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Sol De La Bahía

Sol De La Bahía

Status: Terminada
Genre:Romance / Yaoi / Completas
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Skay P.

⚠️🔞✅️Miles Stone, un rígido contador de la ciudad, huye hacia el pueblo costero de Bahía Centinela tras una devastadora traición familiar. Destrozado y buscando aislamiento, llega al viejo Hostal Morrow, administrado por Ezra, un lugareño libre, magnético y un tanto excéntrico. Mientras Miles intenta ordenar el adorable caos financiero del negocio, Ezra lo desafía a mirar el mundo a través de su lente analógica, enseñándole a abrazar las imperfecciones de la vida. Bajo el cálido sol de agosto, una cercanía eléctrica e ineludible florece entre ambos, transformando un verano melancólico en el refugio de amor más puro de sus vidas.✅️🔞⚠️

NovelToon tiene autorización de Skay P. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Nuestro bebé

El amanecer del último día de octubre llegó a Vancouver con un silencio que parecía congelar los pasillos del hospital. La neblina de las semanas anteriores se había disipado por completo, dejando un cielo de un azul pálido, limpio y helado. La luz del sol, fría pero brillante, comenzó a cruzar el cristal de la ventana de la habitación privada, pintando de un tono plateado las sábanas blancas de la camilla médica.

Miles Stone estaba despierto. No había pegado el ojo en toda la madrugada. Sentado de lado en el borde del colchón, sostenía el cuerpo frágil y delgado de Ezra entre sus brazos, acunándolo contra su propio pecho con un recelo feroz. Con los dedos de su mano derecha, Miles le acariciaba el cabello negro de forma lenta, pausada y tierna, trazando círculos suaves sobre su coronilla para transmitirle una calma constante.

El monitor de latidos a un costado seguía emitiendo su pitido rítmico, pero el sonido se había vuelto notablemente más lento, como el tictac de un reloj viejo al que se le estaba acabando la cuerda.

De repente, Ezra abrió los ojos. Sus pupilas se fijaron de inmediato en el rostro de Miles, iluminadas por una lucidez absoluta y hermosa que no se debía a las fiebres ni a las pastillas amarillas. En ese microsegundo, el dueño del hostal Morrow volvió a ser el hombre magnético y libre del muelle viejo de Bahía Centinela. No había rastro de sufrimiento en sus facciones; las contracciones de su abdomen habían desaparecido por completo. El monstruo del cáncer le había dado la tregua definitiva. Ezra no sintió dolor, ni sintió miedo. Solo sentía el calor constante del chico de la ciudad rodeándole la cintura.

Ezra estiró sus dedos debilitados con un esfuerzo sobrehumano y rozó por última vez la mejilla de Miles, limpiándole una lágrima dulce que acababa de brotar de sus ojos claros.

—Gracias por mi milagro, mi cielo —susurró Ezra con una voz que fue apenas un soplo de aire, pero clara, profunda y cargada de un amor infinito—. Gracias por haber comprado mi desastre... y por hacerme el hombre más feliz de todo el mundo este verano. Te amo, mi vida. No dejes de tomar fotos.

Una sonrisa hermosa, perezosa y llena de una paz espiritual inmensa apareció en los labios agrietados de Ezra. Fue la misma sonrisa con la que había recibido a Miles el primer día en la recepción del hostal. Tras ese último destello de alegría, Ezra cerró los ojos despacio, dejando caer su cabeza con suavidad sobre el hombro de Miles.

El monitor a un costado emitió un pitido sordo, agudo y continuo. La línea de la pantalla se volvió completamente horizontal. Ezra Morrow había fallecido de manera pacífica, quedándose dormido para siempre en el refugio de sus sábanas blancas y los brazos del amor de su vida.

El mundo de Miles se detuvo de golpe. El silencio de la gran ciudad y el frío de la ventana desaparecieron, reemplazados por un vacío abismal que le perforó el pecho. Se quedó inmóvil durante varios segundos, sosteniendo el cuerpo inmóvil de su novio, continuando con las caricias tiernas en su cabello negro, negándose a aceptar que la luz se había apagado.

—¿Ezra? —susurró Miles con una voz pequeña, quebrada por el pánico absoluto—. Ezra, mi bebé... despierta. Ya salió el sol, mi cielo. Tenemos que bajar a encender la cafetera... por favor, mi bebé, no me dejes aquí solo.

Al no recibir respuesta, y al sentir que la calidez febril de la piel de Ezra comenzaba a transformarse en un frío helado, la desesperación rompió todas sus defensas. Miles escondió el rostro en el cuello de su amado y estalló en un llanto ruidoso, desgarrador e incontrolable que resonó en las paredes de la estancia vacía. Abrazaba el cuerpo inerte con una fuerza salvaje, soltando suspiros ahogados de pura impotencia, suplicándole al cielo un milagro que ya no llegaría.

La puerta de la habitación se abrió con brusquedad y Matt entró al cuarto, sosteniendo dos tazas de café en las manos. Al ver la línea recta en el monitor y escuchar los gritos de dolor de Miles, las tazas cayeron al suelo, rompiéndose en mil pedazos sobre el suelo. El hombre fuerte de los bosques de Canadá se desplomó de rodillas al costado de la camilla, aferrándose a las piernas de su primo.

