Segunda parte: Derritiendo el Ducado
El príncipe heredero Christopher tiene veintiséis años, un carisma inigualable, intensos ojos azules y al Imperio entero presionándolo para que elija esposa y tome el trono. Para la alta sociedad, él es solo el carismático, bromista y despreocupado heredero a la corona.
Sin embargo, detrás de esa fachada perfecta y de sus constantes chistes, él guarda un gran y oscuro secreto: es el líder de las Black Shadows, un asesino despiadado y el espadachín más letal del Imperio, un hombre que ama el olor a sangre y que planea llevarse su verdadera identidad a la tumba.
Su plan de mantenerse soltero se desmorona cuando se cruza con una duquesa fuera de lo común. Ella no es una sumisa dama noble y, tras haber reencarnado en ese mundo, guarda el arma más peligrosa de todas: sabe perfectamente quién es el monstruo detrás de la corona. El juego del gato y el ratón ha comenzado, y el "principito" está a punto de descubrir que su prometida tiene las llaves de su
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Capítulo 14: Acero bajo la luna
La última nota del tango aún vibraba en el aire cuando el desastre cobró forma. No hubo un grito de advertencia, ni un anuncio dramático; simplemente, el gigantesco salón de la corte se sumergió en una boca de lobo. Todas y cada una de las inmensas lámparas de cristal se apagaron al unísono, devoradas por una oscuridad tan densa que el pánico tardó unos segundos en procesarse.
Entonces, el sonido del acero rasgando el aire rompió el silencio.
—¡Infiltrados! ¡Protejan al Emperador! — Sentenció la voz de Cédric a lo lejos, firme como un cañón en mitad de la súbita tormenta.
El caos estalló con una violencia demencial. Las telas finas se desgarraban, las copas se estrellaban contra el mármol y los gritos de terror de las damas y caballeros crearon un eco ensordecedor. Sophia se quedó congelada en mitad de la pista, perdiendo el agarre de Christopher en la confusión inicial. La empujaron, alguien la golpeó en el hombro y el instinto de supervivencia de su vida pasada le gritó que corriera, pero en esa negrura era imposible saber hacia dónde.
A través del destello de la luna que entraba de refilón por los altos ventanales, Sophia divisó una silueta enorme que se alzaba a pocos centímetros de ella. No llevaba máscara de fiesta. Era un mercenario extranjero, y el brillo helado de su daga apuntaba directamente hacia el pecho de la joven. Sophia contuvo el aliento, esperando el impacto.
Pero antes de que el acero enemigo pudiera rozarle la piel, las sombras parecieron cobrar vida propia.
Un destello plateado, rápido como un relámpago, cruzó la penumbra. Se escuchó el seco impacto de metal contra metal, seguido de un quejido ahogado. El atacante cayó de rodillas antes de desplomarse por completo sobre el suelo pulido. Frente a ella, con la máscara de cuervo ligeramente ladeada y una espada larga que goteaba un líquido oscuro, se plantó Christopher.
Sophia vio, por primera vez en vivo y en directo, la verdadera naturaleza letal del príncipe. Y la escena le heló la sangre tanto como la fascinó.
No había rastro del heredero que bailaba con desgana o que soportaba los sermones del viejo conde. Christopher era un espadachín perfecto, una máquina de matar despiadada y milimétrica que se movía con la fluidez de un demonio danzante. Dos mercenarios más arremetieron desde su flanco izquierdo; Christopher ni siquiera parpadeó. Esquivó la primera estocada con un sutil giro de hombros, usó la empuñadura de su arma para romperle la mandíbula al segundo y, en un despliegue de ferocidad pura, hundió su hoja en el pecho del primero sin que le temblara un solo músculo.
Era aterrador. Era magnífico. Era el líder de las *Black Shadows* reclamando su territorio.
A pesar de la carnicería que se desataba a su alrededor, Christopher no descuidó su objetivo principal ni por una fracción de segundo. Mantuvo a Sophia a su espalda en todo momento, usándose como una barrera impenetrable. Si un enemigo se acercaba demasiado a la duquesa, el príncipe lo cortaba de raíz con una velocidad que el ojo humano apenas lograba registrar. Su espada cantaba un himno de muerte bajo la luz de la luna, limpiando el salón principal con una eficiencia que rayaba en lo inhumano.
Cuando los refuerzos de la guardia imperial, liderados por un Cédric cubierto de hollín, finalmente recuperaron el control de los accesos y las primeras antorchas comenzaron a encenderse, la resistencia de los infiltrados ya había sido aniquilada en la zona central. El suelo estaba cubierto de los despojos de una facción corrupta que subestimó el precio de atacar el palacio.
Christopher, con la respiración agitada y los hombros subiendo y bajando con violencia, envainó su espada con un chasquido seco. Tenía el traje de gala destrozado y estaba completamente cubierto de sangre enemiga. Un corte limpio en su antebrazo izquierdo comenzó a teñir la tela negra de un tono aún más oscuro y brillante, delatando una herida leve pero constante.
Antes de que la guardia o el Emperador pudieran rodearlos con preguntas, Christopher sujetó a Sophia de la muñeca con un agarre de hierro. Sin mirarla, la arrastró con brusquedad fuera del salón principal, esquivando los cuerpos y adentrándose por un pasillo apartado y desierto que conducía a las profundidades de la vieja biblioteca imperial. Su andar era rápido, casi frenético, y el eco de sus botas pesadas resonaba en las paredes de piedra como un recordatorio de que, aunque la música hubiera terminado, el verdadero peligro apenas estaba mostrando sus garras.