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Cenizas Bajo La Piel

Cenizas Bajo La Piel

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / Venganza / Romance / Completas
Popularitas:599
Nilai: 5
nombre de autor: Eliany Justo

Una historia de amor, odio y venganza

NovelToon tiene autorización de Eliany Justo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Tres balas, dos corazones

Capitulo 12

Dante llegó a Lisboa en un jet privado que su padre puso a su disposición sin hacer preguntas. Héctor Montenegro no sabía que su hijo mayor acababa de aliarse con la mujer que planeaba destruirlo. O quizás lo sabía, y aquella generosidad era otra forma de manipulación. En la familia Montenegro, el amor y el control se parecían tanto que nadie sabía distinguirlos.

El aeropuerto de Lisboa estaba vacío a esa hora de la madrugada. Dante salió por la puerta privada y se encontró con Valentina apoyada en un coche alquilado, con Lucas a su lado. Los tres se miraron durante un largo segundo, y en ese segundo pasaron todas las palabras que no habían dicho: perdón, odio, miedo, necesidad.

—No tengo un plan —confesó Dante, rompiendo el hielo—. Solo sé que quiero estar aquí. Con vosotros.

—El plan es sencillo —dijo Valentia, abriendo la puerta del coche—. Entramos en la mansión de Renato, robamos las pruebas que aún guarda sobre el tráfico de niños, y las entregamos a la fiscalía. Con eso caen tu padre, Renato y todos los cómplices.

—¿Y cómo entramos? —preguntó Lucas—. La mansión está blindada. Tiene guardias, cámaras, sensores de movimiento.

—Por eso necesito que Dante hable con su padre —respondió Valentina—. Que le diga que quiere reunirse con Renato para negociar una tregua. Que le pida una cita en la mansión. Héctor se lo creerá, porque siempre ha querido que sus hijos sigan sus pasos. Y cuando estemos dentro, Lucas desactivará las cámaras mientras yo busco las pruebas.

—¿Y tú qué harás mientras tanto, Dante? —preguntó Lucas.

Dante sonrió con una amargura que no iba con su edad.

—Yo seré el cebo. Renato querrá verme a solas para humillarme, para contarme todos los secretos que mi padre le encargó ocultar. Le daré cuerda. Suficiente para que vosotros tengáis tiempo.

—Es una locura —dijo Valentina—. Si te descubren, te matará.

—Entonces no me descubran.

El plan se puso en marcha esa misma noche. Héctor, encantado de que su hijo "recobrara la cordura", organizó el encuentro en menos de seis horas. La mansión de Renato quedaba en Cascais, un palacete del siglo XIX rodeado de pinos y vistas al mar. Cuando llegaron, el sol se había puesto y las farolas del jardín dibujaban sombras alargadas.

Dante entró por la puerta principal, con un traje azul marino y las manos vacías. Valentina y Lucas se deslizaron por el perímetro, esquivando las cámaras que Lucas había desactivado con un inhibidor de frecuencias comprado en el mercado negro. La noche olía a sal y a peligro.

Dentro de la mansión, Renato recibió a su sobrino con una copa de vino tinto y una sonrisa de auténtica felicidad. No era una felicidad fingida; Renato adoraba a Dante de una manera enferma, como se adora a un perro de raza al que se quiere ver morder.

—Has crecido —dijo, señalándole un sillón de terciopelo burdeos—. La última vez que te vi tenías quince años y llorabas por tu madre.

—No lloro por nadie —respondió Dante, sentándose sin invitación—. Vine a hablar de negocios.

—¿Negocios? Tu padre me dijo que querías una tregua. Que estabas cansado de pelear.

—Mi padre miente. Siempre miente.

Renato se rió, un sonido grave que retumbó en la biblioteca acristalada.

—Eso es cierto. Pero tú también mientes, Dante. Mentiste a Valentina, le mentiste a Lucas, mentiste a tu padre. La única diferencia es que yo lo sé todo.

Dante sintió un escalofrío. Renato no podía saberlo. No podía.

—La chica y tu hermano están en mi casa ahora mismo —continuó Renato, bebiendo un sorbo de vino—. Los vi entrar por la cámara del jardín norte. Lucas desactivó las que creía importantes, pero se olvidó de las térmicas. Los críos de hoy confían demasiado en la tecnología.

Dante se levantó de un salto, pero dos guardias aparecieron detrás de él y lo inmovilizaron.

—No te preocupes —dijo Renato, con esa calma aterradora que lo caracterizaba—. No voy a matarlos. Al menos no todavía. Quiero que veas cómo eligen. Valentina puede salvar a Lucas o puede salvar el expediente. Pero no a los dos. Solo tiene tres balas en la pistola que le dejaste en el maletero del coche. Y yo tengo diez hombres.

En el sótano de la mansión, Valentina y Lucas acababan de encontrar la caja fuerte. No necesitaron la llave de plata porque Renato, en su soberbia, había puesto la misma combinación que Héctor: 12-08-1972. Dentro, junto al contrato original del tráfico de niños, había una foto de Dante con su madre, los dos sonriendo frente al mar.

—Esto es para ti —dijo Valentina, dándosela a Lucas—. Guárdala.

En ese momento, las luces se encendieron. Diez hombres armados rodeaban la escalera. Y una voz amplificada por el sistema de megafonía decía:

—Tres balas, dos corazones. Elige, Valentina. ¿Salvas a Lucas o te llevas las pruebas?

Valentina miró a Lucas. El chico tenía los ojos llenos de lágrimas, pero asintió.

—Lleva el expediente —susurró—. Yo me quedo.

—No.

Valentina sacó la pistola. Tenía tres balas, como había dicho Renato. Contó a los hombres: diez. Imposible. Pero no necesitaba matarlos a todos. Solo necesitaba una ventana.

Disparó al foco principal. La oscuridad volvió a inundar el sótano. En el caos, agarró a Lucas de la mano y corrieron hacia una salida de emergencia que había visto en los planos. Los disparos sonaron detrás de ellos. Sintió un ardor en el hombro izquierdo —una bala de rozamiento— pero no paró.

Salieron al jardín justo cuando Dante, que había logrado zafarse de sus captores a puñetazos, corría hacia ellos.

—¡El coche! —gritó.

Llegaron al vehículo con los guardias pisándoles los talones. Dante arrancó mientras Valentina disparaba su última bala contra el neumático delantero del coche que los perseguía. El vehículo chocó contra un pino. Aprovecharon la confusión para desaparecer carretera abajo.

En el asiento trasero, Lucas sostenía el expediente contra su pecho. Valentina, con el hombro sangrando, miraba por la ventanilla trasera. Dante conducía con una mano, y con la otra le apretaba el brazo a ella.

—Te dije que no me descubrieran —murmuró él, con media sonrisa.

—Y no te descubrieron —respondió ella, con el dolor atravesándole la voz—. Nos descubrieron a nosotros.

Atrás, en la mansión, Renato Montenegro veía cómo se alejaban las luces del coche. No sonreía. Pero tampoco estaba enfadado. Simplemente cogió el teléfono y marcó el número de su hermano.

—Diego —dijo—. Tus hijos me han robado. Ahora te toca a ti decidir: ¿los salvas o salvas tu imperio?

Al otro lado de la línea, Héctor cerró los ojos y pidió un whisky. La guerra civil de los Montenegro acababa de empezar.

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monita
🤔🤔🤔🤔🤔 no entendí esta novela 🤔🤔🤔 corta como me gustan perooooo??
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