piso de madera crujía bajo sus pasos descalzos. La mansión dormía, o al menos fingía dormir.
Ni siquiera Luca estaba en su puesto habitual, apoyado contra la baranda de la escalera con ese aire de vigilante resignado.
Isabella tomó rumbo al ala este. Ahí estaba el estudio de Vittorio.
Un lugar al que jamás había sido invitada. Un espacio donde él se encerraba durante horas.
Pero esta vez, algo era diferente. Desde el pasillo oscuro, percibió una tenue luz filtrándose por la rendija de la puerta… y voces.
Se acercó sin hacer ruido, como si toda su vida la hubiese entrenado para ese momento. La puerta estaba entreabierta.
La voz grave de Vittorio sonaba tensa, contenida, como si masticara piedras.
La otra, más calma, modulada, casi susurrante, parecía la de un médico. Alguien acostumbrado a hablar de cosas delicadas sin romperlas.
—…los resultados llegaron esta mañana —dijo el hombre mayor—. Los confirmé dos veces para estar seguro.
—¿Y? —preguntó Vittorio, seco.
—Compatibilidad genética del 99.9%. No hay margen de error. Silencio.
Uno espeso, incómodo.
Isabella sintió cómo su cuerpo se congelaba por dentro.
—Nunca me lo dijo… —murmuró Vittorio, apenas audible.
—Quizás pensó que era mejor así. O tal vez ni siquiera lo sabía con certeza.
—¿Y qué se supone que haga ahora con esta verdad?
—Mi consejo es que se la digas. No ganás nada escondiéndola. A veces, el tiempo es el peor enemigo de la verdad.
—No aún. No así.
La garganta de Isabella se cerró.
No entendía del todo lo que oía, pero su cuerpo lo sabía. Su instinto rugía.
ADN. Compatibilidad. Mentiras.
¿Estaban hablando de ella?
Retrocedió en puntas de pie y se ocultó detrás de una columna. El corazón le golpeaba tan fuerte en el pecho que temía que ambos hombres pudieran escucharlo.
La puerta se abrió.
Primero salió Vittorio. Alto, elegante, con el rostro como esculpido en piedra. Detrás, un hombre canoso, con anteojos finos y portafolio de cuero.
Sí, un médico. Estaba segura.
—Seguiré viniendo de noche, como hasta ahora —decía él mientras caminaban—. Pero si vas a hablar con ella, no lo postergues más.
—Lo sé —respondió Vittorio, en voz baja.
Caminaron en dirección contraria, sin verla. Isabella apenas respiraba. Sintió que acababa de escuchar algo capaz de volcar su mundo.
No volvió a su habitación. No quería esas paredes doradas ni su cama que olía a encierro. Fue directo al invernadero.
Ese rincón con olor a tierra y flores nocturnas. El único lugar donde podía recordar quién era… o quién había sido.
Se sentó en el suelo, con las piernas cruzadas, las manos temblorosas apoyadas sobre los muslos. Miraba al vacío, pero su mente ardía.
Ahí fue cuando escuchó pasos.
—Estás empezando a darme trabajo extra —dijo la voz de Luca, con su habitual tono entre cansado y burlón. Ella no se movió.
—¿Te mandaron a buscarme?
—Sí.
—¿Y si no quiero volver?
—Entonces me quedo acá hasta que quieras volver. Silencio.
—¿Qué sos realmente, Luca? —preguntó, con la mirada fija en la penumbra—. ¿Un guardián? ¿Un perro fiel? ¿Un hombre sin alma?
—Un poco de todo —respondió, sin titubear.
—¿Sabés por qué me tienen acá? Él tardó apenas un segundo.
Pero ese segundo fue suficiente.
—No.
Ella se giró bruscamente. Sus ojos brillaban de bronca contenida.
—¿Por qué me mentís?
—Porque la verdad no siempre ayuda. A veces, solo lastima más.
—¡Ya estoy lastimada, Luca! ¡Estoy secuestrada! ¡Esto es una locura! Luca la miró, y por primera vez, su máscara se resquebrajó.
—No sos una prisionera cualquiera, Isabella. Esto es más complejo de lo que imaginás.
—Escuché una conversación. ADN. Compatibilidad genética. Un secreto. ¡Estaban hablando de mí, verdad? Él cerró los ojos por un instante. Como si eso pudiera borrar lo que ella sabía.
—No te puedo decir más.
—¿Por qué no?
—Porque no me corresponde. Y porque… si supieras todo ahora, te derrumbarías. Ella se levantó, caminó hacia él, apenas a unos centímetros.
—No necesito que me protejan. Necesito la verdad. Luca bajó la mirada. Su voz se volvió un susurro grave.
—Lo sé. Pero no depende de mí.
Se miraron un largo rato. Un silencio denso, lleno de palabras que no podían decirse. Finalmente, él habló.
—Volvamos. Es tarde.
—No tengo sueño —dijo ella, bajando la vista.
—Yo tampoco. Pero igual… volvamos.
Isabella dio un paso atrás resopló resignada, pero lo siguió. Algo dentro de ella se había roto esa noche. O quizás… algo que dormía finalmente se había despertado.
Sabía que nada volvería a ser igual. Sabía que la verdad estaba cerca.
Y también… que ya no podía confiar en nadie.
Ni siquiera en ese hombre que parecía dispuesto a quedarse con ella en medio del invernadero solo para que no se sintiera sola. Ni siquiera en sí misma.