Matt rompió en un llanto desconsolado, un llanto de niño pequeño que se ha quedado completamente solo en el universo. Golpeaba el colchón con sus puños enormes, llamando a su hermano de la infancia entre sollozos rotos.

—¡Ezra! ¡No, hermano, por favor! —gritaba Matt, limpiándose el rostro bañado en lágrimas con su chaqueta de lana—. ¡No te podías ir todavía! Dijiste que aguantarías un poco más... no me dejes solo, hermano... no me dejes.

Miles y Matt se unieron en un abrazo agónico sobre el cuerpo de Ezra, compartiendo el peso de una tragedia familiar que les partía el alma. Pasaron minutos en esa habitación del hospital, rodeados por el pitido sordo del monitor que las enfermeras finalmente entraron a apagar con miradas llenas de una profunda compasión. El verano se había cobrado su víctima más hermosa; el otoño le había ganado la batalla a la vitalidad del hotelero, dejando a los dos hombres destrozados por la angustia y la melancolía más pura.

Los días siguientes transcurrieron en un borrón de trámites legales, firmas de papeles de defunción y una rigidez burocrática que Miles manejó de forma automática, usando su mente de contador para proteger el duelo de Matt.

La tarde del viernes se llevó a cabo el proceso de la cremación en un edificio gris de las afueras de Vancouver. Miles y Matt permanecieron de pie frente al horno crematorio, vestidos con ropas oscuras y gruesas para protegerse del viento helado del norte. Al ver salir el hilo de humo gris por la chimenea del edificio, perdiéndose en la inmensidad del cielo canadiense, Miles sintió que una parte de su propia identidad se elevaba con él. Sin embargo, no había amargura en su pecho; recordaba la promesa sagrada que le había hecho a su novio en la azotea del hospital.

Una hora después, el encargado del lugar les entregó una pequeña pero elegante urna de bronce oscuro, grabada con el nombre de Ezra Morrow. Al tomar la urna entre sus manos, Miles sintió que el metal desprendía un calor sutil. No era el frío de la muerte; era el rastro simbólico de la calidez febril que Ezra siempre había cargado en su piel tostada por el sol.

Regresaron a la cabaña de madera de Matt para iniciar la preparación para volver al hostal. Sobre la mesa de centro de la sala, Miles acomodó la urna de bronce junto al bolso de lona que contenía su cámara réflex y las hojas legales que lo acreditaban como el nuevo dueño legítimo del Hostal Morrow.

Matt entró a la estancia cargando dos bolsos de mano, algunos recuerdos de su primo y las llaves de la camioneta negra. Su semblante seguía estando triste y cansado, pero sus ojos reflejaban una determinación nueva, un compromiso inquebrantable de cumplir con las últimas voluntades de su hermano.

—La camioneta tiene el tanque lleno, Miles —dijo Matt con una voz ronca pero firme—. El mapa está listo. Nos espera un viaje largo de tres días por carretera hasta cruzar la frontera y llegar a nuestra costa. No vamos a parar hasta ver el océano.

Miles tomó la urna de bronce con un cuidado infinito, pegándola a su pecho como si estuviera abrazando de nuevo a su novio debajo de las cobijas. Miró a Matt y una pequeña, casi invisible pero valiente sonrisa apareció en las comisuras de sus labios claros.

—Estamos listos, Matt —respondió Miles de forma dulce—. Ezra firmó el contrato de su destino y nosotros vamos a cumplir con nuestra parte del trato. Es hora de llevar a nuestro bebé de regreso a casa.

Guardó la urna dentro de una mochila abrigada, asegurándose de acolcharla con la manta tejida que la anciana del pueblo les había regalado. Tomó su cámara réflex, revisó por última vez la pantalla digital donde la foto del beso en el muelle seguía brillando con un amor infinito, y caminó hacia la puerta de salida de la cabaña.

El viaje de regreso a Bahía Centinela había comenzado. Dejaban atrás el frío del invierno del norte, los hospitales de paredes blancas y la rigidez de las realidades médicas que tanto los habían asustado. Se dirigían con el corazón roto pero con el alma llena de gratitud hacia el paraíso costero donde la historia había comenzado. Seguían atrapados en la melodía agridulce de la tristeza veraniega, conscientes de que tendrían que enfrentar el tramo más doloroso y poético de todos: esparcir las cenizas de Ezra a la hora exacta del atardecer, entregando su luz al mar para que el nuevo dueño del hostal pudiera empezar a cuidar de su memoria para siempre.

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Beisy Antunez
muy bueno gracias
Beisy Antunez
Gracias que amor tan lindo nacido del dolor de cada uno, llore mucho con esta historia 😭 pero fue hermosa
Skay P.: Gracias por la compañía, mi cielo.
Tenemos otras excelentes historias para alegrar el corazón. ¡Besitos!✨️🦋
total 1 replies
Smer
y justo escuchando la nave del olvido de José José 😭
Skay P.: ¡Uy! Disculpa, mi Chickis.
En mi perfil, encontrarás historias que sanan el corazón. Además, esta historia tiene un final alternativo muy bonito. 🫣🫰✨️
total 1 replies
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