En el corazón de un pueblo olvidado donde la guerra es el único idioma que se habla, Isaí, una joven doctora de 23 años, lucha cada día por arrebatarle vidas a la muerte. Su mundo de batas blancas y juramentos éticos se tambalea cuando conoce a Antonio, un guerrillero marcado por la pólvora cuya sola presencia es una sentencia de peligro.
Lo que comienza como una cura clandestina se transforma en un romance prohibido que desafía toda lógica. Sin embargo, en un lugar donde la lealtad se paga con sangre, el amor es un lujo mortal. Convencido de que su cercanía es la mayor amenaza para la mujer que ama, pero el reto y desafío más grande que enfrentar es un inesperado embarazo que sirve de ruleta a huir dejando a atrás los sueños por amor no es la Cura al olvido.
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Capítulo 3: El eco de sus pasos y el fuego en la sombra.
El alba tiñó el cielo de un rojo violento, casi como un presagio. Antonio se puso la camisa de camuflaje, aún con el aroma del antiséptico de Isaí impregnado en las fibras. Se movía con la agilidad recuperada de un animal que vuelve a su selva, pero sus ojos, al mirar a la joven doctora, tenían un brillo de diferente.
—No salgas de aquí hasta que escuches que el camión de la leche ha pasado —le ordenó él, revisando su fusil con una frialdad que a ella le heló la sangre—. Si alguien pregunta, yo nunca estuve en esta camilla. Yo soy un fantasma, Isaí.
Ella asintió, con el nudo de la tristeza apretándole la garganta. Lo vio desaparecer por la puerta trasera, perdiéndose entre los cafetales como si la tierra se lo hubiera tragado. Esa mañana, el consultorio se sintió más frío y vacío, que nunca las palabras de Antonio sonaban en su cabeza era imposible no tenerlas aunque Isaí atendió a niños con fiebre y ancianos con dolores crónicos, pero su mente estaba en el monte, siguiendo el rastro de un hombre que no lograba entender, que era ley y fuera de la ley al mismo tiempo si, pero que tenía un corazón inmenso.
Sin embargo, la ausencia no duró mucho.
Tres días después, un golpe rítmico en la ventana de su habitación, pasada la medianoche, le devolvió el aliento. Al abrir, encontró a Antonio empapado por el sereno, con el rostro sucio de barro pero la mirada encendida al verla, se notaba el deseo.
— ¿Porque te fuiste así?, sin decir si regresarias, ni cuando, recuerda que dijiste que era peligroso —susurró ella, aunque sin contenerse lo abrazo.
—El peligro es no verte —no lo dudes respondió él con una convicción que la desarmaba, pero los besos y caricias se fueron arrebatando palabras inundados de deseo y pasión se torno el encuentro de alma que parecían estar destinadas a la felicidad.
Así comenzaron las visitas clandestinas durante meses. Antonio bajaba de la montaña arriesgando su posición y la seguridad de su columna solo por unas horas con ella, horas que le hacían entender que estaba vivo. En la penumbra del cuarto de Isaí, el mundo exterior desaparecía y como no hacerlo. Eran encuentros marcados por una pasión desesperada, como si cada beso fuera el último antes del juicio final. Él le hablaba de un futuro imposible, con un rancho lejos de la pólvora, alimentando el engaño de una vida normal que ambos sabían, en el fondo, que era un sueño herido. No porque quisieran no. Eran las vidas distintas que tenían.
Isaí se convirtió en una mujer de doble vida: la doctora respetada de día y la amante del guerrillero de noche. Pero el amor, cuando nace entre fusiles, siempre tiene un precio. Mientras ella guardaba sus secretos en el estetoscopio, Antonio empezaba a notar que sus propios hombres sospechaban de sus escapadas.
La traición no vendría de afuera, sino de la necesidad de Antonio de "salvarla" de sí mismo, aunque eso significara destrozarle el corazón.