Para sellar un acuerdo diplomático, un imponente emperador galáctico acepta comprometerse con un omega del salvaje planeta de las bestias. Sin embargo, un inesperado error en los registros altera los planes: en su lugar, recibe a un dulce e inocente gamma. A pesar de la confusión y el choque cultural, este tierno e inesperado compañero empezará a derretir el frío corazón del soberano.
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Cap 7
Un poco asustado por la imponente presencia de la nave y los uniformes relucientes, Nesta dio un pequeño paso hacia atrás. Sus orejas pomposas se aplastaron tímidamente contra sus cabellos y su cola felina se enroscó con fuerza alrededor de su tobillo.
—¿A dónde me van a llevar? —preguntó Nesta con un hilo de voz, sus grandes ojos comenzando a llenarse de lágrimas—. Yo... yo tengo que volver con mi papá y mis hermanos. Están en la casa esperándome.
Al pronunciar aquellas palabras, el pequeño gamma formó un puchero tan sumamente adorable que causó un impacto inmediato en la tripulación. Los soldados imperiales, hombres de élite entrenados para la guerra y curtidos en mil batallas espaciales, sintieron que sus corazones se derretían por completo. La ternura de Nesta era un arma biológica letal para la rigidez militar. Se miraron unos a otros, bajando las armas de inmediato con rostros llenos de culpa, como si hubieran cometido el peor crimen del universo solo por asustarlo.
El canciller despistado, totalmente rendido ante el encanto exótico del muchacho, entró en pánico. Se agachó un poco para quedar a su altura, moviendo las manos con nerviosismo mientras intentaba calmarlo.
—¡Oh, por favor, no se asuste, futura emperatriz! —explicó el funcionario con voz temblorosa—. Es un acuerdo diplomático. Su padre lo sabe, toda su familia lo sabe. Vamos rumbo al palacio imperial de Astris para su boda. Todo está bien, se lo prometo.
Pero escuchar las palabras "boda" y "Astris" solo le recordó a Nesta que se lo estaban llevando lejos de su hogar. Una gruesa lágrima rodó por su mejilla rosada y el gamma comenzó a llorar bajito, dejando escapar un tierno y lastimero sollozo.
Aquello fue el detonante para el caos absoluto a bordo. Ver llorar a la criatura más hermosa y desvalida de la galaxia provocó que los soldados y el canciller entraran en pánico masivo. Nadie deseaba ver al pequeño gamma sufrir.
—¡Traigan algo! ¡¿Qué necesita?! —gritó el canciller, al borde del colapso—. ¡¿Tiene hambre?! ¡¿Quiere comer algo?! ¡Traigan los suministros de lujo ahora mismo!
En medio del alboroto, uno de los guardias más corpulentos se abrió paso a tropezones, sosteniendo entre sus manos una reluciente caja de chocolates finos que formaba parte de las raciones de bienvenida para la realeza.
—¡M-Mire esto, mi señor! ¡Tengo chocolates! —exclamó el soldado con desesperación, abriendo la caja para mostrársela.
El dulce aroma del cacao flotó en el aire, lo que hizo que las orejas pomposas de Nesta se alzaran de inmediato, dándole un tierno espasmo de curiosidad. El llanto se detuvo en seco. Con mucha timidez, Nesta limpió sus lágrimas con el puño de su suéter, bajó con cuidado a su pequeña mascota para que caminara por el suelo y estiró sus manos para agarrar la caja de chocolates.
Al ver que ya no lloraba, toda la tripulación soltó un suspiro de alivio colectivo. Nesta caminó con naturalidad hacia el interior de la nave y se acurrucó en un enorme y mullido sillón de felpa, devorando el primer dulce con obvia delicia. Los soldados lo rodearon de inmediato, maravillados por la forma en que movía su colita de felicidad mientras comía. Al haber sido mimado al extremo toda su vida por su padre y sus hermanos, Nesta estaba perfectamente acostumbrado a recibir atención absoluta y que cumplieran todos sus caprichos.
Terminándose el primer chocolate, miró a los guardias con ojos brillantes y pidió con total naturalidad:
—Quiero leche caliente, por favor. Con mucha espuma.
Aquella simple petición desató una nueva competencia. Los soldados empezaron a pelear entre ellos por ver quién sería el afortunado en servirle. "¡Yo la preparo!", "¡Quítate, tú la vas a quemar!", "¡Déjenme pasar, soy el chef de la tripulación!", se escuchaba en los pasillos de la nave, todos ansiosos por ganarse una sonrisa del gamma más hermoso y extremadamente tierno que jamás hubieran visto.
Mientras Nesta disfrutaba de su leche espumosa, rodeado de atenciones, el canciller se acercó con cautela y revisó los monitores de navegación. La velocidad hiperespacial de Astris era increíblemente rápida.
—Mi señor —le informó el canciller con una sonrisa amable—. El viaje está por concluir. En solo unos minutos saldremos del hiperespacio y llegaremos a la capital de Astris. En el puerto espacial principal lo estará esperando en persona el emperador Zarek para recibirlo.
Nesta, con los bigotes de leche marcados en sus labios y sosteniendo la taza tibia entre sus manos, no entendió mucho de lo que significaba gobernar un imperio o conocer a un temible monarca. Para su mente infantil, simplemente asumió que el tal Zarek sería otro señor amable que le daría más chocolates. Así que, sin la menor preocupación, el pequeño gamma solo asintió con la cabeza y continuó saboreando su bebida.