LUCIAN SANTOS , un hombre guapo y libre de ataduras ,no vive así por alguna decepción o algo que se le parezca ,no ,es el estilo de vida que el prefiere, pero todo da un giro inesperado; cuando una mañana aparece una bebe en su puerta y solo necesita la ayuda de la mujer que siempre está a su disposición ,para ayudarlo en esta nueva travesía (su secretaria) ,sin imaginar el gran secreto que ella guarda...
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No me falta una concubina
La tarde en el Penthouse se sentía como la calma que precede a un huracán de categoría cinco. Lucian estaba sentado en su sillón de cuero, con el acta de matrimonio guardada en el bolsillo interior de su saco, sintiendo el peso del papel como si fuera dinamita. A su lado, Elena intentaba mantener la compostura, aunque sus manos delataban un nerviosismo eléctrico mientras revisaba unos informes que, en realidad, no estaba leyendo.
El silencio se rompió cuando las puertas del ascensor se abrieron con un estruendo simbólico. Victoria Santos entró, pero no venía sola. La acompañaba una mujer que parecía esculpida en mármol: la baronesa Amelia von Dietrich. Rubia, gélida y con una elegancia que hacía que el aire a su alrededor se enfriara cinco grados.
—Lucian, querido —dijo Victoria con una sonrisa de triunfo que no llegaba a sus ojos—. Ya que tu agenda está tan "ocupada", he decidido que la cortesía debe empezar en casa. Te presento a Amelia. Ha viajado desde Munich solo para conocerte a ti... y a la pequeña.
Lucian se puso de pie, su mirada endureciéndose.
—Madre, te dije que no era el momento.
—Oh, señor Santos —intervino Amelia con una voz aterciopelada y un cálculo perfecto—, no se preocupe. Su madre me ha contado todo. No me importa en absoluto que sea padre soltero. De hecho, me parece... noble. Un hombre con un heredero ya asegurado es un hombre que sabe lo que quiere. Estoy dispuesta a aceptar este matrimonio y a darle a esa niña la guía que solo alguien de mi posición puede ofrecer.
Elena, en un rincón, sintió que el estómago se le revolvía. La mujer hablaba de Mikeila como si fuera una propiedad inmobiliaria que necesitaba una reforma.
Lucian miró a Amelia, luego a su madre, que lo observaba con la suficiencia de quien cree haber ganado la guerra. El rincón al que lo habían empujado era demasiado estrecho. No le quedaba otra salida que detonar la bomba.
—Es una oferta generosa, Baronesa —dijo Lucian, caminando hacia el centro del salón—, pero llega con trece meses de retraso.
Victoria frunció el ceño. —¿De qué hablas, Lucian? No balbucees.
Lucian sacó el acta de matrimonio y la extendió sobre la mesa de centro, justo bajo la nariz de su
Madre.
—Hablo de que no necesito una esposa, porque ya tengo una. Elena y yo nos casamos en secreto hace más de un año. Ella no es mi secretaria; es la señora Santos. Y Mikeila no es una niña sin madre, es nuestra hija legítima.
El silencio que siguió fue absoluto. Victoria Santos clavó la vista en el papel. Leyó los nombres, las fechas, el sello oficial. Sus mejillas, siempre perfectamente maquilladas, pasaron del rosa pálido a un blanco cadavérico. Miró a Elena, que permanecía de pie con la cabeza alta, y luego regresó a Lucian.
—Tú... con ella... un año... —Victoria balbuceó, se llevó una mano al pecho y, con una elegancia dramática digna de una tragedia griega, sus ojos se pusieron en blanco y se desplomó sobre el sofá.
—¡Madre! —exclamó Lucian, aunque no se movió de su sitio de inmediato. En su mente, un pensamiento fugaz y oscuro cruzó como un rayo: "La maté. Por fin lo hice. Pero, diablos, ¿quién la manda a presionarme de esta manera?".
Rápidamente, sacudió la cabeza para alejar la idea. "Lucian, es tu madre, saca esas ideas de tu cabeza".
—¡García! —rugió Lucian—. ¡Llama a una ambulancia! Creo que la noticia le ha causado una "falla técnica" al sistema de mi madre.
García apareció desde las sombras con la eficiencia de siempre, ya con el teléfono en la mano, aunque su mirada hacia Elena fue de un apoyo silencioso.
Mientras tanto, la baronesa Amelia permanecía de pie, indignada, mirando a Lucian como si fuera un bicho raro.
—¿Cómo te atreves? Me has hecho perder el tiempo. ¡Esto es una ofensa a mi linaje!
Lucian se giró hacia ella, recuperando su tono más mordaz.
—Y usted, Baronesa, gracias por venir. Pero como ve, ya tengo esposa e hija. Mi hogar está completo. No me falta una concubina, así que le agradecería que se retirara antes de que los paramédicos bloqueen su salida.
Amelia lo miró con una furia volcánica, sus mejillas encendidas de humillación. Sin decir una palabra, dio media vuelta y salió del penthouse con sus tacones echando chispas.
Lucian se frotó la nuca, confundido por la reacción de la mujer. "¿Qué dije mal?", pensó para sí mismo. "¿Acaso los condes y barones no tienen concubinas en sus historias familiares? Solo estaba siendo históricamente preciso".
Elena se acercó a Victoria, que empezaba a emitir unos quejidos mientras García le abanicaba con una revista.
—Señor Santos, esto ha sido demasiado —susurró Elena, preocupada—. Su madre va a despertarse y esto será la tercera guerra mundial.
Lucian miró a Elena, luego a su madre "desmayada", y finalmente a Mikeila, que dormía plácidamente en su habitación, ajena al caos.
—Ya estamos en guerra, Elena. Al menos ahora tenemos las trincheras bien definidas.
García colgó el teléfono. —La ambulancia viene en camino, señor. Aunque creo que la señora Victoria solo necesita un poco de sales de amonio y un nuevo testamento para desheredarlo.
Lucian soltó una risa seca y miró a Elena, tomándola de la mano en un gesto que, por primera vez, no se sintió como parte del contrato.
—Bienvenida oficialmente a la familia Santos, Rivas. Espero que tengas un buen seguro de vida, porque después de esto, lo vas a necesitar.
La narración me hace morir de risa 😂😂😂😂😂