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El Precio De Tu Silencio

El Precio De Tu Silencio

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Traiciones y engaños
Popularitas:647
Nilai: 5
nombre de autor: analysi

Adrián y Valentina son una pareja perfecta ante los demás. Él es un abogado exitoso; ella, una restauradora de arte. Pero todo se quiebra cuando Valentina descubre que su mejor amiga, Daniela, y su propio esposo la engañan desde hace años. Lo que Valentina no sabe es que Adrián planeó todo para quedarse con su herencia. El tercero en discordia es Leonardo, un socio de Adrián que guarda un secreto: está enamorado de Valentina desde la universidad y ha esperado una década para destruir a Adrián desde dentro

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Capítulo 1 – La cena perfecta

El reloj de la chimenea marcaba las nueve cuando Valentina terminó de disponer los cubiertos de plata sobre el mantel de lino blanco. Había pasado tres horas en la cocina preparando el plato favorito de Adrián: cordero al romero con puré de castañas. Cada vez que cocinaba para él sentía que le entregaba un pedazo de su alma. Y esa noche era especial. Cinco años de casados. Cinco años desde que él apareció en su vida como un salvador cuando su padre había muerto dejando deudas y ella se sentía un barco a la deriva.

—¿Estás hermosa? —escuchó detrás de ella.

Adrián bajó las escaleras con un traje azul marino que le hacía los hombros más anchos. Su sonrisa era perfecta. Demasiado perfecta. Pero Valentina se reprendió por ese pensamiento. Él era su esposo. El hombre que la había sostenido cuando lloraba en el velatorio de su madre. El que había pagado sus estudios de restauración de arte sin pedir nada a cambio.

—El cordero está casi listo —dijo ella, secándose las manos en el delantal—. Abre el vino, ¿sí?

Adrián se acercó a la cava empotrada en la pared de la cocina, pero su teléfono vibró. Lo miró de reojo. Una mueca mínima cruzó su rostro, tan rápida que Valentina casi la pierde. Casi.

—¿Todo bien? —preguntó ella.

—Todo perfecto, amor. Solo el bufete.

Guardó el teléfono boca abajo sobre la encimera. Un gesto que Valentina había notado en los últimos meses. Antes él dejaba el teléfono en cualquier parte, con la pantalla hacia arriba, como si no tuviera nada que esconder. Ahora lo ocultaba como un pecado.

Cenaron con velas. Él le sirvió dos copas de vino tinto a pesar de que ella solo quería una. Le contó una anécdota graciosa de un juicio, y ella rió con ganas porque su risa sonaba sincera cuando narraba sus triunfos. Pero en algún momento, entre el segundo bocado de cordero y el tercero, la mirada de Adrián se desvió hacia la ventana. No hacia afuera. Hacia el reflejo de ellos dos en el vidrio. Como si se estuviera mirando a sí mismo en un escenario.

—Te compré algo —dijo de repente.

Sacó un estuche de terciopelo negro de su bolsillo interior. Valentina sintió un vuelco en el pecho. Siempre le había gustado esa sensación, esa pequeña muerte anticipada de los regalos sorpresa. Abrió la caja.

Era un collar. Delicado, de oro blanco, con un dije en forma de lágrima. Muy bonito. Pero lo que la heló fue el grabado en la parte trasera. No lo leyó en voz alta primero. Pasó el dedo por las letras minúsculas: “Para mi verdadero amor”.

—Es hermoso —dijo, con una sonrisa que ensayó durante un segundo de más.

—¿No te gusta? —Adrián inclinó la cabeza con esa expresión de preocupación que parecía salida de un manual.

—Claro que me gusta. Solo que… la letra no es tuya.

Silencio. El tipo de silencio que llena una habitación y la hace más pequeña.

Adrián soltó una carcajada breve, forzada.

—Mandé a grabarlo a una joyería. Por eso no es mi caligrafía.

Valentina asintió. Tenía sentido. Todo lo que él decía tenía sentido. Era abogado. Sabía construir argumentos irrompibles. Ella se colocó el collar y sintió el metal frío contra su clavícula. Para mi verdadero amor. Una frase bonita. Pero ella no era tan ingenua como Adrián creía. Y esa noche, mientras él se levantaba a buscar el postre y su teléfono vibraba otra vez boca abajo sobre la encimera, ella cometió el primer acto de deslealtad en cinco años de matrimonio: cuando él se giró, ella alargó la mano y volvió el teléfono justo un segundo.

La pantalla iluminada mostraba un mensaje de WhatsApp. Remitente: Daniela. Su mejor amiga. El texto decía: “Hoy no pude verte, pero pensé en ti. ¿Mañana a la misma hora?”.

Adrián volvió con una tarta de queso. Valentina ya había retirado la mano y sonreía como una muñeca de porcelana. Tomó la copa de vino que él le había servido y la apuró entera.

—¿Te apetece bailar? —preguntó él.

—Claro.

Se levantaron en el salón. No había música, pero él tarareó una canción antigua que ella no reconoció. La estrechó contra su pecho. Valentina apoyó la mejilla en su hombro y cerró los ojos.

Daniela, pensó. No puede ser. Es mi amiga. Es la madrina de nuestro futuro hijo que aún no hemos tenido. No puede ser.

Pero el collar le pesaba como una soga. Para mi verdadero amor. Y entonces recordó algo: Daniela tenía una letra pequeña, inclinada hacia la derecha, casi idéntica a las letras grabadas en el dije. Daniela estudiaba caligrafía artística en un taller los jueves. Los mismos jueves que Adrián llegaba tarde a casa.

Valentina no dijo nada. Solo bailó. Y mientras bailaba, en algún rincón frío de su cerebro que aún no sabía que existía, empezó a construirse una corredora. No una víctima. Una corredora de fondo que algún día iba a correr más rápido que todos ellos.

—Te amo —susurró Adrián contra su oreja.

—Y yo a ti —respondió ella.

Por primera vez en cinco años, no estaba segura de si decía la verdad.

1
Teresa Orellana
perro maldito
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